27
Gideon cruzó el patio de Whitehall dándole vueltas a la propuesta de Joan Craddock. Al pasar bajo sus ventanas levantó la vista. Elizabeth estaba asomada. Le hizo un gesto con la mano y él le devolvió el saludo.
Antes de llegar al guardarropa lo alcanzó un criado anciano.
—Os he buscado por todo el palacio. La señorita Lucy Ainsworth desea veros.
—Hoy no puedo abandonar mi puesto.
—Mi señora suponía que diríais eso. Os llama en nombre de la reina.
Gideon levantó los ojos al techo y lo siguió.
Lucy lo esperaba en sus habitaciones, junto a un balcón acristalado. A la luz de las velas se le notaba el cansancio en la cara. Se levantó en cuanto lo vio entrar.
—Por fin. Sentaos, señor Vale. Necesito haceros unas preguntas.
—Mi hermano Amos ha muerto. Vengo de Witney.
—Lo siento. ¿Llegasteis a tiempo de hablar con él?
—Oí sus últimas palabras.
—Tenéis un sobrino llamado Julian Vale. ¿Quién os dijo que sir Silas Rowley llevaba encima las cartas de la reina?
Gideon se removió en la silla.
—¿Qué cartas, señora?
—No juguéis conmigo.
Gideon creyó entender lo que Lucy callaba. Si era la intermediaria de la reina, quizá supiera algo de la relación que él había imaginado entre Catalina y su sobrino. La observó con cautela.
—Mi sobrino tuvo suerte anoche, ¿no es así?
Lucy se ruborizó. Gideon tomó el rubor por una respuesta.
—Sé que tiene amores en Whitehall. Es discreto y he tenido que ir juntando indicios. Y no juzgo a una dama por buscar consuelo cuando el rey apenas la mira.
Lucy se puso en pie.
—¿Estáis hablando de Su Majestad?
—No pretendo ofenderla.
—La estáis acusando de una infamia.
A Gideon se le encogió el estómago. Necesitaba algo que valiera más que su error, y lo puso sobre la mesa.
—Julian no es quien parece. Su padre es el duque de Buckingham.
Lucy apoyó una mano en el respaldo de la silla. Había notado algo en la cara del joven que no había sabido nombrar.
—Me lo dijo Amos antes de morir.
Gideon sacó la carta, la misma que le había dicho a Julian que se había quedado en Witney, y se la entregó. Lucy la leyó hasta el final.
—Aquí no aparece Buckingham. Amos habla de un gran señor y de una dama de alto rango.
—No se atrevió a escribir el nombre. Me lo dijo al oído.
—¿Y la madre?
—Murió antes de poder decírmelo.
—¿Lo sabe Julian?
—No. Y os ruego que tampoco se lo digáis.
—Entonces, ¿por qué me lo contáis a mí?
—Pensé que la reina querría saber de qué sangre es el hombre al que ha favorecido.
—La reina no ha escogido a Julian para nada —dijo Lucy—. Solamente le ha agradecido un servicio. Si volvéis a atribuirle cualquier otra relación, responderéis ante la justicia.
Le devolvió la carta. Gideon la guardó sin replicar.
—Decidme quién os habló de las cartas.
—Edmund Marsh. Tiene una ropavejería en Houndsditch.
—¿Qué tratos tenéis con él?
—Pocos.
Lucy esperó.
—Me hace algunos negocios —admitió Gideon finalmente—. He servido a dos reyes y he llegado a viejo con una familia que mantener. Presto mis ahorros a interés sin que aparezca mi nombre.
Le contó lo que sabía Marsh: los amores de Rowley con Mercy Lane, el bebedizo que la actriz había pedido, las cartas firmadas por «Catalina» que había visto en la cartera del secretario y el memorial con el que había comparado la letra. Lucy anotaba los nombres sin levantar la vista.
—¿Qué más?
—Una dama tapada le pidió mil quinientas guineas a Joan Craddock y le dejó como garantía un recibo firmado por la reina. —Gideon hizo una pausa—. Las guineas ya se han devuelto, pero Joan no soltará el recibo hasta cobrar los intereses. Lo tiene en un cajón de la cocina.
La pluma de Lucy se detuvo.
—¿Quién más lo ha visto?
—Marsh, quizá. No lo sé.
Lucy subrayó dos veces el nombre de Joan Craddock.
—¿Marsh ha sido condenado otras veces?
—Azotes, picota y diez años en Barbados.
—Y además de bebedizos, ¿vende conjuros? ¿Reliquias?
—Eso dicen. Se habla de frascos, de huesos, de dientes de ahorcado. Yo nunca los he visto.
Lucy dejó la pluma.
—El doctor Compton preside ahora la junta que examina las declaraciones sobre la conjura papista. Si un juez encuentra en casa de Marsh restos humanos y pruebas de brujería, podrá detenerlo sin mencionar a la reina. Después la junta lo interrogará sobre Rowley y sobre Mercy.
Gideon palideció. Marsh manejaba sus negocios. Si lo detenían, contaría mucho más de lo que Lucy buscaba.
—Con todo el respeto, creo que fuisteis vos la dama que pidió ese préstamo.
Lucy levantó la vista despacio.
—Convertís con demasiada facilidad una sospecha en una certeza. No volváis a acusar a nadie sin pruebas. Seguid ayudándonos y no tendréis nada que temer.
—Soy el guardarropa mayor. No puedo ocuparme de estas cosas.
—Tenéis acceso a Whitehall, dinero en los barrios bajos y amistades que preferís ocultar. Podéis ocuparos de estas cosas.
Gideon entendió la amenaza.
—¿Puedo retirarme? El rey tendrá que vestirse para la cena.
—Id. Y guardad silencio.
Cuando ya salía, la oyó ordenar a un criado que fuera a buscar al bufón del rey.
Gideon llegó al Guardarropa casi corriendo. Tomó la casaca preparada para Carlos y vio una costura torcida.
—¿Quién ha hecho esto?
Nadie contestó. Todos miraron a Kit Latch, que intentó esconderse detrás de una mesa.
—Me lo mandó hacer el señor Gilbert Pryce —dijo el muchacho.
Gideon examinó las mangas, los ojales y el forro. Llevaba demasiado tiempo entre aquellas telas para tolerar un descuido, y demasiado miedo encima para medir la voz.
—El forro se hilvana antes de coser. Los botones van después del bordado. ¿Cuántas veces tengo que explicarlo?
Sacó la espada dos dedos de la vaina, lo que bastó para que todos retrocedieran. Kit cayó de rodillas. Gideon lo agarró por la casaca y le puso la prenda delante de la cara.
—Miradla. ¿Vestiríais así al rey?
El muchacho cerró los ojos. El silencio de la sala le devolvió a Gideon su propia imagen: un viejo que aterrorizaba a un aprendiz por una costura, cuando el verdadero motivo de su furia estaba muy lejos de allí.
Lo soltó y envainó.
—Levantaos. Estaréis fuera del guardarropa un mes.
Kit se levantó despacio. No dijo nada, pero al salir no inclinó la cabeza. Gideon lo notó.
Un olor a tela chamuscada llegó desde la mesa de planchar.
—¡La capa de brocado! ¡Quitad el hierro!
Los mozos echaron a correr. En ese mismo momento anunciaron a un lacayo del conde de Danby, que traía un pliego breve:
Señor Vale: venid de inmediato. Necesito hablar con vos. Danby.
Gideon miró la capa, que todavía humeaba.
—Decidle al conde que ahora no puedo dejar el guardarropa.
El lacayo sacó una segunda carta.
—Me ordenó que os diera esta si os negabais.