Seis días de lluvia 36
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La carta de Lucy Ainsworth llevaba horas en manos del obispo de Londres. A aquellas alturas estaba tan arrugada que costaba leerla.

Compton la alisó sobre la mesa. Lucy le pedía que hiciera investigar a Edmund Marsh y a Mercy Lane por un asunto capaz de comprometer la honra de la reina, y quizá su vida, y que les impidiera huir si encontraba motivo.

Mercy Lane. La hija de Rose.

Fuera, la lluvia borraba los jardines de Fulham. Rose estaba muerta. Catalina de Braganza vivía a pocas millas de allí, casada con el rey y tan lejos de su alcance como una estrella. Las órdenes sagradas no habían acabado con aquella clase de amor. Solo le habían enseñado a esconderlo mejor.

Jasper había prometido visitarlo y no aparecía.

—Un hombre pide veros —anunció el reverendo Pritchard—. Dice que no puede esperar.

Compton esperaba oír los cascabeles del bufón, pero en su lugar apareció Gideon Vale, con los labios sin color y la capa chorreando sobre la estera. Cada pocos segundos miraba hacia la puerta, como si alguien pudiera haberlo seguido.

—Sentaos, señor Vale. Estáis empapado.

Gideon abrió la boca, pero no consiguió decir nada. Se tapó la cara y se echó a llorar.

—He hecho cosas malas, milord. Muchas.

—Llamadme padre, si queréis.

Gideon le habló del dinero. A los quince años les robó a sus padres veinticinco libras y una mula. Después sisó encajes en el guardarropa de la reina Enriqueta María y aprendió a inflar las cuentas de Whitehall. Había cobrado informes de Danby, de Latimer, de Cavendish, de Shaftesbury y de Norwood.

—¿Habéis mandado matar a alguien por dinero?

—¡Nunca! Ladrón, sí. Espía, también. Pero jamás he derramado sangre.

No mencionó el postigo de Danby ni la orden que le había dado a Julian.

Gideon le contó que había perdido la carta de Mistress Long, hasta que recordó que se la había dado a Rochester. Le enseñó la gargantilla destinada a Evelyn Wynne, en Bow Street, y le explicó el encargo de Danby: hacerle creer que el rey quería visitarla a oscuras.

—¿Quién más frecuenta esa casa?

Gideon miró las perlas.

—El mayor Hugh Carstairs. Entra allí de noche. Y también entra en la mía cuando yo no estoy.

El nombre detuvo a Compton. Muchos años atrás había oído hablar de un oficial de caballería que se llamaba así. No estaba seguro de que fuera el mismo.

—¿Qué edad tiene ese hombre?

—Aparenta unos cuarenta y cinco. Según sus antecedentes, pasa de los cincuenta. Rowley lo protege.

—¿Habéis hablado con vuestra esposa?

—No.

Gideon abrió la boca como si quisiera añadir algo, y la volvió a cerrar. Tenía en la cabeza un cesto de costura y un paño rojo. Si hablaba de veneno, Elizabeth acabaría en Tyburn. Así que calló.

Compton no le preguntó qué estaba a punto de decir. Gideon acababa de sacar otro estuche.

—Esto es para Julian, de parte de Danby. Dice que salvó a la reina de un escándalo y quiere ofrecerle un puesto.

Compton miró el medallón de san Jorge.

—Hace dos días ese muchacho no conocía la corte. Hoy todos quieren tenerlo cerca. ¿Quién es, señor Vale?

—No es quien cree ser.

Gideon sacó la carta de Amos y la apretó entre los dedos antes de entregársela.

—Os lo confío bajo secreto de confesión.

Compton la leyó junto a la ventana. Julian era hijo de una dama de alto rango y de un gran señor. Alguien había pagado sus estudios, y un cofre sellado guardaba los documentos de su nacimiento y una fortuna para cuando cumpliera veintiséis años. No había ningún nombre.

—¿Hay algo más?

Gideon dudó. Rochester se lo había prohibido, pero aquello era una confesión.

—Creo que Su Majestad está enamorada de él.

Compton levantó la vista del papel.

—Repetidlo.

—Casi puedo probarlo. Me faltan algunas piezas.

Compton recordó la carta que Catalina le había escrito y que él mismo había quemado. Le volvió a la cabeza una frase: por unos amores que la reina apenas empieza a intuir. La noche en que la leyó le había parecido gratitud. Ahora admitía otra lectura.

—Conseguidlas —dijo—. Si me traéis pruebas, os recompensaré.

—Tal vez me equivoque —añadió Gideon, que había visto algo raro en la cara del obispo.

—¿Dónde está el cofre?

—En mi poder.

—Traédmelo esta noche, intacto. Os espero a medianoche.

—No es vuestro.

—Tampoco vuestro. No repetiré nada de lo que me habéis dicho en confesión. Pero retenéis un depósito que pertenece a otro, y mientras no lo reparéis no puedo absolveros.

Compton sabía que estaba usando la confesión para conseguir algo que le interesaba a él.

Escribió una nota para Mistress Long, la selló con lacre verde y se la dio a Gideon.

—Llevádsela y que os escriba otra respuesta para Danby. Visitad a Mistress Wynne e impedid que esa cita llegue a celebrarse. E informadme de todo. —Hizo una pausa—. También de lo que sepáis de Julian y la reina.

Gideon lo miró. Compton apartó la vista.

Cuando se quedó solo, buscó en un cajón la carta de Catalina antes de recordar que la había quemado. Intentó reconstruir sus frases. Cada una parecía confirmar la sospecha de Gideon, y comprendió que no estaba buscando pruebas. Estaba alimentando sus celos.

Unos nudillos golpearon la puerta.

—¿Da su ilustrísima licencia?

Por fin, Jasper Quill.

—Entrad. Hace horas que os espero.

—Yo también he esperado. El de la capa empapada parecía decidido a contaros su vida entera.

Jasper cerró y colgó el capotillo sobre el ojo de la cerradura.

—Aquí nadie nos espía —dijo Compton.

—Os han puesto al frente de una junta que inquieta a media corte. Una cerradura es una invitación. —Se sentó sin pedir permiso—. Conspiráis, mi señor. Igual que Danby. Igual que yo.

—Os he llamado para hablar de Mercy.

—Y yo he venido por ella. Pero ayer, cuando os hablé de Rose, me di cuenta de algo. En sus peores noches, ella llamaba a un hermano llamado Henry.

—Era yo.

—Ya lo sé.

Jasper esperó sin hacer ninguna broma.

—Quise a Rose —dijo el obispo—. Más de lo que un hermano quiere a su hermana.

Jasper asintió.

—Y ahora queréis a la reina.

Compton no le preguntó cómo lo sabía. La lluvia golpeaba los cristales.

—Ayer, cuando dije que el rey había dormido en buena compañía —continuó Jasper—, os vi la cara. Una murió y la otra está casada. Lleváis muchos años eligiendo lo que más daño puede haceros.

—Necesito ver a Mercy. Saber si se parece a su madre.

—Venid esta noche a Whitehall, a las diez. Esperadme en la escalerilla que sube a la cámara del rey.

—¿Cómo vais a hacer entrar allí a una comedianta?

—Primero tengo que sacarla del teatro. Después me ocuparé de la puerta.

Sonaron pasos en el corredor. Jasper miró la lámpara, escuchó un instante y desapareció en la alcoba. Compton se volvió hacia la puerta justo cuando los pasos se detuvieron al otro lado.