Seis días de lluvia 16
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La puerta de servicio se abrió y salió un hombre. Julian se lanzó contra él antes de verle la cara.

—¡Defendeos!

El otro desenvainó a tiempo de parar el golpe. El acero pasó raspando a un palmo de su cara.

—Hay maneras más amables de pedir limosna —dijo, apartando la hoja de Julian.

Julian bajó el arma.

—¡Rochester!

—¿Julian? —El poeta soltó el aire—. Demos gracias de que ninguno de los dos haya acertado. ¿Qué hacéis al acecho delante de esta puerta?

—Espero a un hombre.

—Decidme su nombre, si no es otro de vuestros secretos.

—Sir Silas Rowley.

Rochester envainó.

—¿No os bastó con vencerlo hace unas horas?

—¿El hombre que nos seguía era Rowley?

—El mismo. Iba detrás de vos y de aquella dama tapada.

Julian volvió a ver el ala del sombrero bajo la lluvia y aquellos golpes demasiado cargados de fuerza. Ya se había batido una vez con el hombre al que ahora le pedían que, si hacía falta, matara.

—Desde el primer duelo me sigue alguien —dijo—. Está en aquella esquina.

Rochester reconoció a Ned Rook bajo el alero.

—Cree que no lo hemos visto. Dejémosle creerlo. Venid al portal.

Se refugiaron en la entrada de una casa vecina. Rochester se sentó en un banco de piedra y apoyó el bastón en las rodillas.

—Llevo dos horas esperando a Danby, estoy molido y todavía no me habéis contado por qué queréis volver a batiros.

—Si os enseño algo, ¿me diréis todo lo que sepáis de la dama tapada?

—Tenéis mi palabra.

Julian dobló la nota de modo que solo se viera la primera línea y la acercó a la linterna.

Vuestro sobrino acaba de llegar a Londres…

—Letra de mujer —dijo Rochester.

—Era alta y hermosa. Hablaba con inteligencia. Y caminaba como si esperase que el mundo se apartara a su paso. ¿Conocéis a alguna mujer así en Whitehall?

—Nadie tiene más majestad que la reina.

Julian palideció. Rochester se dio cuenta y se incorporó.

—No os confundáis. Catalina de Braganza no saldría sola de noche para cogerse del brazo de un desconocido. Y si lo hiciera, ese encuentro podría arruinaros a los dos. ¿Quién os ha mandado esperar a Rowley?

—Mi tío Gideon. Dice que Rowley lleva encima unas cartas que comprometen a la reina. No pienso irme sin ellas.

—Lo sé. Por eso me quedo con vos.

Julian fue a protestar, pero Rochester lo detuvo con un gesto.

—Cuando llegué a Witney huyendo de mis acreedores y del rey, me ofrecisteis vuestra amistad. Os conté cosas que no debía y nunca repetisteis una palabra. En cuanto pude escribir a Buckingham, le hablé de vos.

—¿El duque conoce mi nombre?

—En su última carta me pedía que volviera sin demora y que llevara conmigo a mi amigo Julian Vale. —Rochester calló un momento—. No me dijo por qué. Pero vos sois una de las razones por las que he vuelto.

Julian lo miró sin saber qué responder. Rochester apartó la vista hacia la calle.

En ese momento, una llave giró en el postigo.

La puerta proyectó un rectángulo de luz sobre el barro. Salió un hombre envuelto en una capa, y la luz desapareció a su espalda.

—Es él —susurró Rochester—. Dejad que se aleje unos pasos.

Julian salió del portal. Rochester dejó el bastón junto al quicio y se colocó entre él y la esquina de Rook, con la espada en una mano y la daga en la otra.

—Deteneos y desenvainad —dijo Julian.

Rowley se volvió. Al ver el acero, sacó el suyo.

—¿Qué queréis de mí?

—Las cartas que lleváis encima.

Rowley soltó una risa breve. La mano izquierda se le fue, como antes en el despacho de Danby, al bolsillo interior de la casaca.

—Venid a buscarlas.

Julian atacó.

Rowley paró la primera estocada y retrocedió. Los aceros volvieron a chocar. La lluvia corría por las hojas y convertía los adoquines en una trampa.

—Sois el de antes —dijo el secretario.

—Esta vez sé quién sois.

Julian lo acosó con una serie de golpes. Rowley sabía defenderse, pero el primer duelo le pesaba todavía en los brazos y fue cediendo terreno.

A su espalda, Rook dejó la esquina y echó a correr hacia ellos. Rochester le cortó el paso.

—Dejad que terminen solos.

El matón le lanzó una estocada. Rochester la desvió, le golpeó el hombro con el plano de la espada y, antes de que Rook pudiera cubrirse, repitió el golpe sobre el sombrero.

En el otro lado de la calle, Rowley bajó la hoja de golpe y atacó por debajo, buscando el muslo.

Julian desvió el golpe y entró en su guardia.

Quería hundir la daga en el brazo de la espada, lo justo para que soltara el arma.

Pero Rowley giró el cuerpo en el último momento y el pie de Julian resbaló en el barro.

La daga entró en el costado derecho.

Rowley gritó, se llevó una mano a la herida, cayó de rodillas y acabó tendido en el barro.

Julian se quedó un instante inmóvil, mirando la hoja. Después se arrodilló junto al secretario, le abrió la casaca, encontró una cartera abultada en el bolsillo interior y se la guardó bajo la suya.

Al ver caer a su amo, Rook se zafó de Rochester y echó a correr calle abajo pidiendo auxilio.

—Vámonos —dijo Rochester mientras recogía el bastón—. Dadme el brazo. Mis piernas no van tan deprisa como mis ideas.

Julian le ofreció el brazo y echaron a andar hacia Whitehall. A su espalda empezaban a encenderse linternas en la casa de Danby.

La cartera pesaba contra su pecho, húmeda de una sangre que no era suya.