Seis días de lluvia 23
24%

23

Al otro lado de la contraventana, Elizabeth Vale estaba sentada junto a una vela mientras un hombre recorría la habitación de un extremo a otro.

La esposa de Gideon tenía la piel muy blanca, el pelo negro y un embarazo que ya se notaba bajo un vestido demasiado pobre para la mujer del guardarropa mayor.

Frente a ella, el mayor Hugh Carstairs paseaba con el coleto de ante abierto, una banda carmesí cruzada sobre el pecho y una espada tan grande como su orgullo.

Rochester y Jasper Quill observaban agachados detrás de la contraventana, con la lluvia azotándoles la espalda.

—No podemos esperar más —dijo Carstairs—. Rowley está herido. Puede que no pase de esta noche.

—¿Tienes miedo? —preguntó Elizabeth.

—Tengo cuidado.

—Llevo seis meses pensando en ti, y casi todo ese tiempo has tenido que entrar aquí a escondidas. Cuando no puedo verte, me asomo a la ventana para verte cruzar el patio con tu amigo.

—¿Ephraim Crowe?

—No me fío de él. A veces creo que confías más en ese hombre que en mí.

Carstairs se atusó el bigote.

—Si solamente fueras un pasatiempo, ya estaría camino de Tánger. Vendrás conmigo, pero antes tengo que terminar un asunto en Londres.

Elizabeth bajó la vista hacia la mesa.

—Sabes por qué no puedo irme todavía.

—Y tú sabes lo que te he pedido.

Ella se levantó de golpe.

—Eso no. Rowley no puede exigirte algo así.

—Puede. Me salvó de la horca.

Elizabeth se llevó una mano al vientre.

—¿Por qué iban a ahorcarte?

—Por una calumnia. Visitaba a una mujer mientras su marido estaba fuera.

Una mañana apareció muerto, con manchas en la cara, y nos arrestaron a los dos.

Ella murió en Newgate antes del juicio. El juez y el escribano eran amigos de Rowley, y su dinero les refrescó la amistad.

Salí libre. Después, Danby me recomendó al rey y me ascendieron a mayor. Todo eso se lo debo a sir Silas Rowley.

—No voy a hacerlo.

—No te obligo. Elige entre eso y no volver a verme.

Al otro lado de la contraventana, Rochester se acercó al oído de Jasper.

—Entremos. Entre los dos podemos detenerlo.

—Todavía no.

Cuando volvieron a mirar, Carstairs tenía entre los dedos un pequeño envoltorio de papel.

—Echa esto dentro de un guante del Guardarropa Real. El derecho, el de la mano con la que se santigua. O cuélate en las cocinas. Nadie sospechará de ti.

Elizabeth retrocedió.

—¿Para quién es?

—Ya lo sabes.

Rochester buscó los ojos de Jasper en la oscuridad. «El guardarropa real» podía significar el del rey o el de la reina. El bufón negó despacio con la cabeza: tampoco lo sabía.

Carstairs se guardó el papel.

—Entonces no tenemos nada más que hablar.

Fue hacia la puerta. Elizabeth lo alcanzó y le echó los brazos al cuello.

—Espera. Necesito pensarlo.

—Cuando te decidas, cuelga un pañuelo rojo en la ventana. El domingo como muy tarde, Elizabeth. Después no habrá nada que decidir.

Se besaron y desaparecieron tras una cortina.

Jasper hizo una seña. Rochester lo siguió, pero se detuvo junto al parapeto. Desde allí se veían los tejados mojados de Whitehall, las chimeneas y las ventanas encendidas sobre habitaciones donde nadie parecía decir la verdad.

—Podríamos acabar con esto ahora mismo.

—Si lo matamos esta noche, quien lo envía buscará otra mano ejecutora y perderemos el rastro —dijo Jasper—. Ahora sabemos qué señal espera Carstairs.

Rochester contempló la ventana de Elizabeth.

—A partir de mañana, uno de los dos mirará esa ventana todas las mañanas.

—Y todas las noches.

Volvieron al desván. Dejaron la lluvia atrás al cruzar un boquete y bajaron por una escalera de caracol empotrada en el muro. Rochester contó ochenta peldaños antes de que Jasper se metiera por una abertura abovedada. Un largo corredor terminaba en una puerta oculta.

—Al otro lado está el dormitorio de la reina —susurró el bufón, y le señaló dos agujeros diminutos.

Rochester acercó el ojo a uno de ellos. Catalina dormía junto a una lámpara casi consumida, y sonreía en sueños. A su lado dormía Carlos, que se había marchado sin dar una respuesta y había vuelto. Su ropa descansaba sobre un sillón, junto a un rosario de perlas.

—Dejémoslos dormir —dijo Rochester.

Un poco más adelante, Jasper le indicó otra mirilla.

—Charlotte está despierta —murmuró Rochester.

—Luego podréis hablar con ella. Antes conviene saber qué hace su padre.

La tercera mirilla daba a la antecámara del rey. Danby seguía allí, esperando una audiencia que no le iban a conceder. Un ujier hizo pasar a un hombre alto, vestido de negro, de nariz grande y mirada astuta.

—Ephraim Crowe —susurró Jasper—. El amigo de Carstairs.

—¿Habéis visto a sir Silas? —preguntó Danby.

—Sigue herido en vuestra casa. He averiguado quiénes lo asaltaron.

—Crowe abrió un legajo—. El atacante es un joven que llegó a Londres esta tarde en un caballo viejo.

Dice ser sobrino de Gideon Vale y se llama Julian Vale.

Lord Rochester estaba con él e impidió que Ned Rook socorriera a su señor. Gideon ha salido hacia Witney.

—Rochester —repitió Danby.

Le pidió el legajo, le prohibió hablar del asunto y lo despidió.

Después hizo pasar al magistrado Matthew Hargreaves, recogió sus primeras diligencias y le ordenó que no abriera ningún proceso.

A solas, se quedó sentado con los dos expedientes entre las manos.

No llamó a la guardia ni rompió los papeles.

Rochester se apartó de la mirilla. El amigo del hombre que acababa de entregar un veneno informaba directamente al lord tesorero. No supo si eso convertía a Danby en cómplice o en víctima.

—No sé si lo lamenta o piensa aprovecharlo —susurró.

—Sabe que estáis implicado —dijo Jasper—. Deberíais esconderos.

—Precisamente por eso voy a hablar con Charlotte.

Jasper lo llevó de vuelta a la puerta anterior.

Al otro lado, un gentilhombre informaba a la condesa de que lady Eleanor estaba indispuesta y le pedía que se hiciera cargo de las damas de la reina durante la noche.

Charlotte ordenó cerrar las puertas exteriores y retirar a las doncellas.

Cuando el hombre salió, se soltó el pelo, apagó la lámpara y se dejó caer en un sillón.

Jasper abrió la puerta secreta sin hacer ruido. Rochester cruzó la alfombra y oyó cerrarse el panel a su espalda.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Charlotte en voz baja.

—Un hombre que debería estar en otra parte y no ha sido capaz de irse.

—Rochester. —La voz de Charlotte tembló un poco—. Acercaos. Tenemos mucho de que hablar.