Seis días de lluvia 15
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Thomas Osborne, conde de Danby y lord gran tesorero de Inglaterra, había despedido a dos enviados holandeses, a tres duques y a un conde antes de acordarse de la duquesa que lo esperaba en su gabinete.

Era alto y delgado. Tenía la cara pálida, los ojos pequeños y la costumbre de no dejar quietas ni la mirada ni las manos. Al abrir la puerta disimulada tras la mampara, encontró una figura embozada dormida en un sillón.

La figura se levantó sin descubrirse, sacó una carta de debajo de la capa, se la tendió y se dirigió hacia la puerta.

—¿Tanta prisa tenéis? —preguntó Danby.

El embozado se detuvo.

—Os habéis tapado la cara y hasta el tahalí —prosiguió el conde—, pero no el bastón ni la manera de andar. Os reconocería desde el otro extremo de Whitehall, Rochester.

El poeta se quitó el sombrero y le dedicó una reverencia desmesurada. Volvió a ponérselo y dio otro paso hacia la puerta.

Danby se adelantó y la cerró.

—Yo apoyé vuestro regreso de Adderbury. No voy a mandaros de vuelta allí por esta visita. Hablemos. Quiero saber qué pensáis de mí.

—Llevaría tiempo, y casi nada os gustaría.

—Lleváis años escribiendo contra mí porque no os dejé rondar a mi hija.

—Os equivocáis de motivo. Escribo contra vos porque os lo merecéis. Lo de Charlotte solo me dio el tema.

—¿La amabais?

Rochester tardó un instante en responder.

—Sí. Y ella me amó a mí.

—Sois un hombre casado. ¿Qué pensabais ofrecerle?

—Nada que no la deshonrara. Por eso no le ofrecí nada.

—Aquella sátira no fue la única razón de vuestro destierro.

—Sir Silas Rowley también puso de su parte.

Yo seguía a Buckingham y Rowley os servía a vos.

Apartasteis al duque del Consejo y a mí me mandasteis a Adderbury, donde no podía ayudarlo.

Ahora me dejáis volver porque esperáis que mis ojos vean lo que no ven los de Rowley.

—Rochester se apoyó en el bastón—. Conoce tan bien su oficio que ya os dirige a vos.

Vos dirigís al rey, el rey gobierna Inglaterra y Rowley os gobierna a vos.

No sé dónde termina esa cadena, pero desde luego no empieza en la Corona.

—El rey confía en mí más que nunca.

—Porque le resolvéis los problemas que prefiere no mirar. A los soldados de Tánger les falta la paga. Compráis votos en los Comunes y sermones en los púlpitos. Multáis a cuáqueros y presbiterianos por rezar. Y mientras tanto, Francia compra silencios.

Danby se llevó la mano al pecho, donde llevaba una llave colgada de una cadena. Era la del gabinete del Tesoro, donde guardaba lo que ningún hombre debía leer. Era la única que existía.

—No os conviene repetir eso fuera de esta habitación.

—Por eso lo digo dentro.

—¿Y si os pidiera ayuda?

—En estas condiciones, os la negaría. Soy amigo de Buckingham. Si algún día deja de merecerlo, responderé por mí mismo. Pero no os serviré mientras le hagáis daño al reino.

Danby señaló la pared opuesta.

—Saldréis por ahí.

Tomó una vela y accionó un resorte oculto en el panel. Se abrió una puerta estrecha que daba a una escalera entre muros.

—¿Vais a alumbrarme vos mismo? —preguntó Rochester—. Empiezo a temer por mi vida.

Bajaron hasta un postigo de servicio. Antes de abrirlo, Danby se detuvo.

—¿Quién os dio la carta de lady Eleanor?

—Vuestra hija. En Whitehall.

Danby abrió el postigo y se quedó detrás de la hoja, donde nadie pudiera verlo desde la calle. Rochester salió.

La puerta se cerró a su espalda. Al otro lado chocaron dos espadas.

Danby levantó la cabeza.

—Donde aparece Rochester, aparecen los problemas.

Volvió al despacho. Antes de llamar a sus hombres para que salieran a poner orden, rompió el sello de los Ravensbourne.

Lady Eleanor escribía con letra apresurada. El rey había entrado en los aposentos de la reina por un pasadizo que nadie conocía, y Catalina había desaparecido de una habitación cerrada. Danby leyó dos veces una frase:

Cuanto os digo de sir Silas Rowley lo sé por vuestra hija, que me lo ha contado esta misma noche. Según ella, tiene tratos secretos con la reina. Vigiladlo: podría estar traicionándoos.

Charlotte. Su propia hija acusaba a Rowley y había mandado la acusación por medio de Rochester.

Danby dejó la carta sobre la mesa. Conocía a su hija lo bastante bien para saber que nunca hacía nada por un solo motivo. Pero también sabía que una acusación falsa podía señalar, por casualidad, algo cierto.

—Que venga sir Silas Rowley.

Rowley entró poco después. Tendría algo más de treinta años y un rostro agradable. Se inclinó con la humildad debida, aunque antes sus ojos recorrieron la mesa y la puerta.

—Os veo disgustado con la cena —dijo Danby.

—Habéis sentado juntos a York, a Monmouth y a Shaftesbury, con dos holandeses enfrente. ¿Esperabais que salieran convertidos en amigos?

—Se dieron la mano.

—Para poder engañaros juntos.

—Mi intención es separarlos. Un mando lejos de Londres para Monmouth. Una embajada para Shaftesbury.

—Ninguno de los dos aceptará. Todos quieren vuestro puesto, incluso algunos que os lo deben.

Danby lo miró a los ojos.

—Solo hay un enemigo al que no podemos desterrar.

—La reina.

—Pero tenemos sus cartas. Mientras podamos enseñarlas, no se atreverá a mover un dedo. Guardadlas bien.

Rowley se llevó la mano al pecho, sobre el bolsillo interior de la casaca.

—Siempre las llevo encima.

Danby observó aquella mano.

—Quiero conocer cada paso del rey —dijo.

—De eso me estoy ocupando. Esta tarde estuvo varias horas a solas con el obispo de Londres. Deberíais alejar al doctor Compton de Su Majestad.

Compton con el rey. Catalina fuera de su habitación. Un pasadizo secreto. Rochester de vuelta en Londres. Y su hija escribiendo cartas.

—La guerra ha empezado —dijo el conde.

—Entonces conviene que me vaya a dormir, milord. Saldré por el postigo, como siempre.