Seis días de lluvia 33
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En Long Acre, la lluvia había arreciado. Rochester distinguió a Mercy Lane bajo el alero de una casa, con un manto caro empapado y el pelo pegado a la cara.

—¿Dónde habéis dejado la silla de manos?

—Me ahogaba dentro.

Había ido a Whitehall a exigirle a Gideon que le explicara por qué había mandado a Julian contra Rowley. No lo encontró. Elizabeth le respondió con evasivas y la despidió en la puerta, mirando a cada momento hacia la ventana. Mercy había salido de allí más inquieta que antes.

—Venid —dijo Rochester—. Aquí no podemos hablar.

Alquiló un cuarto en otra taberna, pidió vino y ordenó que nadie los molestara. Mercy se quitó el manto. Le temblaban las manos, y Rochester tardó en darse cuenta de que no era solo de rabia. Tiritaba.

—Traed más vino —le pidió ella al tabernero—. Quiero emborracharme.

Rochester le quitó la copa llena y la vació sobre el brasero. Las brasas chisporrotearon.

—No tenéis derecho a hacer eso.

—Ninguno. Pero prefiero que me odiéis sabiendo por qué.

Mercy se dejó caer en una silla.

—Llevadme a Cambrai. Buckingham puede recomendarme a las benedictinas inglesas. Entraré en el convento y no volveréis a verme.

—Antes contadme qué ha pasado.

—Llevasteis a Julian a mi casa. ¿Queríais esconderlo, o usarme para sacarle secretos a Danby?

—Corría peligro, y necesitaba un sitio donde nadie lo buscara.

—No fue solo eso.

Rochester no lo negó.

—Decidme qué pensasteis de mí cuando me conocisteis.

—Jasper me llevó a St Martin’s Lane hace tres años porque quería que os conociera. Os imaginaba como una muchacha dispuesta a conquistar a cualquier hombre. Aparecisteis con un vestido gris, un cuello blanco y una cruz pequeña de oro, y me avergoncé de lo que había pensado.

Mercy recordaba aquel día. Se había reído de él. Poco después, Rochester huyó a Witney, y ella dejó el colegio por el huerto, detrás de un actor llamado Laurence Cade que le habló maravillas de su voz y de su ingenio.

—Sobre el escenario era Venus o Filis —dijo—. En mi cuarto volvía a ser una muchacha sin dinero que alquilaba sus vestidos. Danby me dio riqueza. Rowley me hizo creer que alguien me veía de verdad. Acepté los regalos de uno y me entregué al otro, y pensé que era yo quien ponía las reglas.

Rochester la dejó hablar.

—Quiero a Julian. No sé cómo ha podido pasar tan deprisa. ¿Os ha hablado de mí?

—No sabe hablar de otra cosa.

Era mentira.

—¿Me quiere?

—Os conoció hace unas horas. Está prendado de vos. Decir más sería precipitado.

Mercy aceptó la cautela. Luego volvió a lo que la había sacado a la calle bajo la lluvia.

—Creía que Rowley tenía cartas de amor de la reina. Pensé que Catalina había pagado a Julian para robárselas.

—No he leído esas cartas, pero todo apunta a otra cosa. Catalina se veía con Rowley para actuar contra Danby. Basta con sacar sus frases de contexto para que parezcan de amor.

—Entonces Rowley también la traicionaba a ella. Y yo he ayudado a manchar su nombre.

—Podéis evitar que el daño vaya a más. Danby no dejará sin castigo la herida de Rowley. Para proteger a Julian, tenéis que conservar vuestra influencia sobre el conde y hacerle creer que nada ha cambiado.

—Me pedís que finja quererlo mientras pienso en Julian.

—Es un papel difícil. Podéis hacerlo.

—Pero Carstairs ha visto esta noche a Julian en mi casa. Se lo contará a Danby.

—Decidle que Julian sueña con casarse con vos y que lo recibisteis para divertiros. Danby creerá la versión que mejor alimente su vanidad.

—¿Puedo confiar en vos, Rochester?

—A veces. En esto, sí.

La ayudó a ponerse el manto y le pidió que al día siguiente fuera al teatro como siempre, sin dejar ver la inquietud de aquella noche. Luego la dejó marchar sola para que no los vieran juntos. Antes de que saliera, le tocó la frente con el dorso de la mano.

—Estáis ardiendo. Acostaos en cuanto lleguéis.

Ella sonrió sin responder.

Rochester tomó el camino de St Martin’s Lane tan deprisa como le permitían las piernas. Había dicho muchas mentiras en su vida. Pocas le habían salido tan fáciles como aquella, y ninguna le había pesado tanto mientras iba a encontrarse con otra mujer que lo esperaba.