Seis días de lluvia 26
27%

26

—Habéis hecho mucho en vuestra primera noche en Londres —dijo Jasper mientras caminaban hacia Fleet Street—. Habéis conocido a los poderosos, herido a uno de sus hombres y enamorado a una dama.

—No sabéis de quién habláis.

—Lucy Ainsworth. La llaman la dama de nieve. Muchos la desean, pero nadie ha conseguido acercarse a ella.

Julian se detuvo.

—¿Quién la pretende?

—Dicen que hasta el rey se ha fijado en ella. —Jasper esperó a que Julian echara a andar de nuevo—. Yo podría ayudaros.

—¿Y qué pediríais a cambio?

—Algún día os recordaré esta conversación. Os diré que os serví y os pediré un favor.

—Si es un favor honrado, podréis contar conmigo.

—Me basta.

Entraron en una casa cercana al teatro de Dorset Garden.

En el piso de arriba, los vestidos de escena cubrían los sillones.

Había joyas sobre una mesa, frascos de perfume, cintas y papeles por todas partes.

De una alcoba salían una voz grave que leía en voz alta y, de vez en cuando, la risa de una mujer.

Jasper apartó la cortina.

Rochester estaba recostado en un lecho demasiado adornado, con unos anteojos verdes y un libro entre las manos. Tenía el bastón al alcance de su mano y la cara cansada de quien no ha dormido. En un sillón, a los pies de la cama, una mujer repasaba su papel de Sir Patient Fancy.

Tendría unos veinticinco años. Llevaba el pelo negro a medio recoger y una bata rosada que se le había resbalado de un hombro. Allí, sobre la piel blanca, Julian vio una pequeña cicatriz en forma de media luna.

—Entrad, Julian —dijo Rochester—. Mercy no se asusta fácilmente.

Ella se levantó, se subió la bata y fue a descorrer la segunda cortina.

—Sed bienvenido.

Al encontrarse frente a frente, los dos se quedaron inmóviles. La belleza de Mercy dejó a Julian sin palabras. Ella perdió la sonrisa un instante y lo miró fijamente, como si intentara recordar dónde lo había visto.

Junto a la puerta, a Jasper se le endureció el gesto.

—Necesito hablar con vos, Julian —dijo Rochester.

Mercy salió con Jasper. Rochester dejó el libro.

—Danby sabe que atacasteis a Rowley. Puede mandar que os prendan cuando quiera.

—Eso me preocupa menos que a vos.

—Porque estáis pensando en Lucy. —Rochester señaló la sala de al lado—. Voy a pediros algo difícil: ganaos la confianza de Mercy. O su amor, si es lo que ella está dispuesta a daros.

—¿Queréis que la engañe?

—Quiero que la escuchéis. Danby paga esta casa y Rowley la visita. Por aquí pasan cartas, regalos y noticias.

—Hacedlo vos.

—Lo he intentado. Conmigo no se abre. A vos os ha mirado de otra manera.

Mercy volvió con dos botellas.

—¿Ha estudiado este caballero?

—Teología —respondió Rochester.

—No pensaréis haceros clérigo.

—No —dijo Julian—. Prefiero la espada.

—En eso coincidimos.

Jasper estaba sentado en la sala, con la mirada perdida. De pronto se levantó.

—Tengo que volver a Whitehall. Alguien tendrá que entretener al rey.

Se despidió y salió sin mirar a Mercy.

La cocinera sirvió una cena que para Julian era también el desayuno: salmón, aves, pichones en salsa y pasteles. Rochester comió deprisa y se levantó con ayuda del bastón.

—Al magistrado le han ordenado callar lo de Rowley, pero algún escribano puede sacar una copia antes de que desaparezcan los papeles. Voy a comprarla. Quedaos. Volveré dentro de una hora.

Julian hizo ademán de seguirlo.

—Quedaos, por favor. No abusáis de mi hospitalidad —dijo Mercy.

Cuando Rochester se marchó, ella pidió que dejaran los postres y cerraran la puerta. Se quedaron solos.

Mercy sirvió dos copas.

—Bebed.

—Vos primero.

Ella probó el vino y le ofreció su copa. Julian bebió por el mismo borde. Durante un momento se miraron sin hablar.

—¿Habéis amado alguna vez? —preguntó Mercy.

Julian pensó en una vela, en una voz detrás de un biombo y en un nombre dicho casi a regañadientes.

—Sí.

—¿Y todavía la amáis?

—Con toda el alma.

Mercy dejó la copa en la mesa.

—Pues no me miráis como un hombre que solo piensa en otra mujer.

—Porque os encuentro hermosa.

—Eso lo oigo a menudo. —Bajó la voz—. Para los hombres de Whitehall, una mujer como yo es una puerta.

Pagan por cruzarla. Cuando pasé hambre, acepté la protección de Danby.

Quería vestidos, un sitio en el teatro y no volver a pasar frío.

Él creyó que me compraba. Yo creí que solo vendía mi compañía. Los dos nos equivocamos.

—¿Y a Rowley? ¿Lo amáis?

Mercy le sostuvo la mirada.

—Nunca he amado a nadie.