Seis días de lluvia 21
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Hacía cinco meses y once días que Carlos no entraba en aquella habitación. Catalina los había contado. Ahora lo tenía delante, en camisa y casaca, con el pelo húmedo del pasadizo. Y no parecía saber qué hacer.

—¿Qué os he hecho para que me miréis así? —preguntó él.

—Habéis entrado a escondidas, por una puerta que ni yo misma conocía. ¿Quién ha conseguido que el rey de Inglaterra tenga que entrar a hurtadillas en su propia casa?

—Danby y lady Eleanor ya saben que pasaré la noche con vos.

Catalina no respondió.

—No me amáis —dijo Carlos.

—Os respeto como esposo. Sabéis cuánto he sufrido intentando dar un heredero a estos reinos.

—Busco algo más que respeto.

—¿Y qué habéis hecho para ganarlo?

—Os he amado.

—A mí y a muchas otras. A vuestro ministro le habéis sido más fiel que a vuestra mujer. Danby dispone de vuestro poder como si fuera suyo.

Carlos apartó la vista.

—No he venido a hablar de gobierno.

—Llevamos meses sin poder hablar a solas, y voy a aprovecharlo. Carlos Estuardo está perjudicando al rey de Inglaterra.

—Son la misma persona.

—Precisamente por eso.

Él frunció el ceño.

—¿Habéis visto hoy al doctor Compton?

—No. Solo veo a las personas que Danby permite que lady Eleanor deje acercarse a mí.

Carlos no preguntaba por casualidad, y Catalina lo notó. Compton debía de haberle dicho algo muy parecido.

—Veis a diario a Lucy Ainsworth —dijo él.

—Y seguiré viéndola. Voy a nombrarla dama de mi cámara.

—Hacedlo. Yo pagaré el vestido, los encajes y las joyas de su presentación.

La generosidad la desarmó un instante. Carlos se dio cuenta.

—Miradme. Os amo. Quisiera que vos me amarais.

Catalina se acercó. Él la atrajo hacia sí, ella se sentó en sus rodillas y se besaron.

—Apartad a Danby —susurró ella.

Carlos echó la cabeza hacia atrás. Catalina se levantó al instante.

—Ahí tenéis vuestra respuesta.

—¿No podríamos olvidarnos de todo esto, aunque fuera una sola noche?

—Cuando toméis las decisiones que os corresponden, podréis descansar. Vuestros súbditos necesitan justicia, su paga y un reino que no se venda por piezas.

—Para eso tengo ministros.

—Ministros que cuentan a los ingleses como un tratante cuenta su ganado.

—Esta tarde, Compton me habló de los gastos de mi casa. Dijo que Inglaterra pide limosna mientras Whitehall sigue gastando. Si los dos tenéis razón, decidme qué queréis que haga.

—Seguid el dinero. Las aduanas producen grandes sumas, y nunca hay bastante para la flota, ni para los soldados, ni siquiera para vuestros criados. Alguien se queda con la diferencia.

—Me pedís que crea que Danby roba al rey.

—Os pido que leáis esto.

Abrió el escritorio. Junto a los dos pliegos que no había quemado estaba el cuaderno del memorial. Catalina lo miró un instante y no lo tocó. Todavía no sabía de quién era la mano que lo había escrito, y no pensaba poner en manos de su marido un arma cuyo dueño desconocía.

Le dio la carta de Latimer.

Jonathan Harwood debe obtener el cargo de recaudador de aduanas de Bristol. Para acabar con mi padre hemos de mostrar al rey cuánto daño hace su gobierno. No concederá el cargo por menos de diez mil libras; procurad que acepte cinco mil.

—Sabía que padre e hijo estaban enfrentados —dijo Carlos—. No imaginaba que Latimer pensara derribarlo con ayuda de su propio secretario.

Ella le tendió la segunda.

Avivemos la agitación contra los católicos: habrá tumultos, se hundirán el comercio y el crédito.

Insistid en que se confisquen los bienes de los recusantes.

La promesa de millones tentará a Danby, y quizá al rey.

Hay que cercarlo y provocar su caída, aunque empobrezcamos el reino.

Después nos tocará a nosotros levantarlo. Shaftesbury.

Carlos dejó el papel sobre la mesa.

—Esto acusa a Latimer, a Shaftesbury y a Rowley. Contra Danby solo tenemos la palabra de un hijo que conspira para destruirlo.

—Su hijo conoce el precio de los favores del tesorero, y sus enemigos cuentan con su codicia.

Danby os ha puesto en peligro persiguiendo a los católicos por los bienes que podría confiscarles.

Si esas acusaciones de conjura papista acaban en saqueos y muertes, la historia pondrá vuestro nombre junto a ellas, no el suyo.

Él no contestó, pero Catalina vio que al menos escuchaba.

—Hace semanas os rogué de rodillas que detuvierais unas acusaciones que ya llegan a mi casa. Lo hice por vuestro reino y por vuestra memoria. Os lo pedí porque os amo. Y porque os amo, os pido ahora que apartéis a Danby.

—¿Me amáis? ¿Por qué nunca me lo habíais dicho?

—Una mujer unida a un hombre durante tantos años puede descubrir que lo ama a pesar de todo lo que ha sufrido por él.

Buscó sus brazos y se apartó casi enseguida. Se sentía demasiado expuesta.

—Si lo destituyo, ¿quién ocupará su puesto?

—Buckingham. Conoce la corte y no teme a los hombres que os rodean. Si no os fiáis de él, elegid al príncipe Rupert. O a Rochester.

—Un libertino, un soldado y un poeta.

—Tres hombres que se atreven a llevaros la contraria.

Carlos juntó los pliegos sobre la mesa.

—Lo pensaré.

—Llevamos demasiado tiempo pensándolo. ¿No confiáis en vuestra esposa? ¿No creéis que os amo?

—Lo pensaré —repitió.

Se levantó y cruzó el dormitorio. Catalina oyó abrirse y cerrarse la puerta oculta tras el tapiz. No fue tras él.

—Dios mío —murmuró—, ten piedad de Inglaterra. Y ten piedad de mí.