Seis días de lluvia 18
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——Bendito sea Dios, habéis venido —susurró la mujer.

Julian reconoció su voz. Era la dama tapada.

—Señora, yo…

—Pisad sin hacer ruido. Venid conmigo.

La escalera estaba a oscuras. Al oírlo tantear un peldaño, ella le tendió la mano. Era pequeña y suave, y llevaba varios anillos. Julian la habría reconocido entre cien.

Arriba recorrieron un pasadizo tan estrecho que la falda rozaba las paredes.

La dama abrió una puerta con llave y volvió a cerrarla en cuanto él pasó.

Atravesaron varias habitaciones a oscuras y después dos cámaras cuyos tapices, arcones y sillones mostraban las armas de Inglaterra y Portugal.

Por último entraron en una estancia pequeña, iluminada por una sola vela.

—Sabéis por qué os he llamado.

—La nota venía de lady Arabella.

—Arabella lleva dos días en cama con un resfriado. Nadie podía preguntarle.

Julian se quitó el sombrero, sacó el brazalete y se lo ofreció. Ella lo tomó con una prisa que intentó disimular.

—Vuestra majestad…

—No me llaméis así. ¿Creéis que soy la reina?

—Lleva sus armas.

—¿Pensáis que la reina andaría sola por Londres fiándose del primer hombre que encontrase?

Julian no respondió. Desenvainó la daga. A la luz de la vela, la hoja mostraba una mancha oscura.

La mujer dio un paso atrás.

—Es sangre de sir Silas Rowley —dijo Julian—. Lo he herido al salir de casa de Danby. No sé si vivirá.

—¿Por qué habéis vuelto a enfrentaros a él?

Julian envainó. Sacó de la casaca una cartera de terciopelo blanco bordada en oro, con uno de los bordes empapado de sangre.

—Por esto.

Ella la abrió y contó los pliegos.

—Esperaba cuatro. Hay seis. —Separó dos—. Una de lord Shaftesbury y otra de lord Latimer, el hijo mayor de Danby.

Guardó de nuevo los papeles y dejó la cartera sobre la mesa, sin apartar la mano de ella.

—¿Las habéis leído?

—No.

—¿Quién os dijo que Rowley las llevaba?

—Mi tío Gideon. Me dejó delante del postigo de Danby con orden de quitárselas, y me dijo que, si hacía falta, matara a Rowley. —Julian le sostuvo la mirada—. Le respondí que no mataría a nadie por encargo. No sé si lo he cumplido.

Ella no dijo nada.

—Ahora respondedme vos —continuó él—. Esta tarde, detrás de un biombo, alguien pedía mil quinientas guineas. Otra persona preguntó qué pasaría si alguien moría. Y la primera contestó: «Entonces que Dios me perdone». ¿Era Rowley quien tenía que morir?

La mujer palideció.

—Esas guineas eran para recuperar las cartas —dijo al fin—. Había un hombre dispuesto a conseguirlas por ese precio. Lo demás no lo decidió la reina.

—Pero no lo impidió.

—Ya no hará falta pagar a nadie. —Su voz se quebró un instante—. Lo habéis hecho vos, y gratis.

Julian sintió frío.

—Si sois Catalina de Braganza, guardaré vuestro secreto —dijo—. Si no lo sois, dejadme alguna esperanza. Me dijisteis que no teníais esposo ni amante.

—Os dije la verdad. Y también os digo que lo que deseáis es imposible.

—Miradme a la cara y repetidlo.

Ella soltó un suspiro de impaciencia y se echó hacia atrás el manto.

La vela iluminó un rostro joven y unos ojos que Julian ya conocía: eran los de la dama que lo había sacado de los aposentos privados. Su belleza lo dejó un instante sin palabras.

—Ya veis que no soy la reina.

—Nunca la he visto de cerca. A vos no podría olvidaros. ¿Volveremos a vernos?

—Sois sobrino del guardarropa mayor. Si venís a Whitehall, nos cruzaremos. Tendréis mi amistad. No puedo ofreceros otra cosa. ¿Os reconoció Rowley?

—No lo sé.

—¿Fuisteis solo?

Julian vaciló.

—Me acompañaba Rochester. Impidió que otro hombre se metiera en el duelo.

Ella perdió el color.

—¿Rochester ha vuelto a Londres?

—Esta noche. Es amigo mío. Dice que me ha recomendado al duque de Buckingham.

—¿Conoce el contenido de las cartas?

—Sabe que yo las buscaba, pero no las ha visto.

Ella recogió la cartera y el brazalete.

—Esperad aquí.

Desapareció tras un tapiz.

Julian se quedó a solas con la vela. Repasó todo lo ocurrido desde su llegada: Bramble agotado ante Whitehall, el duque de Monmouth, una voz detrás de un biombo, dos duelos y el nombre de Buckingham.

Había entrado en Londres sin dinero. Ahora tenía sangre en la ropa y esperaba en una habitación de la reina.

Le pareció que el tapiz del fondo, no aquel por el que había salido la dama, se movía un poco. Por debajo asomaba el borde de un rosario de perlas. Al momento desapareció.

La dama volvió con una carta sellada.

—Su Majestad os agradece lo que habéis hecho. Habéis prestado un servicio a la reina y a la mujer que hay detrás de la corona. Desea recompensaros.

—Me basta con haber podido ayudarla.

—Sois pobre. ¿Aceptaríais un beneficio eclesiástico?

—Un párroco de aldea, lejos de Whitehall, tendría todavía menos motivos para esperar que algún día me amarais.

—No empecéis otra vez. ¿Un cargo en los tribunales?

—Tampoco. Quiero servir al rey con las armas. En la Guardia de a Pie, si es posible.

Ella negó con la cabeza, casi sonriendo.

—Y así podríais verme cuando os tocara hacer guardia.

—También.

Le entregó la carta. En el sobrescrito se leía: Al muy reverendo doctor Henry Compton, lord obispo de Londres. En propia mano.

—Esta noche está en Fulham, más allá de Chelsea. Llevad también esta orden al cuerpo de guardia y pedid al capitán Tobias Mercer que os dé caballos y os acompañe. Cuando habléis con Compton, pedidle que interceda para que os den una compañía en la Guardia de a Pie del Rey.

—¿Una compañía? A mi padre le costó toda una vida de servicio llegar a capitán.

—Esta noche habéis salvado la honra de la reina, y con ello habéis servido también al rey. Pedidla.

Julian guardó los dos papeles.

—Lo haré. Pero antes, decidme vuestro nombre.

Ella vaciló apenas un instante.

—Lucy Ainsworth. Mi padre es sir Richard Ainsworth, coronel al servicio del rey.

Julian le besó la mano.

—Hasta que volvamos a vernos, Lucy.

Ella lo acompañó de vuelta a través de las cámaras y le abrió las puertas que daban a la galería. Julian bajó al patio, donde un centinela lo condujo hasta el cuerpo de guardia.

Tobias Mercer leyó la orden y examinó a Julian con la curiosidad de un veterano que ha visto muchas cosas raras, aunque ninguna como aquella.

—Dadme un momento. Cojo la capa y mando ensillar dos caballos.

Salieron de Whitehall en dirección a Fulham. Al dejar atrás Charing Cross, Mercer se volvió en la silla.

—Os doy un consejo gratis, Vale, porque a esta hora nadie más os lo va a dar. En Whitehall, quien os hace un favor esta noche os pasa la cuenta mañana.