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Mercy se detuvo ante su puerta sin saber si quería encontrar a Julian dentro.
Abrió Martha Bell, con cara de preocupación. Martha la había visto nacer en un cuarto de Southwark y la había criado junto a Jasper. Ahora gobernaba su casa.
—El caballero que cenó aquí pidió clarete y se quedó dormido junto al fuego. Después se fue de la sala. Lo he encontrado en vuestra cama.
Mercy entró en la alcoba. Julian dormía vestido, vencido por el cansancio de la noche anterior, con las botas en el suelo y una mano abierta sobre la colcha. Al verlo descansar, sintió una ternura para la que no estaba preparada.
—Caballero. Despertad.
Julian abrió los ojos, tardó en comprender dónde estaba y sonrió.
—Vaya, un ángel se ha inclinado sobre mí.
Se incorporó.
—Quería esperaros despierto. No encontraba postura en el sillón y me acordé de que Rochester había estado recostado aquí. Solo me quité las botas. Os pido perdón; ya me voy.
—Quedaos. Esta casa también puede ser vuestra.
A Julian se le borró la sonrisa.
—No digáis eso si no es verdad.
Mercy llamó a Martha.
—Repetid lo que os dije de este caballero.
—Que era vuestro señor y el mío —respondió la mujer, sorprendida de tener que decirlo delante de los dos.
Cuando Martha salió, Mercy se acercó a Julian.
—Apenas os conozco. Pero no quiero que os vayáis. He llamado amor a la vanidad, al deseo y a la gratitud porque no sabía distinguirlos. Creo que es la primera vez que quiero a alguien.
Julian no respondió enseguida. Durante un instante desvió la mirada, como si buscara a alguien que no estaba en la habitación. Mercy decidió no verlo.
—No esperaba que me dijerais algo así —susurró él.
Ella lo abrazó. Durante un momento olvidaron a Danby, a Rowley y todas las razones que tenían para andarse con cuidado. Después, Martha le preparó a Julian una pequeña habitación en el piso de arriba y Mercy se retiró a la suya. Ninguno de los dos durmió mucho.
A Mercy le dolía la cabeza y tenía las manos heladas, aunque el resto del cuerpo le ardía. No le dio importancia.
A primera hora de la tarde, Martha la ayudó a elegir vestido. Abrieron el arcón grande. Encima de todo estaba uno que Mercy nunca se había puesto: raso blanco bordado en oro, cosido a su medida dos años antes para un papel que la compañía no llegó a estrenar. Martha lo apartó para buscar debajo.
Mercy le tocó la manga.
—Ese no.
—Es el más hermoso que tenéis.
—Por eso. Todavía no.
Eligió un brocado azul cerrado hasta el cuello, unas joyas y unas gotas de perfume. Martha volvió a doblar el vestido blanco y bajó la tapa del arcón.
A las tres, Mercy mandó preparar el coche y fue a buscar a Julian.
—La función empieza a las tres y media. Venid conmigo.
Julian se miró la ropa de viaje, todavía manchada de barro.
—A vuestro lado pareceré un criado.
—Entonces todos querrán saber qué ha hecho el criado para merecerlo.