19
Catalina de Braganza tenía ante sí seis cartas y la posibilidad de recuperar su vida.
Había apartado dos pliegos, los de lord Shaftesbury y lord Latimer. Los otros cuatro llevaban su firma. Lucy Ainsworth entró en la recámara mientras la reina repasaba por última vez una letra que conocía demasiado bien.
—Ese joven ha sido un regalo del cielo —dijo Catalina—. Sin él, Rowley seguiría teniendo mis cartas. Mandaré decir una misa en Somerset House.
—Me ha preguntado por lo que oyó detrás del biombo —respondió Lucy—. Lo oyó todo.
La reina dejó los pliegos sobre la mesa.
—¿Y qué le has dicho?
—Que vos no lo decidisteis.
Catalina guardó silencio un momento.
—Esta tarde estaba dispuesta a pagar por la muerte de un hombre, y Dios me ha mandado a un muchacho que lo ha hecho sin cobrar. No sé si debo darle gracias a Dios o pedirle perdón. —Se le humedecieron los ojos—. Dímelo tú, Lucy. Cuando supiste lo que yo había escrito, ¿pensaste mal de mí?
—Pensé que habíais confiado en un hombre capaz de aprovecharse de vos.
—Léelas. En voz alta.
Lucy tomó la primera carta. En ella, Catalina citaba a Rowley a las dos de la madrugada y prometía abrirle la puerta ella misma.
En la segunda le reprochaba no haber acudido y le ordenaba entrar por el jardín, de noche y con la cara tapada.
La tercera decía que lo esperaba impaciente, que podía atreverse a todo mientras ella estuviera de su parte y que hablarían sin testigos.
En la cuarta rechazaba verlo fuera de palacio: si los sorprendían en sus habitaciones, ella podría justificar su presencia; fuera de Whitehall, nadie podría justificar la de ella.
Lucy dejó el último pliego. Fuera de contexto, aquellas frases parecían escritas por una amante.
—Ya ves cómo podrían usarlas —dijo Catalina—. Quémalas.
Las cuatro cartas ardieron en la llama de una vela. Lucy echó los últimos restos en la chimenea y esperó hasta que no quedó nada legible.
—Conocí a Rowley hace dos años, en una cacería en Windsor —dijo la reina—.
Acababan de nombrarlo caballerizo extraordinario.
Hacía calor y pedí agua. Me la trajo en una copa de oro que no era de la vajilla de palacio.
Le dije que se la quedara, y me respondió que la conservaría porque yo había bebido en ella. Hablaba como un cortesano respetuoso.
Le contó el resto. Un ciervo acorralado se revolvió contra la comitiva, y una de sus astas hirió al caballo de Rowley.
Durante unos instantes se quedaron solos junto a la carroza.
Fue entonces cuando él le pidió audiencia: Danby era su enemigo, y él, como secretario del conde, conocía secretos con los que podía ayudarla a derribarlo.
Catalina le pidió que pusiera sus acusaciones por escrito.
Como los hombres del tesorero vigilaban cada paso de la reina, acordaron que dejaría el memorial en el hueco de un banco de piedra del Jardín Privado.
—Aquella noche bajé al jardín con lady Eleanor —continuó Catalina—. Dejé caer un pañuelo lejos del banco y, mientras ella iba a recogerlo, saqué el memorial.
—¿No temíais que os viera?
—Eleanor ve lo que yo quiero que vea. —Catalina sonrió por primera vez aquella noche—. Hace años que sé para quién trabaja. Le cuento lo que me conviene que Danby sepa. Ella cree que me vigila.
Lucy se quedó mirándola.
—Nunca me lo habíais dicho.
—Si te lo hubiera dicho, la habrías tratado de otra manera, y ella lo habría notado.
Catalina se levantó.
—Nací entre reyes y me casé con uno. Veo cómo Danby empobrece Inglaterra, comercia con su palabra y convierte el Tesoro en una recompensa para los suyos.
Carlos lo consiente porque prefiere no enfrentarse a él.
Yo no pienso callar. Quiero verlo responder en público de todo lo que ha hecho, aunque esta guerra me cueste la vida.
Abrió un escritorio y le tendió un cuaderno de varias hojas.
Rowley describía en él a un rey sometido al criterio de su ministro.
Enumeraba cargos vendidos o repartidos entre los parientes de Danby, rentas dilapidadas, marineros sin paga, acuerdos secretos con Francia y una guarnición de Tánger abandonada a su suerte.
Cada acusación iba acompañada de pruebas.
Lucy leyó la primera página. Su expresión cambió.
—Rowley no escribió esto.
—¿Cómo lo sabes?
—Me envió varias cartas de amor. Nunca le contesté, pero la primera la escribió delante de mí, en la sala de las damas. Su letra es grande y descuidada. Esta es pequeña, cuidadosa, tan regular que parece trazada con regla.
Catalina volvió a mirar el memorial como si el papel se hubiera vuelto peligroso.
—Entonces, ¿quién lo escribió?
—Alguien que no quería que se reconociera su letra.
La reina guardó el cuaderno y cerró el escritorio con llave.
—Dios nos ha ayudado esta noche. Julian parece un hombre de fiar. Compton hará lo posible por conseguirle un puesto en la Guardia. —Catalina miró a Lucy con atención—. Además, se ha enamorado de ti.
Lucy bajó los ojos.
—Ven —dijo la reina—. Hay algo más que debes saber.