11
El hombre que le cerraba el paso sonreía como si nunca hubiera hecho daño a nadie. Gideon sabía que era mentira.
Edmund Marsh rondaba los sesenta. Seguía siendo alto, aunque los años le habían encorvado la espalda, y de su antigua ferocidad solo le quedaban los ojos, siempre atentos a lo que el otro pudiera ofrecer o temer.
Había sido rufián y asesino. La justicia lo había azotado, lo había puesto en la picota y lo había mandado diez años a las plantaciones de Barbados.
A la vuelta abrió una ropavejería en Houndsditch y se dedicó a negocios de los que convenía no dejar recibo.
Gideon también tenía negocios de esa clase. Por eso conocía a Marsh, y por eso mismo no quería que lo vieran con él en casa de Danby.
Lo hizo pasar y cerró la puerta.
—¿Qué hacéis aquí? Esta casa está llena de criados.
—No os avergoncéis de mí, señor Vale. Soy un comerciante honrado.
Marsh se sentó sin pedir permiso.
—Esta tarde vino a mi tienda Jasper Quill. Quería hablar a solas, y me preguntó si conocía a alguien dispuesto a matar a un hombre.
—¿El bufón del rey?
—El mismo. Le pregunté quién era el elegido. Me dijo que un caballero rico y principal, que valía tanto como Danby, Buckingham o Lauderdale. Pedí mil quinientas guineas. Aceptó sin regatear.
—¿Os dio el nombre?
—No. Pero pensadlo. ¿Quién vale tanto en la corte y no está protegido por un regimiento?
Gideon se cruzó de brazos.
—No estoy para acertijos.
—Sir Silas Rowley. El secretario de Danby conoce todos los secretos del conde, y eso lo hace casi tan valioso como su amo.
—Quill es un bufón, no un ministro. ¿Por qué iba a pagar por la muerte de Rowley?
—Por Mercy Lane.
Gideon conocía a la bailarina del teatro de Dorset Garden, una mujer hermosa y escandalosa. Nadie sabía si era hermana, hija o amante de Jasper Quill, pero el interés del bufón por ella era conocido.
—Danby la mantiene —dijo Marsh—. Le regala joyas y cree que ella lo quiere. Pero quien disfruta de su compañía es Rowley. Mercy vino a pedirme un bebedizo para enamorar a un hombre, y antes de dárselo me aseguré de saber a quién.
—¿Y eso qué tiene que ver con los asuntos de Estado?
—Que Rowley tiene otra mujer. Y, según Mercy, es la dama de más alto rango de Inglaterra.
—Estáis insinuando que es la reina.
—Es lo que asegura Mercy. Una noche, a Rowley se le cayó una cartera del bolsillo.
Ella esperó a que se durmiera y la abrió.
Dentro había cartas firmadas por una tal Catalina.
Después le pidió a Danby, en lugar de joyas, un escrito de puño y letra de la reina.
El conde le llevó un memorial en cuyo margen Catalina mandaba entregar veinte guineas a una viuda. Mercy jura que la letra es la misma.
Gideon golpeó la mesa con la palma de la mano, y la sonrisa de Marsh se apagó.
—Conozco a Catalina de Braganza. No pienso repetir semejante calumnia sin una prueba.
—Entonces os daré una. Esta noche, una dama tapada ha ido a ver a Joan Craddock. No es la primera vez: suele llevarle joyas para empeñar. Hoy le ha pedido un préstamo y promete devolver el doble dentro de un mes. Como garantía ha dejado un recibo firmado por la reina.
—¿Cuánto ha pedido?
Marsh se tomó su tiempo.
—Mil quinientas guineas.
Gideon no dijo nada.
—La misma cifra dos veces en un mismo día —continuó Marsh—. Por la tarde, un bufón me ofrece mil quinientas guineas por una muerte. Por la noche, una dama de la reina pide mil quinientas guineas prestadas. No creo en las casualidades, señor Vale. Y vos tampoco.
—Si tenéis el recibo, haced el préstamo. No me necesitáis.
—Hay que saber si la firma es auténtica. Vos servís a la Casa Real.
—Sirvo al rey. Nunca he dicho que conozca la letra de la reina.
La sonrisa de Marsh se torció.
—O quizá lo que queréis es dejarnos fuera y prestar vos solo esas guineas.
Gideon se inclinó hacia él.
—No le repetiréis a nadie lo que me habéis contado. Una historia sobre la reina, su firma y un asesinato puede llevaros a la horca. Yo no entro en ese préstamo. Haced lo que queráis y marchaos.
Marsh se levantó. Tenía ya la mano en la puerta cuando Gideon lo detuvo.
—¿Volveréis esta noche a casa de la señora Craddock?
—Tengo que llevarle vuestra respuesta.
—Decidle que prepare un aposento con cama. Esta noche le enviaré a un joven que se presentará como mi sobrino. Yo pago el gasto.
Marsh perdió toda esperanza de negocio.
—Como mandéis.
Se fue convencido de que Gideon pensaba quedarse con todo.
Gideon empezó a pasear por el cuarto. No sabía si creerse la historia de Mercy, pero sabía algo que a Marsh se le escapaba: Rowley estaba en la cena de Danby y, como siempre que cenaba allí, saldría tarde por la puerta de servicio de Duke Street.
Si aquellas cartas existían, la reina pagaría lo que fuera por recuperarlas. Y según Amos, con una espada en la mano pocos hombres de la corte podían tocar a Julian.
—Vamos a ver de qué sois capaz, sobrino —murmuró.
La puerta volvió a abrirse. Entró una dama envuelta en un manto, sin esperar a que la invitaran, y se descubrió la cara.
—Señor Vale, por fin os encuentro. Traigo una carta.
Gideon rompió el sello. El mensaje era breve, y la letra, sin duda, de mujer:
Vuestro sobrino acaba de llegar a Londres. Enviadlo sin demora a Whitehall. Es asunto de Estado. Que espere dentro, junto a la puerta del Cuarto de las Damas. Ahora mismo.
No llevaba firma.
—No conozco esta letra. ¿Quién os la ha dado?
Lady Mary Finch volvió a cubrirse el rostro.
—Lady Arabella Fenwick.