14
Gideon cabalgó toda la noche, cambiando de montura en las postas del camino de Oxford, y llegó a Witney con las primeras luces. La puerta de la casa donde había nacido estaba abierta de par en par. Varias mujeres iban y venían a toda prisa entre la cocina y una sala baja.
Una anciana salió a su encuentro.
—¿Vive mi hermano Amos?
Ella rompió a llorar.
—A duras penas. Desde que Julian se fue a Londres no ha dejado de esperaros. Entrad.
Mientras lo guiaba por el pasillo, Gideon le preguntó en voz baja:
—El forastero del verano pasado, el que preguntaba por el muchacho. ¿Volvió?
—¿Aquel bajo y ancho, con brazos de herrero? No, señor. Pero el reverendo preguntaba por él todos los días.
Lo llevó hasta la alcoba. Un clérigo velaba junto a la cama. Amos tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad.
—Reverendo —dijo la anciana—, vuestro hermano está aquí.
El moribundo abrió los ojos.
—No veo —susurró.
La anciana le recordó al clérigo que Amos había pedido quedarse a solas con Gideon. Salieron y cerraron la puerta.
Gideon se sentó junto a la cama y tomó entre las suyas las manos frías de su hermano.
—He leído tu carta. He venido en cuanto he podido.
Amos levantó a duras penas un brazo y señaló el fondo de la alcoba. En el rincón, bajo un lienzo gris, se adivinaba la forma de un cofre.
—Allí…
—Lo sé. No te fatigues.
Gideon acercó el oído a sus labios. Había cabalgado toda la noche por un nombre que Amos no se había atrevido a escribir.
—Dime quién es su padre.
—El duque… —Amos tomó aire—. El duque de Buckingham.
Gideon se apartó.
Y entonces vio la cara que no había sabido situar la noche anterior.
Fue en la Casa de Banquetes, el año en que volvió el rey: George Villiers, recién regresado del destierro, riéndose de algo que nadie más había entendido.
Tenía la misma frente, la misma boca y la misma manera de levantar la barbilla.
Gideon había pasado una hora entera ajustándole un tahalí.
Volvió a inclinarse sobre la cama.
—¿Y la madre? Amos, necesito saberlo.
—La duquesa…
—¿Qué duquesa? ¡Amos!
El anciano se incorporó un poco, dejó escapar un gemido y cayó sobre la almohada.
Gideon esperó a que volviera a tomar aire.
Pero Amos no volvió a respirar.