30
Danby tenía a su secretario herido en una alcoba del piso de arriba, a su hijo conspirando con sus enemigos y a su hija escribiendo cartas que acusaban a sus hombres. Aquella noche necesitaba a alguien que escuchara bien y hablara poco, y el único que tenía a mano era el guardarropa del rey.
Dejó a Gideon Vale esperando en la puerta mientras terminaba de revisar unos documentos.
—Sayer, guardad esos papeles. Después buscad a lord Shaftesbury. También quiero hablar con él esta noche.
El secretario salió. Danby levantó la vista.
—Entrad, Vale.
Gideon se inclinó tres veces. Parecía más viejo que la víspera, y no dejaba de mirar hacia la puerta.
—Escucháis bien y sabéis callar a tiempo —dijo Danby—. Así es como se sirve a la Corona. Decidme qué ocurre alrededor de Monmouth.
Gideon le habló de una mujer con la que Monmouth coincidía en Dorset Garden y en los paseos de St James’s Park. Era hermosa, de grandes ojos oscuros, y nadie sabía de dónde había salido. Vivía en Bow Street con una dueña y un criado de confianza.
—Lord Latimer también frecuenta su casa —añadió Gideon, y se arrepintió en cuanto lo dijo.
—Mi hijo. —Danby no movió un músculo—. ¿Alguien más?
—El mayor Hugh Carstairs, a veces.
El conde recordó que había sido Rowley quien le recomendó ascender a Carstairs. Su secretario, su hijo y un mayor de la Guardia entraban en la misma casa. Danby no creía que coincidieran allí por casualidad.
—Carstairs vendió su espada durante años —continuó Gideon—. Pasó varias veces por Newgate, aunque nunca pudieron probarle nada. Ahora vive de su paga y se hace pasar por un caballero respetable.
Danby abrió un cajón y sacó un estuche. Dentro brillaba una gargantilla de perlas.
—Llevad esto a la dama de Bow Street. Decidle que alguien de muy alta posición se interesa por ella. Dadle a entender que esa persona cuida tanto su reputación que no permitirá luces durante la visita, y que, aunque reconozca una voz o una figura, deberá fingir que no sabe quién es.
—Pensará en el rey.
—Eso es lo que quiero.
Danby no le explicó el resto. Una mujer que cree tener al rey en la cama cuenta muchas cosas, y Danby necesitaba saber qué hacía su hijo en aquella casa.
Apiló varias guineas junto al estuche. Gideon entendió y se las guardó.
Después, el conde abrió un segundo estuche, este de terciopelo. Contenía un medallón de oro en el que san Jorge hundía la lanza en el dragón.
—Dádselo a Julian Vale. Me cuentan que vuestro sobrino evitó un escándalo que habría comprometido a la reina. Decidle que venga a verme mañana.
Gideon no ocultó su sorpresa.
—Milord, fue mi sobrino quien hirió a sir Silas.
—Lo sé.
Danby prefería tener cerca y agradecidos a los hombres peligrosos.
—Es bachiller en Artes —dijo Gideon—. Estudió también teología y derecho civil.
—Mejor aún. Puede servir entre los oficiales del caballero mariscal de la Casa.
Gideon tomó el medallón.
—Repetidme mis instrucciones —dijo Danby.
—Seguiré vigilando a Monmouth. Iré a Bow Street con la gargantilla. Prepararé la visita a oscuras. Entregaré el medallón a Julian y le diré que venga a veros mañana.
—Bien.
Gideon se detuvo antes de salir.
—Por cierto, hoy he pasado por Saint Martin-in-the-Fields. He visto a vuestra hija entrar en la casa de las Damas Inglesas.
—Charlotte visita a las maestras. No es ningún secreto.
—Ya, pero poco después entró Rochester.
Danby se quedó inmóvil. La víspera, Rochester le había llevado una carta en la que Charlotte acusaba a Rowley. Y ahora los dos entraban, con pocos minutos de diferencia, en una casa católica protegida por la reina.
Tomó una hoja, escribió unas líneas, la selló y se la entregó a Gideon. La cubierta decía: A Mistress Long, superiora de las Damas Inglesas de St Martin’s Lane. Del conde de Danby. En propia mano.
—Llevádsela ahora mismo. No se la deis a nadie más. Y traedme la respuesta.
Cuando Gideon salió, Danby se llevó la mano a la llave que colgaba de su cuello.
Seguía allí.
Era lo único de lo que todavía estaba seguro.