32
La taberna del Grifo Rojo olía a cerveza agria y a lana mojada. Gideon Vale llevaba un buen rato mirando una escudilla que no había tocado.
—Como la otra —repitió.
Rochester estaba sentado frente a él. Lejos del guardarropa, sin aprendices a los que mandar ni telas que revisar, Gideon parecía más pequeño.
—Mi primera mujer —dijo al fin—. Y ahora Elizabeth. Veo una costura mal hecha desde el otro extremo de una sala, y no he sabido ver lo que pasaba en mi propia casa.
Se tapó la cara con las manos.
—Está embarazada.
Rochester no intentó adivinar de quién era la criatura. Pensó deprisa. Gideon era un colador: lo que se le contaba acababa en manos de Danby o de quien pagara mejor. Pero era también el único hombre de Whitehall que podía tocar cada prenda que salía para el rey o para la reina.
—Decidme otra vez el nombre de ese hombre —pidió Gideon.
—Hugh Carstairs. Mayor de la Guardia de a Pie. Le debe el puesto a Rowley.
Gideon soltó una maldición. Él mismo había averiguado los antecedentes de Carstairs para Danby.
—Me temo que eso no es lo peor —continuó Rochester—. Carstairs le ha dado a vuestra mujer unos polvos para que los eche dentro de un guante del Guardarropa Real. Cuando lo haya hecho, tiene que colgar un pañuelo rojo de la ventana. Jasper y yo creemos que es veneno.
Gideon se levantó.
—Me voy a casa.
Rochester lo sujetó por el hombro.
—Si vais ahora, os enfrentaréis a ella y Carstairs sabrá que conocemos el plan antes de que averigüemos para quién trabaja.
—Es mi mujer.
—Precisamente por eso esta noche no seréis capaz de preguntarle nada con calma.
Pero hay algo que sí podéis hacer, y nadie más puede hacerlo.
Desde mañana, ningún guante saldrá del guardarropa sin que lo hayáis supervisado vos.
Ni para el rey ni para la reina. Revisad cada par por dentro y por fuera, y que nadie más los tenga a mano.
Gideon volvió a sentarse despacio. Por primera vez desde que había entrado en la taberna, miró a Rochester como si le hubieran dado algo que hacer en lugar de algo que sufrir.
—Nadie conoce un guante mejor que yo.
—Por eso os lo pido.
Gideon bebió un largo trago de cerveza sin saborearla.
—Todos me utilizan. Danby, Rowley, vos. Hasta mi dormitorio es un pasillo más de Whitehall. —Se palpó la casaca, como si acabara de acordarse de algo—. Mistress Long también ha querido utilizarme.
—¿Qué os preguntó?
—De quién está enamorado Julian.
—¿Y qué le contestasteis?
Gideon bajó la vista a la escudilla.
—Estaba fuera de mí. Pensé que se burlaba de mí, y le dije… que de la reina.
Rochester se incorporó de golpe y la mesa se tambaleó bajo su mano.
—No volveréis a decir eso nunca. Una frase así puede destruir la honra de Catalina y costarle la vida a alguien. Ni a un confesor, ni aunque os amenacen. ¿Me habéis entendido?
Gideon asintió sin levantar la cabeza.
—También me dio una carta para Danby.
Rochester tendió la mano y Gideon se la entregó. El poeta calentó la punta de la daga en la llama del candil y la deslizó bajo el lacre con cuidado de no romper el sello.
Leyó. Mistress Long le contaba a Danby lo que había visto en su locutorio. Estaba convencida de que Charlotte y Rochester se amaban y de que el poeta se servía de la condesa, que tenía acceso a la reina, contra su propio padre. Le recomendaba apartarlo de la corte o encerrarlo.
—¿Qué dice? —preguntó Gideon.
—Lo que me temía.
Dobló el papel y lo guardó en la casaca, con el sello intacto.
—Es para Danby —protestó Gideon.
—Le llegará cuando me convenga. Si os pregunta, decidle que la superiora le contestará mañana. Quedaos aquí hasta que podáis pensar con claridad. Luego volved a Whitehall y comportaos como cualquier otra noche. Y mañana, los guantes.
Dejó unas monedas sobre la mesa y salió apoyado en el bastón.