Seis días de lluvia 29
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Lucy había mandado buscar al bufón para hacerle unas preguntas. Él entró como si fuera ella quien tuviera que contestarlas.

—Por fin os encuentro —dijo Jasper.

—Soy yo quien os ha mandado llamar. Dejadme hablar primero.

—No puedo. Salí a buscaros antes de que a vos se os ocurriera mandarme a vuestro criado. Traigo una petición de matrimonio.

Lucy frunció el ceño.

—Si el rey os ha dado otro regalo para mí, ahorraos el discurso.

—Carlos no sabe nada de esto. Hablo de Julian Vale, el joven al que acompañasteis por Londres y llevasteis a las habitaciones de la reina.

—No tenéis ningún derecho a vigilarme.

—No hace falta vigilar a nadie para ver pasar a un hombre por un corredor. —Jasper bajó la voz—. Julian no es hijo de Nathaniel Vale. Su padre es Buckingham.

—Ya lo sé.

El bufón alzó una ceja.

—Entonces Gideon habla más de lo que debería. ¿Y sabéis también quién es su madre?

—¿Vos sí?

—La seguí hasta Witney la noche del parto. Vi llegar su coche y vi cómo se marchaba antes del amanecer.

—Decidme su nombre.

—No. Ese nombre no es mío. Pero el día que lo sepáis, os acordaréis de esta conversación.

Lucy lo miró en silencio.

—Si Julian os ha encargado hablar por él —dijo al fin—, decidle que ya conoce mi respuesta.

—No me ha encargado nada. Pero cree que le correspondéis. Después de todo lo que hizo por vos…

—Hizo un servicio a la reina.

—Para un enamorado, la diferencia es pequeña. Me habló de las cartas, del duelo con Rowley y de vuestro agradecimiento.

La frase le dio a Lucy exactamente donde Jasper pretendía. Se llevó una mano a la cara, y una lágrima le resbaló por la mejilla antes de que pudiera evitarlo.

—Si ha aprovechado lo ocurrido para presumir ante vos, no lo conocía tan bien como creía.

Jasper no le ofreció consuelo. Lucy esperó a que la voz le obedeciera.

—Pero no os he llamado para eso. Quiero saber qué sois de Mercy Lane.

—Cuido de ella cuando me deja y acudo cuando me necesita.

—Ha tenido tratos con Danby y con Rowley. ¿Sigue viéndolos?

—No. Creo que ahora quiere a otro hombre.

—¿A quién?

Jasper se encogió de hombros y fue hacia la puerta.

—Sois leal a la reina y sabéis guardar secretos. Si además estáis enamorada, no hay en ello nada vergonzoso. El peligro empieza cuando dejamos que el amor decida por nosotros.

—No os he pedido consejo.

—Y yo no debería habéroslo dado. —Se detuvo en el umbral—. Una cosa más. Si buscáis a Julian esta noche, no lo busquéis en casa de Joan Craddock. Ha encontrado una cama mejor cerca de Dorset Garden.

Hizo una reverencia y salió. El tintineo de los cascabeles se fue alejando por la galería.

Lucy se quedó junto a la mesa.

Dorset Garden. El teatro de Mercy Lane.

Había pasado el día pensando en Julian. Le atraían su valor y su franqueza, y la manera en que había intentado protegerla cuando la creía reina.

Además, unas horas antes había sabido quién era su padre.

Ser hijo de Buckingham no convertía a Julian en heredero ni borraba la mancha de su nacimiento, pero dejaba sin fuerza el argumento del linaje con el que se había defendido de lo que sentía.

Cuando se calmó, repasó las palabras de Jasper.

El bufón conocía los pasadizos de Whitehall.

Podía haber visto entrar a Julian y haberse enterado de lo de las cartas sin que nadie le contara nada.

No tenía ninguna prueba de que Julian hubiera presumido de nada.

Pero no conseguía dejar de pensar en el teatro.

Tomó las notas del interrogatorio de Gideon.

Allí estaban Mercy y sus amores con Rowley, las cartas de la reina, Marsh y su ropavejería.

Y el recibo de Joan Craddock, en un cajón de cocina al alcance de cualquiera.

Mercy conocía a Marsh, y Marsh conocía a Joan.

Con eso bastaba para que la honra de la reina dependiera de una comedianta celosa.

Escribió al doctor Henry Compton, presidente de la junta especial.

Le pidió que llamara a declarar a Mercy Lane y a Edmund Marsh por su posible relación con las cartas de la reina y con una amenaza contra su honra, y que les impidiera huir si encontraba motivo.

No mencionó a Julian ni escribió nada que no pudiera presentarse como celo por su soberana.

Tampoco se preguntó por qué le temblaba la mano.

Selló la carta y llamó al criado.

—A Fulham. Esta noche.

Cuando el hombre salió, Lucy se quedó mirando el balcón. ¿Quién era el hombre al que ahora amaba Mercy Lane?

Temía saberlo.