Seis días de lluvia 13
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Elizabeth Vale tenía veinte años, un marido que le llevaba más de treinta y una ventana que todo el mundo creía infranqueable.

Estaba cantando una balada junto al fuego cuando alguien llamó a la puerta.

—Abre, Anne.

Era la voz de Gideon. Elizabeth dejó de cantar a media estrofa. Su marido no solía volver tan pronto cuando trabajaba en casa de Danby.

Anne fue a abrir con la palmatoria en la mano.

—Padre, habéis tardado mucho. Pensábamos que os había pasado algo.

—Tengo que marcharme otra vez.

Gideon se quitó la capa empapada. Elizabeth se levantó a recogerla, y él le miró el vientre, donde el embarazo empezaba a notarse bajo el vestido.

—¿Adónde vas a estas horas, querido?

—A Witney. Mi hermano Amos se muere. Quizá llegue a tiempo de despedirme.

—Cuánto lo siento.

Lo decía de verdad. Al mismo tiempo calculaba: Witney estaba a un día de camino, y otro de vuelta. Una noche, quizá dos.

—¿Estaréis fuera toda la noche, padre? —preguntó Anne.

Lo preguntó con demasiada naturalidad. Elizabeth la miró de reojo. Últimamente, su hijastra hablaba mucho de tomar el velo en Cambrai, pero se ruborizaba cada vez que pasaba bajo la ventana un paje rubio de la reina. En aquella casa, pensó Elizabeth, nadie decía todo lo que pensaba.

—Toda la noche, y quizá mañana —respondió Gideon.

Fue hacia la puerta que siempre tenía cerrada. Elizabeth oyó la llave, el cerrojo, una segunda puerta y otra llave. Después, el sonido que había aprendido a reconocer desde la otra punta de la casa: monedas contadas sobre madera.

Nunca había entrado en aquel cuarto. Sabía que había un arcón, porque lo había oído arrastrar. Sabía que dentro había bolsas, porque las había oído caer. No sabía cuántas. Gideon no se lo había dicho nunca, y ella había aprendido a no preguntárselo.

Mientras esperaba, recordó al bufón. Hacía meses que Jasper Quill le gastaba bromas a Gideon en las galerías: que si el guardarropa mayor cuidaba mejor sus telas que su casa, que si las esposas jóvenes se enfriaban si se las dejaba solas junto a la chimenea.

Elizabeth nunca sabía si el bufón se burlaba de su marido o de ella.

Gideon volvió con la espada ceñida y dos pistolas a las que acababa de cambiar los pedernales.

—Cerrad bien la puerta. No abráis a nadie.

—¿A quién íbamos a abrir?

Él dudó, como si estuviera a punto de contarle algo.

—Mi sobrino está en Londres. Esta noche tiene un asunto que puede hacernos ricos. Hay gente en palacio que querrá tenerlo contento.

—¿Qué gente?

—Gente de la reina. —Gideon se arrepintió enseguida—. No me lo has oído decir.

—No te he oído nada.

Él la besó en la frente y se quedó un momento mirándola.

—Estás muy cariñosa estos días, Elizabeth.

Ella sonrió.

—Es el niño.

Poco después, Gideon partía bajo la lluvia con un mozo de las caballerizas detrás.

Elizabeth mandó a Anne a acostarse. Después se encerró en el dormitorio y fue derecha a la ventana.

Los dos clavos salieron sin esfuerzo: solo estaban allí para guardar las apariencias.

Abrió las hojas. Agujereó un trozo de papel tres veces con una aguja, lo enrolló alrededor de un pedazo de pan para que pesara y esperó, canturreando en voz baja.

En el ala de enfrente se abrió una ventana. Elizabeth lanzó el paquete hacia el rectángulo negro.

Una mano salió de la oscuridad y lo atrapó en el aire.

Elizabeth cerró la ventana, volvió a meter los clavos en sus agujeros y se sentó a esperar con las dos manos sobre el vientre.