9
A solas, Julian se acordó del brazalete.
Se sentó de espaldas a la puerta y lo acercó a la luz.
Los diamantes eran auténticos. Había suficientes para pagar muchas noches de posada, y probablemente una casa entera.
En el centro, una placa de oro reunía dos escudos esmaltados: las armas de Carlos II y las de Portugal, con sus cinco quinas.
Julian sintió frío pese al calor del cuarto. Aquella joya pertenecía a la Casa de la reina.
La mujer tapada le había asegurado que quien hablaba detrás del biombo era Catalina de Braganza. Y caminaba como si esperase que las calles se apartaran a su paso.
—¿Y si era la propia reina? —murmuró.
—¿Señor Julian Vale?
Guardó el brazalete a toda prisa y se volvió. Robin, el paje de la capa arrastrada, esperaba en la puerta con dos botellas y un montón de mantelería.
—Vuestro tío me envía a serviros la cena. Hay pastel de venado, capón, rodaballo, hojaldre de membrillo, fruta y confituras. Y vino de su mejor reserva.
Julian lo miró sin responder. Robin dejó la carga y volvió varias veces más, hasta cubrir la mesa. Aparecieron platos y candeleros de plata, velas de cera perfumada y comida para media docena de invitados. El muchacho sirvió el vino y se quedó esperando.
—¿Todo esto lo ha mandado mi tío?
—Y ha dicho que se os sirva cualquier otra cosa que deseéis, como si la pidiera él mismo.
Hacía unos minutos, Gideon le había negado una cama. Ahora le ofrecía una cena de príncipe.
Julian miró la puerta por la que se había marchado su tío con la carta. Recordó la alcoba de Witney la noche anterior: el olor a sebo y a fiebre, y la mano de Amos, que ya no tenía fuerza, cerrándose sobre la suya.
—Dásela a Gideon. Y no la abras.
—¿Qué dice?
—Cosas que tendría que haberte dicho yo, hijo, y que nunca me he atrevido a decirte.
—Decídmelas ahora.
Amos había cerrado los ojos.
—Gideon te las dirá. O no. Gideon siempre ha sido prudente.
Julian había cumplido su promesa. Había cabalgado un día entero con la carta pegada al pecho sin romper el sello. Ahora el sello ya estaría roto, y la había leído otro.
Lo que Amos hubiera escrito en ella había transformado a su tío en un cuarto de hora.