12
Julian acababa de terminar la cena cuando oyó volver a su tío. Bajó los pies de la silla de enfrente y se incorporó.
Gideon entró con el aire de quien ya ha tomado una decisión por los dos.
—¿Habéis comido bien?
—Mejor que en toda mi vida.
—Entonces tendréis fuerzas para una aventura.
Julian se llevó la mano a la casaca. El brazalete seguía allí.
—Tío, ¿conocéis a la reina?
—Trabajo en palacio. Claro que la conozco.
—¿Es alta? ¿Hermosa?
Gideon frunció el ceño.
—¿Por qué lo preguntáis?
—Siento curiosidad por la corte, nada más.
Gideon le tendió un papel. Julian leyó las pocas líneas dos veces. Debía ir a Whitehall de inmediato y esperar junto a la puerta del Cuarto de las Damas. Asunto de Estado. Sin firma.
El papel le tembló entre los dedos.
—¿Quién lo envía?
—Me lo ha traído lady Mary Finch. Dice que se lo dio lady Arabella Fenwick, que apenas se separa de la reina.
Gideon le tomó las manos, con la carta entre ellas.
—No os pregunto vuestro secreto. Pero escuchadme bien. Sir Silas Rowley está en esta casa. Saldrá más tarde por la puerta de servicio con unas cartas que comprometen a la reina. Tenéis que quitárselas antes de ir a Whitehall.
—¿Cómo sabéis que las lleva?
—Simplemente lo sé. Salidle al paso. Si no os las da, atacadlo. Y si es preciso, matadlo.
Julian se quedó inmóvil.
Mil quinientas guineas. ¿Y si muere? Entonces que Dios me perdone.
Hasta ese momento había creído que lo que oyó tras el biombo no tenía nada que ver con él. Ahora le daban un nombre, un motivo y un lugar. Y le pedían que, si hacía falta, fuera él quien matara.
—¿Os lo ha pedido la reina?
—Nadie me ha pedido nada —respondió Gideon—. Hay asuntos que no pueden dejarse en manos de criados. No sé cómo habéis llegado tan alto en una sola tarde, pero ella os llama. Sed discreto y aprovechad vuestra suerte.
Julian dobló la misiva.
—Le quitaré las cartas. Si me ataca, me defenderé. Pero no mataré a un hombre porque otro me lo encargue, tío. Ni siquiera vos.
Gideon abrió la boca y la volvió a cerrar. Sacó una bolsa verde y se la puso en la mano.
—Son unas diez guineas. Ya me las devolveréis. Para empresas como esta no basta con la espada. Cuando hayáis terminado, id al guardarropa de Whitehall y preguntad por un mozo llamado Kit Latch. No es listo, pero obedece. Os llevará a casa de Joan Craddock, donde tenéis una cama pagada.
Salieron juntos. Fuera llovía de nuevo. Doblaron dos esquinas y llegaron a una calleja oscura junto a Duke Street. Gideon señaló una puerta y, enfrente, un soportal.
—Rowley saldrá por ahí. Esperad bajo ese techo. Puede tardar. Si va acompañado, dejadlo pasar y volved mañana, cuando esté solo.
—La carta dice que vaya a Whitehall ahora.
—Primero, las cartas de Rowley. —Gideon vaciló—. Amos dice que manejáis bien la espada. ¿Tan bien como él cree?
—Lo bastante para defenderme.
—Espero que baste. Yo he de salir para Witney esta misma noche.
—Ojalá lleguéis a tiempo de encontrar vivo a Amos.
—Haré lo que pueda.
Gideon se alejó hacia Whitehall. Julian esperó a que sus pasos se perdieran. Al otro lado de la calle, la puerta de servicio seguía cerrada.
Miró hacia Whitehall, donde lo esperaba una mujer que no le había dicho su nombre. Miró después la puerta.
Sacó la daga y la sostuvo bajo la capa.