35
Gideon Vale se quedó en el Grifo Rojo después de que Rochester se marchara. Tenía delante la escudilla fría, una jarra vacía y demasiadas razones para no volver a casa.
Pidió otra cerveza. Quizá Rochester se equivocaba. Quizá Elizabeth solo había cometido una imprudencia. En Whitehall se inventaban historias todos los días. Pidió otra jarra.
Entonces reconoció una voz a su espalda.
Hugh Carstairs estaba allí.
Gideon no apartó la vista de la cerveza. Si cruzaba la sala, el mayor lo vería. Si se volvía, no sabía de lo que sería capaz.
—Dios os guarde, señor —dijo otra voz.
Era Kit Latch, el mismo al que había echado del guardarropa aquella tarde.
—Llevo un cuarto de hora esperándote —respondió Carstairs.
—Me ha costado encontrar el pañuelo. Lo queríais todo rojo, y no había ninguno sin bordados.
—¿Se lo has dado a Elizabeth?
Gideon apretó la jarra.
—Esperé a estar seguro de que el viejo no estaba en casa. Lo tiene ella. Dice que necesita una noche más para decidirse.
—Mañana —dijo Carstairs—. Después del domingo, ya no sirve.
Kit se rio por lo bajo.
—El viejo no se va a enterar de nada. Solo sabe cortar paño. Pero no tiene pinta de morirse pronto. Los viejos secos duran más de lo que uno espera.
—Y tiene dinero.
—Dicen que guarda un arcón lleno de bolsas.
Se rieron los dos. Luego hablaron de Anne. Kit aseguraba que la muchacha recibía a escondidas a un paje de la reina. Carstairs le advirtió que dejara en paz al chico.
—Ralph Pomeroy trabaja para mí.
—Si el viejo no me readmite —dijo Kit—, me buscaré plaza en las cocinas de palacio. Allí siempre hace falta alguien que friegue.
Carstairs soltó una carcajada.
—Mejor aún. Mucho mejor.
Le dio una guinea.
—Mientras Vale te tenga fuera, también trabajarás para mí.
Se marcharon sin reparar en el hombre sentado a pocos pasos.
Gideon se quedó inmóvil. El pañuelo rojo estaba en su casa. Lo tenía Elizabeth, y solo le faltaba una noche para decidirse.
Tenía que encontrar a Rochester. Rochester sabría qué hacer.
Pero las piernas lo llevaron a Whitehall.
Por el camino fue preparando cada palabra.
Se encerraría con Elizabeth y le diría que lo sabía todo.
Registraría sus cofres. La mandaría con su familia a Gales y adelantaría el viaje de Anne al convento de Cambrai.
Él dejaría el cargo y volvería a Witney con sus guineas y el cofre de Julian.
Mientras caminaba solo, el plan parecía perfecto.
Cuando entró, Elizabeth y Anne cosían junto al fuego y cantaban a media voz. A los pies de su mujer estaba el cesto de costura. Bajo un ovillo de hilo blanco asomaba la punta de un paño rojo.
Gideon lo vio. Se quitó la capa despacio, sin apartar los ojos del cesto.
—¿Ha venido alguien? —preguntó.
—Kit Latch —respondió Elizabeth—. Me pidió que intercediera por él. Dice que lo habéis echado.
—Me estropeó una casaca del rey.
—Le dije que acabaríais perdonándolo. Al principio sois duro, pero tenéis buen corazón.
—Hoy quizá no.
Anne dejó de cantar sin levantar los ojos de la costura.
—Necesito hablar contigo a solas —dijo Gideon.
Elizabeth palideció ligeramente.
—Anne, vete a tu cuarto.
La muchacha obedeció. Cerró la puerta, pero se quedó escuchando.
Gideon se sentó. Había ensayado la acusación durante todo el camino. Miró a Elizabeth, su vientre, sus manos quietas sobre la tela, la punta roja del cesto. No consiguió pronunciarla.
—Julian necesitará alojamiento en Londres —empezó.
—Que venga aquí.
—Anne y él son jóvenes. Prefiero no dar pie a murmuraciones. Podríamos adelantar el viaje de la muchacha a Cambrai. Y a ti el aire de Gales te sentaría bien hasta que nazca el niño.
Elizabeth dejó caer la costura y se levantó.
—Queréis apartarnos para recibir a otra mujer.
—¿A quién?
—A la amiga de Danby que ha venido esta noche. Se presentó en casa, preguntó por vos y dio a entender que le servís en secreto.
Mercy Lane. Gideon no podía hablar de ella sin descubrir los encargos de Danby y sus negocios con Marsh. Su silencio hizo el resto. Elizabeth rompió a llorar.
Anne entró y se abrazó a su padre.
—No me mandéis a Cambrai como castigo. Me iré cuando esté preparada.
Elizabeth se agarró a su otro brazo.
—Si me apartáis ahora, me haréis desgraciada.
Gideon se quedó entre las dos, acusado de una crueldad que no había venido a cometer. No había mencionado a Carstairs ni una sola vez.
—Está bien. Nadie se va de viaje. Buscaré una posada para Julian.
Salió a toda prisa. No volvió a mirar el cesto.
En los corredores de Whitehall empezó a pensar en la venganza.
Podía pagar a Marsh para que apuñalara al mayor, pero le costaría dinero y podía terminar ante un juez.
Podía contárselo a Julian y dejar que lo desafiara, pero tendría que confesarle su vergüenza.
Rochester ya lo sabía todo y odiaba a los hombres de Rowley.
Eligió confiar en Rochester.
Pensar en el poeta le hizo pensar en Danby y, de golpe, en la carta de Mistress Long.
Se palpó la casaca. Encontró el medallón de san Jorge para Julian y la gargantilla para la dama de Bow Street.
La carta no estaba. Registró el forro, las calzas, hasta el sombrero.
Danby esperaba una respuesta. Gideon se vio acusado de traición, interrogado y encerrado en un calabozo.
Daba vueltas sobre sí mismo en medio del patio, palpándose la ropa, mientras criados y cortesanos se quedaban mirándolo.
Con la cerveza, los celos y el miedo, había olvidado que le había dado la carta a Rochester en la taberna.
Salió por Scotland Yard y se perdió en las calles de Westminster bajo la lluvia. Buscaba un papel que el poeta llevaba en la casaca y a un hombre al que ya no iba a encontrar aquella noche.