20
En el dormitorio, la reina levantó la vela hacia un tapiz.
—Detrás hay una puerta. Esta mañana una de mis dueñas me trajo un recado: alguien podía recuperar mis cartas por mil quinientas guineas. Tú saliste con mi recibo a buscar el dinero. Yo despedí a lady Eleanor con la excusa de rezar, apagué las luces y me escondí detrás de las cortinas del lecho.
—¿Y lo visteis llegar?
—Antes vi a Eleanor buscarme por todas partes.
No respiré. Al cabo de un rato volvió con una vela, hablando sola del fantasma de Carlos I.
Entonces la puerta del oratorio se cerró de golpe, se le cayó la vela, y alguien la amenazó en la oscuridad con revelar sus secretos si contaba lo que había visto esta noche.
Eleanor salió huyendo. Catalina abrió entonces la linterna sorda.
Junto a la puerta oculta tras el tapiz había un hombre. Al verse descubierto, cayó de rodillas. Llevaba en la mano un pañuelo atado como un hatillo, y algo tintineó dentro cuando se movió.
—Jasper Quill —dijo Catalina—. El bufón de mi marido. Se había quitado los cascabeles para que no lo oyeran, pero uno se le había escapado del pañuelo.
—¿Qué hacía aquí?
—Le pregunté por las cartas. Se burló cuanto quiso, pero admitió que estaba al tanto. Era él quien me ofrecía recuperarlas. Insistió en que necesitábamos esas mil quinientas guineas para pagar a quien hiciera falta, y en que Rowley debía morir. Le dije que yo solo quería mis cartas.
Lucy pensó en el biombo y en las palabras que Julian había repetido aquella noche.
—¿Le preguntasteis por qué había amenazado a la duquesa?
—Le pregunté qué secretos tiene Eleanor para temblar de ese modo. Me contestó: «Los que tenemos todos, majestad. Pero los suyos pesan algo más». Y no dijo nada más.
—¿Y cómo conoce los pasadizos?
—Tampoco quiso decírmelo. Le pregunté si había sido él quien había escrito al rey para enseñarle el camino.
Se rio y me dijo que él no sabía escribir tan bien.
—Catalina bajó la vela—. Antes de irse me aseguró que Carlos entraría esta noche por ese mismo pasadizo, porque entre él y el doctor Compton lo habían convencido.
Volvieron a la recámara. Catalina recogió los pliegos de Shaftesbury y de Latimer y los guardó en el escritorio, junto al memorial.
—Al menos nadie podrá usar mis palabras para acusarme de adulterio. Y eso se lo debemos a Julian.
—El recibo sigue en casa de Joan Craddock —dijo Lucy—. Con vuestra firma.
—Págale mañana y que te lo devuelva.
—Joan Craddock no devuelve nada sin cobrar los intereses. Y no sé a quién se lo habrá enseñado ya.
Catalina se quedó pensativa. Luego cambió de tono.
—Observé a Julian mientras hablaba contigo. Es franco y parece dispuesto a asumir las consecuencias de lo que hace. Esta noche ha arriesgado la vida por una desconocida.
—Creía que servía a la reina.
—Creía que tú eras la reina. Por ti se batió.
—Lo conozco desde hace unas horas.
—Y te ruborizas cada vez que pronuncio su nombre. Cuando Danby caiga, quiero asistir a tu boda.
Lucy sonrió con tristeza.
—Mi padre nunca consentiría que me casara con el sobrino del guardarropa mayor. Por mucha fortuna que haga Julian, sir Richard pensará primero en el linaje. Y yo tampoco aceptaría un matrimonio así.
—¿Ni aunque te lo pidiera yo?
—Vos respetáis la honra de vuestra gente, señora. Yo también debo respetar a mi padre.
El reloj dio las doce.
—Ve a descansar —dijo Catalina—. Y dile a lady Eleanor que voy a retirarme.
Lucy le besó la mano. La reina la hizo levantarse y la besó en la frente. Cuando la joven salió, Catalina se quedó mirando la puerta.
—Dichosa tú, que puedes amar —murmuró.
Se secó los ojos antes de que entraran lady Eleanor, lady Charlotte y lady Mary Finch. Las tres hicieron una reverencia.
—Lady Eleanor, esta noche me disteis por desaparecida.
—Perdonadme, señora. No pensé que pudierais estar dormida. Y el rey esperaba que os lo anunciara. Le dije que os acompañaba una de vuestras damas.
Catalina se volvió hacia Charlotte y Mary.
—Vuestro servicio ha terminado. Podéis retiraros.
Las jóvenes salieron. La duquesa se quedó a solas con la reina.
—Antes de dar por hecho que yo había salido de Whitehall, debisteis buscarme mejor —dijo Catalina—. Me temo que Danby ya estará al tanto de mi supuesta desaparición.
Eleanor palideció. Catalina supo que la había sorprendido.
—Solo intentaba…
—Llevo demasiado tiempo soportando que otros decidan por mí. Seguiréis a mi servicio, lady Eleanor, y obedeceréis mis órdenes. Ahora id a buscar al rey y decidle que lo espero.
—El conde de Danby acaba de llegar a Whitehall. Está reunido con Su Majestad.
—Os equivocáis, duquesa —dijo una voz desde el dormitorio.
La puerta secreta se abrió y Carlos II apareció en el umbral.
—Decid a Danby que estoy con la reina. Puede volver mañana, a la hora del despacho. Si el asunto es grave, que espere. Vuestro servicio ha terminado.
Eleanor hizo una reverencia y salió. Catalina cerró la puerta de la recámara.
Por primera vez en mucho tiempo, el rey y la reina se quedaron solos.