31
La casa de St Martin’s Lane pasaba por un internado para jóvenes de buena familia.
Rochester sabía que era bastante más. Las Damas Inglesas enseñaban allí bajo la protección de la reina.
Eran católicas, y desde que se hablaba de una conjura papista, la enseñanza era solo una parte de su trabajo.
También daban refugio y llevaban recados entre personas que no podían reunirse sin peligro.
La superiora, Frances Bedingfeld, se hacía llamar Mistress Long, vestía como una seglar y llamaba primo a Danby, aunque ya nadie recordaba de dónde venía el parentesco.
Rochester entró en el locutorio apoyado en el bastón. Había dejado a Julian en casa de Mercy, con el encargo de esperarlo. Charlotte estaba sola junto a la ventana.
—Me prometisteis que no me seguiríais. Si os han visto entrar detrás de mí, mañana mi nombre estará en boca de todos.
—Me han visto. Vos escuchad y mostraos inquieta.
—Eso no me costará ningún esfuerzo.
La superiora los hizo esperar un buen rato. Cuando por fin apareció, llevaba una saya gris y no vestía hábito. Rochester empezó a llamarla Frances, pero ella lo cortó.
—En esta casa soy Mistress Long. Explicadme qué hacéis aquí con mi prima.
—Necesito prestarle un servicio a Danby sin que sepa de dónde le viene. Si me presento en su casa proclamando lealtad, pensará que busco un favor. Prefiero que me juzgue por lo que hago.
—Os desterró.
—Y me ha dejado volver. Escuchad. Rowley trabaja con Shaftesbury para acercarse a Monmouth. Cuando llegue el momento, actuarán contra Danby y contra el rey.
Julian se lo había contado aquella misma tarde: entre los papeles de la cartera de Rowley había una carta de Shaftesbury.
Rochester no le contó a la superiora cómo lo sabía.
Le dijo solo que un joven amigo suyo se había batido con Rowley por una dama y que, al registrarle la ropa, había encontrado correspondencia política.
En ese momento entró Beatrice, la portera, con una carta. Mistress Long leyó el sobrescrito, rompió el sello y leyó sin levantar la vista. Rochester la observó. Algo cambió en su cara a mitad de la lectura.
—Os agradezco la noticia —dijo al fin—. Y Danby también sabrá agradecerla.
—Necesito que mi nombre no aparezca.
—Guardaré en secreto vuestra visita.
Rochester se inclinó ante ella, le besó la mano a Charlotte y le dirigió una mirada que ella entendió. Luego salió.
En la portería distinguió a Gideon Vale escondido detrás de una puerta entornada.
—No sois hombre de esconderos sin motivo.
Gideon salió, contrariado.
—He traído un mensaje y espero la respuesta.
—Un mensaje de Danby en el que se habla de mí. Lo he visto en la cara de Mistress Long.
Gideon abrió la boca, pero Rochester volvió a empujarlo detrás de la puerta.
—Callad. Viene alguien.
Charlotte bajaba la escalera. Se detuvo delante de Rochester sin ver a Gideon, escondido a unos pasos.
—He tomado una decisión. No quiero seguir fingiendo que no os amo. Esta noche dormiré aquí; mi prima no se atreverá a negármelo. Os esperaré en el cuarto que da al jardín. El muro es bajo. Venid después de completas, cuando apaguen la última lámpara.
Llamó a sus lacayos y subió a la silla de manos. Rochester esperó a que se alejara. No sabía cuánto había oído Gideon.
—Salid. Tenemos que hablar.
—Mistress Long todavía no me ha dado la respuesta.
Beatrice apareció junto a ellos.
—Señor Vale, la superiora os llama al locutorio.
Gideon subió a toda prisa. Rochester se quedó esperando.
Pasó casi una hora. Rochester repasó todo lo que tenía pendiente esa noche.
Jasper vigilaba la ventana de Elizabeth.
Julian estaba en casa de Mercy, haciendo lo que él le había pedido y que quizá no debería haberle pedido.
Charlotte lo esperaba al otro lado de un muro bajo.
Y Danby sabía, o estaba a punto de saber, demasiado.
Cuando Gideon bajó por fin, llevaba el sombrero en la mano y la cara descompuesta. Cruzó la portería sin mirarlo.
—Como la otra —murmuraba—. Como la otra…
Rochester salió tras él y consiguió agarrarlo de la capa.
—¿Quién es la otra? ¿Qué os ha dicho Mistress Long?