Seis días de lluvia 22
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Rochester había prometido dejar que Julian entrara solo en Whitehall.

No había prometido marcharse. Subió por la escalera por la que había desaparecido el muchacho tan deprisa como le permitían las piernas.

Al final de un corredor vio dos figuras: Julian y una joven.

Ella abrió una puerta con llave. La luz los recortó un instante y luego desaparecieron.

—Los aposentos de la reina —murmuró.

Sonaron unos pasos detrás de él.

—¿Quién anda ahí?

—Alguien que también ha venido a mirar.

Reconoció la voz ronca antes de ver al hombre.

—Jasper Quill. ¿De dónde habéis salido?

—Ahora importa más saber adónde han entrado esos dos. Venid a un sitio donde podamos hablar.

El bufón lo llevó por la escalera de las cocinas hasta un cuarto abuhardillado y negro de humo. Encendió con yesca una vela de sebo. Solo había un taburete, un sillón gastado y sitio suficiente para que dos hombres desconfiaran el uno del otro.

Jasper se sentó en el taburete y Rochester ocupó el sillón.

El bufón rondaba los cincuenta años. Era bajo y ancho, con unos brazos de herrero.

Llevaba el jubón rojo y azul, los calzones amarillos y la caperuza que Whitehall esperaba de él, pero los cascabeles no estaban cosidos en su sitio: colgaban del cinturón, envueltos en un pañuelo. Del mismo cinturón pendía un puñal.

Rochester miró el pañuelo y luego la cara del bufón. Ninguno de los dos dijo nada.

—Nos parecemos mucho, Rochester —dijo Jasper—. Vos escondéis el veneno en los versos y yo lo llevo bajo los cascabeles. Se ríen de los dos, y creen que eso nos vuelve inofensivos.

—Si tanto nos parecemos, responderéis a una pregunta. Gideon Vale cree que Rowley tiene cartas que comprometen a la reina. ¿Qué hay entre ellos?

La sonrisa del bufón se borró.

—Pobre Mercy.

—¿Mercy Lane? ¿La de Dorset Garden?

—La misma. Danby la mantiene, y era Rowley quien le llevaba sus regalos. Ya conocéis a Rowley: se quedó con algo más que el encargo. Ahora Mercy cree que él ama a otra, y ha decidido que su rival es la reina.

Al decirlo apretó los puños.

—¿Y el muchacho que ha entrado en sus habitaciones?

—Julian Vale. Respondo por él. Esta noche se ha batido con Rowley y lo ha dejado tirado en una calleja.

Jasper se puso en pie.

—¿Lo ha matado?

—No lo sé.

Jasper volvió a sentarse despacio.

—Así que alguien ha hecho gratis lo que otros querían pagar a precio de oro. —Miró la llama—. Lo vi bien cuando pasó bajo el farol del patio. Julian Vale no debería llevar ese apellido.

Rochester se quedó inmóvil.

—Explicaos.

—Esa cara la he visto antes. Era la de George Villiers cuando volvió a Inglaterra, antes de que volviera el rey.

A Rochester le sorprendió que Jasper lo supiera. Él lo sabía por una carta que llevaba tres semanas en el bolsillo.

—¿Desde cuándo lo sabéis?

—Desde una noche de abril de hace veinticinco años. Seguí un coche cerrado desde Londres hasta Witney. Del coche bajó una mujer tapada, y antes del alba volvió a subir sin el niño. —Jasper se frotó las manos—. Y el verano pasado volví a Witney, a ver si el niño de aquella noche seguía vivo.

—¿Quién era la mujer?

—No puedo decirlo.

—Jasper…

—Ese secreto no es mío. La persona a quien pertenece ya ha pagado bastante por él. Solo os diré que la tenéis más cerca de lo que creéis, y que ella no sabe quién era el padre.

Rochester apoyó las manos en las rodillas.

—Entonces guardadlo.

—Como guardaré lo que todavía no ha pasado, si llega a pasar. —La sonrisa del bufón volvió, más fina—. Imaginad que una condesa abandonada por su marido se quedara a solas con un poeta. Que dentro de unos meses viajara de noche y un niño recibiera el apellido de otros. Yo sabría la verdad.

Rochester levantó la vista.

—Dejad a Charlotte fuera de vuestros acertijos.

Jasper había dado con el punto exacto donde hacer daño. Cambió de tema sin disculparse.

—La joven que acompañaba a Julian es Lucy Ainsworth. Su padre sirvió en Tánger y ahora está en las Provincias Unidas, en un encargo de Buckingham. ¿Cómo se conocieron?

Rochester le contó lo que había visto aquella noche. Calló lo que decía la carta del duque.

—¿Por qué esperaba Julian junto al postigo de Danby? —preguntó Jasper.

—Gideon le dijo que Rowley llevaba encima esas cartas.

El bufón tardó en responder.

—Gideon tiene tratos con Edmund Marsh, un ropavejero de Houndsditch que comercia con crímenes. Yo cometí el error de pedirle un asesino. No le di ningún nombre, pero Marsh sabe sumar. Mercy le había hablado de las cartas de la reina. Habrá ido con las dos cosas a ver a Gideon.

—Y Gideon mandó al muchacho a quitárselas.

—Si se las ha entregado a Catalina, ella se creerá a salvo y atacará a Danby con todas sus fuerzas. Pero sus enemigos siguen ahí. Si se ven acorralados, no sabemos hasta dónde pueden llegar.

—¿Teméis por la vida de la reina?

—En este palacio, la lealtad cambia de dueño muy fácilmente. Y hay algo que debéis saber sobre Gideon.

Le habló de Elizabeth, la joven esposa del guardarropa mayor. Su amante, dijo, era el mayor Hugh Carstairs, protegido de Rowley. Lo había librado de la horca después de que matara al marido de otra mujer.

—Gideon ha dejado sola a Elizabeth esta noche —añadió—. Carstairs no desaprovechará la ocasión.

Rochester iba a preguntarle cómo podía estar tan seguro cuando Jasper levantó una mano y apagó la vela de un soplo.

Unos pies descalzos rozaron el suelo del corredor. Los pasos se detuvieron ante la puerta. Rochester contuvo el aliento. Pasó un largo momento antes de que se alejaran.

—¿Carstairs? —susurró.

Jasper abrió la ventana. La lluvia entró con una ráfaga de viento.

—Vamos a comprobarlo. Por los desvanes se llega a la galería alta de Holbein Gate, y desde allí se puede ir por las cornisas.

Rochester se quitó los zapatos, se los ató al cinturón y dejó el bastón junto al sillón. Jasper lo ayudó a salir por la ventana con una fuerza sorprendente.

Avanzaron entre vigas bajas y maderos torcidos, y después por un tejado donde la lluvia golpeaba con tanta fuerza que apagaba sus pasos. Sin el bastón, a Rochester le dolía cada movimiento, pero siguió a Jasper hasta una contraventana por la que se escapaba un hilo de luz.

Se agacharon junto a una rendija. Rochester acercó el ojo.

En ese momento, el reloj de Whitehall dio la una de la madrugada.