Seis días de lluvia 17
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Ante la fachada oscura de Whitehall, Rochester se detuvo.

—Os han llamado a vos. Entrad solo. Yo me voy a dormir. Mañana nos vemos en Will’s.

—¿Will’s?

—Un café de Russell Street, en Covent Garden. Allí se reúne medio Londres para averiguar qué ha pasado. La otra mitad va a contarlo, aunque no lo sepa. Buenas noches, Julian.

Se separaron. Rochester dio unos pasos y se detuvo bajo un alero.

La carta de Buckingham llevaba tres semanas en el bolsillo de su casaca.

Las instrucciones eran claras: buscar al muchacho y llevárselo entero.

En su primera noche en Londres, Julian se había batido dos veces, había dejado al secretario de Danby desangrándose en el barro y llevaba bajo la casaca unas cartas de la reina.

Ahora entraba en Whitehall respondiendo a una nota sin firma.

Si aquello era llevarlo entero, Rochester no quería ni imaginar qué sería perderlo.

Volvió sobre sus pasos sin hacer ruido, cruzó la entrada detrás de Julian y buscó un rincón desde donde vigilar la puerta del Cuarto de las Damas. Julian esperaba al otro extremo del patio, bajo un farol, con la capa todavía chorreando.

Al cabo de unos minutos, una mujer chistó desde la escalera. Julian acudió y desapareció peldaños arriba.

Rochester no se movió.

Algo le hizo alzar la vista. En lo alto de la escalera de enfrente, una sombra baja y ancha se apartó de la barandilla y se perdió en la galería.

Rochester no supo cuánto tiempo llevaba allí, ni a quién de los dos había estado mirando.