24
El obispo de Londres no recibía a nadie después de completas, pero aquella noche hizo una excepción.
El joven que esperaba en su estudio venía empapado.
Saludó como le habían enseñado en Oxford y no se sentó hasta que se lo indicaron.
Henry Compton se fijó en una mancha oscura en el puño de su camisa.
El muchacho no parecía haberla visto, o no quería verla.
—Traigo una carta de Su Majestad la reina. Debo ponerla en vuestras manos.
Compton la abrió. Reconoció la letra antes de leer una palabra, y se tomó un instante antes de empezar.
Catalina escribía que Julian Vale, por mediación de Lucy Ainsworth, le había devuelto «aquellos terribles papeles», y que para conseguirlos había herido, quizá de muerte, a sir Silas Rowley.
No sabía cómo se había enterado el joven de que Rowley los llevaba encima, aunque sospechaba de su tío Gideon.
Le pedía a Compton que averiguara si era digno de confianza y le consiguiera una compañía en la Guardia de a Pie.
A Julian le convenía servir en Whitehall, decía, por unos amores que la reina apenas empezaba a intuir.
Si había que comprar la patente, encontrarían el dinero.
Compton leyó dos veces la frase sobre los amores. Después levantó la vista.
—La reina dice que le habéis prestado un servicio que no puede pagarse con dinero.
—Hice lo que me pidió.
—¿Y qué fue exactamente?
—Si la carta no lo explica, no me corresponde a mí explicarlo.
—Habéis herido a sir Silas Rowley. Quizá lo hayáis matado. ¿Lo sabe vuestro tío?
—Gideon salió de Londres antes del duelo. No puedo deciros más.
Compton le sostuvo la mirada. El muchacho no apartó la suya. El obispo había conocido a muchos hombres que guardaban silencio por miedo; aquel lo guardaba por lealtad.
—Bien. La reina desea que os procure un puesto honroso. ¿Qué estudios tenéis?
—Soy bachiller en Artes por Oxford. Estudié humanidades, teología y derecho civil.
—Podríais ocupar un cargo en los tribunales. O tomar las órdenes.
—No quiero ninguna de las dos cosas.
—¿Y para qué habéis estudiado, entonces?
—Para no ser un ignorante.
Compton sonrió.
—¿Qué oficio elegís pues?
—Servir en la Guardia de a Pie del Rey. La reina me dijo que os pidiera una compañía, aunque me conformaría con mucho menos.
—Haré que vuestro nombre llegue al rey. Volved dentro de tres días.
El joven se levantó. Compton le estrechó la mano y llamó al reverendo Samuel Hale para que lo acompañara hasta el zaguán. Esperó a que se apagaran sus pasos y abrió las puertas del balcón.
—Entrad, sir Miles. Os he tenido demasiado tiempo al frío.
Sir Miles Wakefield, uno de los Gentlemen Pensioners de la guardia noble del rey, saltó al estudio sacudiéndose la lluvia del sombrero.
—¿Quién era?
—Un joven al que quizá debamos mucho. Ha herido a Rowley.
Wakefield se volvió tan deprisa que estuvo a punto de derribar un sillón. Compton le resumió la carta en tres frases. Después acercó una esquina del pliego a la llama y lo dejó arder entre los dedos. Solo lo soltó cuando el fuego casi le alcanzaba la mano.
—¿Cuánto cuesta una compañía?
—Entre lo que pida el titular por renunciar y las gratificaciones, ochocientas guineas como mínimo.
Compton escribió una libranza sin vacilar.
—Ambrose Fielding os entregará mil doscientas. El nuevo capitán necesitará caballo, armas y equipo. Y no quiero que la reina sepa lo que ha costado.
—¿Por qué no?
—Porque querría pagarlo ella, y no tiene con qué.
Wakefield tomó el papel y lo observó con atención.
—Os tomáis mucho trabajo por una reina papista, ilustrísima.
—No comparto su fe. Eso no me autoriza a mirar hacia otro lado si alguien intenta hacerle daño.
—Compton se acercó a la chimenea—. Se dice que Rowley le ha dado al rey bebidas capaces de alterar su salud.
No sé si es cierto. Pero un hombre capaz de algo así puede considerar el veneno una herramienta más.
Averiguad si el secretario de Danby vive, aseguradle la compañía al muchacho y volved mañana.
Hacía treinta años que Compton había aprendido a callar lo que sentía, y Wakefield no notó nada.
Salió por el balcón y desapareció en el jardín. El obispo acababa de cerrar las puertas cuando Hale volvió a llamar.
—Un gentilhombre de Whitehall pregunta por vos.
El joven traía un pliego grueso y orden de llevarlo de inmediato a palacio, en una litera con escolta que lo esperaba abajo.
Danby lo invitaba, en nombre del rey, a presidir una junta especial que reuniría las declaraciones sobre la conjura papista y presentaría sus conclusiones al Consejo Privado.
Quizá su humildad lo hiciera dudar, escribía el conde, pero la Iglesia y la Corona necesitaban sus servicios.
Compton leyó la carta dos veces.
—Acepto. Dadme un momento para coger el manto.
Danby acababa de poner la investigación de la conjura en manos de un hombre que creía suyo. No era la primera vez que el conde se equivocaba con él, pero esta vez le iba a costar más cara que ninguna.