Seis días de lluvia 28
29%

28

Al amanecer, Jasper Quill había mirado la ventana de Elizabeth Vale. No había ningún pañuelo.

Ahora se ponía los cascabeles antes de entrar en la antecámara de audiencias. Se ajustó el cinturón como otro hombre se ajustaría la espada, alzó la barbilla y avanzó imitando el paso de Danby, que acababa de salir de la cámara del rey. Los cortesanos reconocieron la imitación y se echaron a reír.

Un ujier le cerró el paso ante la cortina.

—Su Majestad no recibe a nadie.

Jasper lo agarró del brazo y lo arrastró consigo al interior.

—Hermano Carlos, castigad a este hombre. Dice que un loco no puede entrar por vuestra puerta.

Carlos II sonrió. El otro visitante no. El doctor Compton estaba sentado frente al rey.

—Dejadnos —le ordenó Carlos al ujier—. Jasper, acercaos. El obispo quiere hablar con vos.

—Primero dadme de comer. Vos habéis dormido en buena compañía. Yo llevo en pie desde ayer por cuidar de vos.

Carlos se rio. Compton bajó la vista a sus manos un instante, como un hombre que recibe una mala noticia. Jasper lo vio y lo guardó en la memoria, entre otras cosas que no pensaba olvidar.

El rey le acercó un plato. Jasper se acomodó en la alfombra.

—Decidle al ujier que no deje pasar a nadie —dijo Compton—. Ni a Danby.

—Entonces exijo salario de consejero.

El rey le lanzó una bolsa. Jasper la atrapó al vuelo y la hizo sonar.

—Plata. Me creía mejor pagado.

Transmitió la orden, echó el cerrojo y volvió a la alfombra. Compton esperó a que se sentara.

—Lucy Ainsworth me ha enviado una nota sobre vos y Mercy Lane. ¿Sois su padre?

Jasper dejó el bocado en el plato.

—No de sangre.

—¿Qué sois, entonces?

—El hombre que estuvo a su lado cuando no tenía a nadie.

—¿Fuisteis vos quien buscó a alguien dispuesto a matar a Rowley?

—Sí.

Carlos dejó la copa. Compton no apartó la vista del bufón.

—Habladnos de ella.

Jasper tardó en empezar. Cuando lo hizo, ya no quedaba en su voz nada del bufón.

—Hace veinticuatro años vivía con Martha Bell en una casa de vecindad de Southwark.

Una noche oí gritar a una mujer en el cuarto de al lado.

Estaba de parto. Nació una niña. Después oí discutir a los padres.

Él se quejaba de que fuera niña y decía que la dejaría en la puerta de una iglesia.

La madre le suplicó que no lo hiciera: ya la había apartado de su familia, y no podría soportar que le quitara también a su hija.

Oí un forcejeo, el llanto de la criatura y un portazo.

—¿Lo seguisteis? —preguntó Carlos.

—Bajé tras él. Llevaba a la niña bajo la capa y no conseguía hacerla callar. Calzaba botas de jinete. Le dije que lo detendría. Sacó un arma. Yo llevaba una daga y le di tres puñaladas. Cayó, y recogí a la niña. No me paré a comprobar si seguía vivo.

—No os correspondía juzgarlo —dijo el rey.

—Tampoco a él decidir que su hija debía quedarse en la calle.

—Seguid —pidió Compton.

—Volví al cuarto. Martha atendía a la madre. Allí no había más que un jergón roto, una mesa y un banco. Ella era muy joven, rubia, hermosa incluso después del parto. Se llamaba Rose Fletcher.

Compton perdió el color.

—¿Qué os pasa? —preguntó Carlos.

—Me crie en casa de sus padres —respondió el obispo—. Era como mi hermana.

Jasper lo miró y comprendió algo que llevaba años sin entender. En sus peores noches, cuando la razón la abandonaba, Rose llamaba a un tal Henry. Le pedía perdón y le rogaba que no se lo contara a su padre. Jasper siempre había creído que era un hermano.

—Había seguido a un soldado por media Inglaterra —continuó, más despacio—. Cuando se quedaron sin dinero, él empezó a maltratarla y quiso obligarla a venderse. Después del parto, Rose perdía el juicio a temporadas. Cuando podía hablar, repetía que había deshonrado a su familia.

Compton se tapó los ojos.

—¿Qué fue de ella?

—Martha y yo la cuidamos. Nunca se recuperó. Murió en mis brazos. Yo la quería, Henry. —Jasper sostuvo la mirada del obispo al pronunciar el nombre—. Y después seguí queriéndola en Mercy.

En la cámara no se oía nada.

—Tenía que salvar a la niña. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Salvarla, sí —dijo Carlos—. Quitarle la vida al padre, no.

—No sé si aquellas heridas lo mataron. Si murió, yo cargo con ello. Me arrepiento de haberme creído con derecho a decidirlo. Nunca me arrepentiré de haber recogido a Mercy.

Se volvió hacia Compton.

—Si podéis, señor obispo, ayudadme a llevar este peso.

Carlos se levantó.

—Si alguna vez se averigua que aquel hombre murió, os prometo mi perdón bajo el Gran Sello.

Compton extendió las manos y Jasper se arrodilló ante él. El obispo pidió misericordia para quien se arrepentía y lo absolvió en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Amén —dijo Jasper.

Carlos lo repitió en voz baja.

Jasper permaneció un poco más de rodillas. Al incorporarse tenía la cara mojada. Se sirvió vino y bebió.

—Ya sabéis lo que soy para Mercy. Decidme ahora qué queréis de ella.

—Hoy no puedo seguir —dijo Compton—. Venid mañana a Fulham.

Se despidió del rey y salió sin volver la cabeza. Jasper lo siguió con la mirada hasta que se cerró la puerta. Henry. El buen doctor.

Dos secretos en una sola tarde, pensó. Después señaló el brasero que ardía junto a Carlos.

—Os rodeáis de hombres que usan el reino para calentarse. Un día os faltará el aire entre tanto humo. Buscan heriros donde menos lo esperéis.

—¿De qué habláis?

—De Catalina. Si alguien intentara hacerle daño…

Le habría bastado un nombre: Carstairs. No lo dijo. Si un bufón acusaba sin pruebas, acababa en Tyburn.

Carlos se irguió.

—Quien toque a mi mujer responderá ante mí.

Jasper estudió su rostro. Aquella vez creyó al rey.

—Ojalá no tengáis que demostrarlo. —Se puso en pie—. Y dejad a Mercy fuera de vuestros juegos de palacio.

—¿Y si no lo hago?

La sonrisa volvió a la cara del bufón, aunque sus ojos siguieron serios.

—Perderéis al único loco que todavía os dice la verdad. Podréis nombrar bufón a Danby, pero no os hará reír.