25
Gideon Vale volvió de Witney al anochecer del día siguiente, sin haber esperado al entierro de su hermano. Llevaba atado a la grupa un cofre envuelto en un lienzo.
Apenas saludó a Elizabeth y a Anne. Subió la carga a sus aposentos de Whitehall y se encerró en el cuarto donde guardaba sus ahorros. Retiró la tela. El cofre seguía cerrado, y el lacre que sujetaba el documento sobre la cerradura estaba intacto.
Leyó la certificación del escribano Arthur Pembroke. Nathaniel Vale había recibido aquel cofre sellado el día de san Marcos de 1653 y se había comprometido a entregarlo sin abrir a la persona designada en otro documento, o a Julian si llegaba una orden expresa.
La curiosidad le pedía romper el sello. La prudencia le aconsejaba respetarlo. Por una vez, ganó la prudencia.
Escondió el cofre bajo un tapiz viejo y una estera, y se aseguró dos veces de que nadie pudiera adivinar su forma. Luego atendió el guardarropa y entró en la capilla a rezar por Amos. No lo consiguió. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara del duque.
Buckingham tenía un hijo que ignoraba quién era. Si el muchacho lo sabía, iría a buscar a su padre por su cuenta. Si no lo sabía, alguien tendría que decírselo en el momento oportuno. Gideon decidió que ese momento lo elegiría él.
Al salir de la capilla fue a Bishopsgate, a casa de Joan Craddock.
La encontró limpiando una vidriera de la cocina. Joan rondaba los sesenta. Era robusta, de ojos pequeños, con el izquierdo algo desviado, y bajo su aspecto de ama de casa se escondía una prestamista que conocía las deudas y los secretos de media corte.
—¡Buena la habéis hecho, señor Vale! —le soltó en cuanto lo vio—. Vuestro sobrino ha dejado a Rowley medio muerto. Ahora dirán que os habéis quedado con el negocio de la reina.
—No me he quedado ni con una guinea.
—Pues yo sí tengo algo de la reina. —Joan se secó las manos en el delantal y señaló un cajón con la cabeza—.
Una dama tapada me dejó un papel con su firma a cambio de mil quinientas guineas.
Esta mañana un criado ha venido a devolverlas, todas juntas.
Ya no las necesitaban. Pero el papel no lo devuelvo hasta que me paguen el mes entero de intereses.
Gideon miró el cajón y no dijo nada.
—¿Ha dormido aquí el muchacho?
—Kit Latch lo trajo pasadas las tres. No sé dónde estuvo antes.
—En casa del rey —dijo una voz desde la puerta.
Jasper Quill entró con los brazos en jarras. Llevaba los cascabeles cosidos en su sitio, y su sonrisa no mejoró el humor de Gideon.
—Qué afortunado sois. Dinero, un cargo en palacio, una esposa que os quiere y un sobrino que en una sola noche se ha abierto paso por Whitehall.
—Dejad en paz a mi mujer.
—No puedo. Estoy enamorado de ella.
—Todo el mundo sabe que a quien perseguís es a Mercy Lane.
Por un instante, a Jasper se le borró la sonrisa.
Antes de que Gideon pudiera aprovecharlo, se abrió una puerta. Julian apareció con la ropa del día anterior y la daga, ya limpia, al cinto.
—¿Cómo está Amos?
Gideon bajó la vista.
—Ha muerto, hijo.
Julian palideció.
—Que Dios lo acoja. —Se acercó un paso—. Cuando me dio la carta, me dijo que había cosas que debió decirme él y que nunca se atrevió. Que vos me las diríais. ¿Os contó algo antes de morir?
Gideon notó en el bolsillo interior el peso de la carta de Amos. Y pensó en el cofre, escondido bajo el tapiz y la estera.
—Cuando llegué, ya no podía hablar.
—¿Y la carta?
—La dejé en Witney, con sus papeles. No decía nada que os importe.
Julian lo miró un momento. Después asintió.
Jasper rompió el silencio.
—Rochester os espera, Julian. Me ha mandado a buscaros.
—Habíamos quedado en Will’s.
—Ha cambiado de sitio. Hay prisa.
—Antes Julian comerá en mi casa —dijo Gideon.
—Iré con Rochester, tío. Después pasaré por Whitehall.
—Entonces os acompaño.
—No, quedaos con la señora Craddock —replicó Jasper—. Tenéis asuntos domésticos de los que hablar.
Se llevó a Julian a la calle. Gideon se quedó mirando la puerta. Le había parecido que el bufón subrayaba la palabra domésticos.
Joan esperó a que se apagaran los pasos y retomó la vidriera.
—Os voy a decir algo gratis, señor Vale, que es más de lo que suelo hacer por nadie. Ese muchacho es culto y valiente, y alguien está apostando por él más de lo que vos me queréis hacer creer. Tenéis una hija de dieciséis años. Podríais casarlo con ella.
Gideon no respondió. Pensó en el cofre, en la cara del duque y en Anne.
No dijo que no.