10
Gideon Vale nunca había dejado el traje de un conde en otras manos. Aquella noche dejó a un oficial encargado de lo que faltaba por hacer y se encerró con el cerrojo echado en un cuarto contiguo.
El pliego ocupaba tres hojas grandes. La letra se iba torciendo de página en página: era la de un hombre con fiebre.
—Para estar muriéndose, mi hermano ha escrito bastante.
Se puso las antiparras. Witney, 9 de noviembre de 1678.
Amos hablaba de unas fiebres que empeoraban cada día. Le quedaba poco tiempo, y le había hecho a Nathaniel una promesa que ya no podía seguir cumpliendo en silencio.
Julian no es hijo de nuestro hermano Nathaniel.
Gideon bajó el papel. Pensó en aquella frente, en la boca, en la barbilla levantada. Ahora entendía por qué la cara le resultaba ajena. Lo que no sabía era de quién la había heredado.
Siguió leyendo.
Tampoco es hijo de Margaret. No dudes de la honra de nuestra cuñada: nunca llevó a esa criatura en su vientre.
Gideon se levantó.
Más de veinticinco años atrás, escribía Amos, Nathaniel había acudido a él para confesarse.
En los primeros años de la guerra había matado a su capitán en una disputa absurda.
Huyó de la justicia y, seis meses después, consiguió entrar como alférez en otro regimiento.
Un hombre muy poderoso intercedió por él, indemnizó a la viuda y a los hijos del muerto y le obtuvo el indulto.
Años más tarde, ese mismo protector lo ayudó a ascender a teniente.
Después le pidió que le devolviera el favor.
Una dama de altísimo rango, que vivía sin marido a su lado, había quedado encinta en el continente.
El padre era un gran señor inglés, desterrado tras la batalla de Worcester, que no podía volver sin caer en manos de sus enemigos.
Hacía falta una familia que diera su nombre al niño y ocultara el parto.
Nathaniel y Margaret no tenían hijos.
—Y aceptaron —murmuró Gideon.
Amos contaba que Nathaniel le había pedido consejo como sacerdote y como hermano mayor.
La vida y la honra de aquella dama dependían del secreto.
Nadie les ofrecía dinero a cambio del engaño, y Margaret ya difícilmente tendría un hijo propio al que aquel niño pudiera quitarle el sitio.
Al final, Amos lo convenció de que aceptara.
Cuatro meses después, en plena noche, un coche cerrado se detuvo en Witney.
De él bajaron una mujer tapada, el protector de Nathaniel con el rostro oculto y un escribano.
Una comadrona, convencida de que asistía a Margaret, ayudó a la dama a dar a luz.
Antes del amanecer, la madre volvió a subir al coche, aunque el viaje podía costarle la vida.
De ella, Nathaniel solo supo lo que vio aquella noche: que no gritó en todo el parto, y que antes de marcharse besó al niño en la frente y se lo devolvió sin decir una palabra.
Tres días después, Amos bautizó a Julian como hijo legítimo de Nathaniel y Margaret. En Witney atribuyeron aquel embarazo tardío a un milagro, y nadie hizo más preguntas.
Nathaniel quiso a Julian como a un hijo propio. Margaret nos pidió en su lecho de muerte que nunca lo abandonáramos. Y yo tampoco he sabido quererlo de otra manera.
Amos hablaba de un niño que a los diez años traducía a Horacio y a Virgilio, discutía de latín con hombres que llevaban toda la vida enseñándolo y alternaba los libros con las armas. Gideon pensó en el joven empapado que esperaba al otro lado de la pared. Se frotó los ojos y siguió leyendo.
Cuando Julian cumplió doce años, se presentó en Witney un clérigo vestido de negro, acompañado de un criado.
Dijo ser preceptor de jóvenes caballeros y traía una carta del padre del muchacho, escrita en términos ambiguos por si alguien la interceptaba: el remitente costearía los estudios de Julian en Oxford y le permitiría elegir las materias.
Con la carta llegaron un baúl de ropa y doscientas libras en oro.
Desde entonces, cada año llegó otro baúl con la misma suma.
A los dieciocho, Julian recibió una espada y una daga de buena factura.
Con la espada nos ha vencido a Nathaniel y a mí. Pocos hombres en la corte lograrán tocarlo.
La línea siguiente inquietó más a Gideon.
Amos describía al muchacho como atrevido y enamoradizo.
Gideon pensó en su hija de dieciséis años, y luego en su segunda esposa, que tenía veinte.
Amos añadía que Julian no bebía ni jugaba, que no buscaba pendencias y que jamás había engañado a una mujer.
Gideon leyó aquellos elogios con la desconfianza de quien sabe lo indulgente que puede ser un cura con su sobrino.
Al morir el preceptor, el dinero dejó de llegar.
Amos no comprendía la conducta del padre.
Había pagado una educación excelente y después había abandonado al muchacho a los escasos recursos de la familia.
Además, le había prohibido poner un pie en Londres: durante sus años en Oxford, Julian tuvo que prometer que no iría allí con sus compañeros, ni siquiera en vacaciones.
—¿Quién temía ese hombre que pudiera ver al muchacho? —preguntó Gideon a la habitación vacía.
Nathaniel había vuelto al servicio cuando la Corona tomó posesión de Tánger. Llegó a capitán, hasta que una bala de mosquete lo dejó cojo e incapaz de combatir. Antes de morir, le confió a Amos una última cosa: al cumplir veintiséis años, Julian recibiría una gran fortuna.
Gideon hizo la cuenta. San Marcos de 1653.
—Cinco meses. Poco más de cinco meses quedan.
Aquella fortuna estaba en un cofre muy pesado, guardado en un armario desde hacía veinticinco años.
Nathaniel había visto meter en él unos papeles, quizá escrituras, pero no sabía nada más.
Un escribano lo selló y fijó sobre la cerradura un testimonio: Nathaniel lo había recibido cerrado el día del nacimiento de Julian y se comprometía a entregarlo intacto a la persona designada en otro documento, o al propio Julian si llegaba una autorización expresa para abrirlo.
Al morir Nathaniel, la obligación había pasado a Amos. Ahora Amos se la traspasaba a Gideon.
Gideon pasó la hoja. La letra se volvía más apretada, como si a Amos le hubiera costado escribir aquella parte.
Hay algo que me inquieta más que mi muerte.
A finales del verano llegó a Witney un forastero.
Preguntó en la taberna por el hijo del capitán Vale y después pasó una tarde entera en el camino, mirando nuestra casa.
Dijo que venía de Londres y no dejó su nombre.
Si alguien sabe que existe ese cofre, no será el único que lo busque.
Gideon miró el cerrojo. Seguía echado.
Nathaniel me reveló el nombre del padre de Julian. Es uno de los ingleses más grandes y nobles de nuestro tiempo. Ven sin demora, Gideon, y te lo diré a solas. Si llegas después de mi muerte, el nombre bajará conmigo a la tumba.
Amos lo conocía demasiado bien. Gideon quería a su familia, pero le dolía desprenderse de una guinea. Nathaniel y Amos habían preferido la pobreza a pedirle ayuda y verlo sufrir con cada moneda.
No seas áspero ni mezquino con Julian. Es leal, agradecido y muy sensible al desprecio. Dale mesa, ropa seca y cama. Llega hambriento, sin un penique y sin una camisa de repuesto. Nunca te he pedido nada, hermano. Ahora te lo suplico.
En una de las últimas líneas, Amos recordaba que lord Rochester había pasado por Witney tres años antes, huyendo de sus deudas y de la ira del rey, y que allí se había hecho amigo de Julian.
Le parecía significativo que un hombre tan dado a burlarse de todo el mundo distinguiera al muchacho con su afecto.
La carta terminaba con una súplica: que Gideon fuera a Witney antes de que las fiebres acabaran con él.
Gideon se quitó las antiparras. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se los secó con el enorme pañuelo blanco que siempre llevaba encima. Después empezó a recorrer el cuarto.
—A mi cargo me lo deja. Pero en casa no lo meto. Con mi mujer y mi hija, ni hablar.
Tampoco pensaba pagarle cinco meses de posada. Podía buscarle un empleo modesto entre los hombres de Danby, que le diera techo y comida.
Se detuvo junto a la mesa.
Uno de los ingleses más grandes y nobles de nuestro tiempo. Un hombre así pagaba una educación en Oxford sin dar la cara. Un hombre así sabía agradecer la discreción. Y el muchacho, cuando tuviera su fortuna, recordaría quién lo había ayudado cuando no tenía nada.
Volvió a guardar la carta en la casaca y abrió la puerta.
—¡Robin! Venid acá.
El paje acudió corriendo. Gideon le encargó vajilla de plata, pastel de venado, capón, rodaballo, hojaldre de membrillo, fruta, confituras y dos botellas del mejor vino para su sobrino. Cualquier otra cosa que pidiera debía servírsele como si la pidiera él mismo.
—Y quedaos con las sobras. Algo sacaréis por ellas.
Robin salió a cumplir el encargo. Gideon iba a cerrar de nuevo cuando un hombre se interpuso entre él y la puerta.
—Esperad, señor Vale. Me ha costado bastante llegar hasta aquí. No vais a darme con la puerta en las narices.