Seis días de lluvia 8
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Gideon Vale estaba contando los botones de la librea número cuarenta cuando su pasado entró por la puerta.

Habían convertido una de las salas de Danby en un guardarropa de campaña.

Entre el vapor de las planchas, criados y pajes iban y venían cargados de capas, bandas y libreas.

Las mesas estaban cubiertas de lienzos blancos.

Gideon revisaba cada botón antes de decidir quién llevaría la prenda y cómo debía entregarse.

Era bajo y enjuto, con el pelo ceniciento salpicado de mechones rojizos, y dirigía el guardarropa como un general la víspera de una batalla.

El lacayo de la puerta intentó interrumpir su labor.

—Señor Gideon…

—Ahora no.

Un joven dio un paso al frente. Estaba empapado y llevaba las botas destrozadas.

—¿Sois Gideon Vale?

—Eso dicen mis cuentas.

—Mi padre era vuestro hermano Nathaniel. Soy Julian.

Gideon se volvió por fin.

Lo primero que pensó fue que Nathaniel nunca había tenido aquella frente, ni aquella boca, ni aquella manera de levantar la barbilla.

Lo segundo, que había visto aquella cara antes.

No en Witney, sino en Whitehall, en alguna sala donde los hombres llevaban encaje de Flandes en los puños. No supo dónde.

—Voto al diablo. Os parecéis tanto a…

Se calló.

—¿A quién? —preguntó el joven.

—¡Robin! —Gideon señaló una capa que arrastraba por el suelo—. Levantad eso. Para algo os dieron manos.

Cuando volvió a mirar a su sobrino, ya se había recompuesto.

—¿Quién os envía?

—El reverendo Amos. Vuestro hermano.

—Amos. —Gideon tomó una casaca de la mesa—. Tendréis que esperar a que terminemos.

El muchacho esperó. Primero salieron las casacas de los lacayos; luego las libreas de los pajes, los tahalíes de los guardias y las capas de los ujieres. Cada vez que intentaba hablar, Gideon encontraba otra prenda que reclamaba su atención.

Necesitaba esos minutos.

En veinticinco años solo había recibido dos noticias de aquel muchacho.

La primera le llegó cuando aún trabajaba en una sastrería y en Inglaterra no había rey.

Nathaniel le escribía que Margaret había dado a luz un varón el día de san Marcos y añadía, con su sequedad de siempre, que Gideon ya tenía «un criado a quien mandar».

Margaret rondaba entonces los cuarenta, nunca había tenido hijos y hacía tiempo que había perdido la esperanza de tenerlos.

Gideon leyó la carta tres veces y contestó con una felicitación tan escueta como la noticia.

La segunda llegó años después, desde el lecho de muerte de Nathaniel: quizá su hijo se presentara algún día en la corte. Nathaniel murió, pasaron dos años y el muchacho no apareció.

Y ahora estaba allí, con una carta de Amos y una cara que Gideon no conseguía situar.

Entregó la última capa y lo tomó del brazo.

—Venid.

Lo llevó a un cuarto junto al almacén de paños y cerró la puerta. El bullicio quedó amortiguado al otro lado.

—Perdonad mi brusquedad. Hasta que vengan a buscar el traje del conde tenemos unos minutos. Me alegra conoceros, sobrino. Sois un mozo de buena presencia, aunque no habéis salido a vuestro padre.

—Me temo que vuestro hermano Amos puede haber muerto ya —dijo el joven—. Anoche me llamó junto a su cama y me pidió que os trajera esto antes de que fuera tarde.

Sacó de la casaca un pliego grueso, todavía sellado. Gideon lo sostuvo un momento antes de guardarlo. Pesaba más de lo que debía pesar una carta normal.

—¿Cuándo salisteis de Witney?

—Antes del amanecer. Creí que Bramble aguantaría el viaje, pero ya está viejo. Entramos en Londres con las últimas luces.

—¿A qué os dedicáis?

—Soy bachiller en Artes por Oxford. Estudié también teología y derecho civil. Quiero servir bajo las banderas del rey.

—¿Con esos estudios elegís ser soldado?

—Alguna vez pensé en un puesto en la Cancillería. Con un tío en palacio, podría habéroslo pedido, pero no quise importunaros.

—Hicisteis bien —respondió Gideon, demasiado deprisa—. Me habría pesado no poder ayudaros.

Miró hacia la puerta.

—Tengo mucho trabajo, podemos hablar mañana. ¿En qué posada os alojáis?

—En ninguna. Contaba con quedarme en vuestras habitaciones.

Gideon se puso rígido.

—Tengo una hija de dieciséis años y una esposa de veinte. No pienso dar que hablar a todo Whitehall metiendo a un joven en casa. Buscaos una posada.

—No tengo dinero.

—¿Amos os manda a Londres sin un penique? —Gideon alzó las manos—. En el campo debéis de creer que aquí el oro se recoge del suelo.

En sus habitaciones de Whitehall, bajo dos cerraduras, guardaba más guineas de las que aquel muchacho vería en toda su vida. Ni a su mujer le había dicho cuántas.

—Vivíamos de lo que daba la parroquia y de lo poco que yo ganaba enseñando latín. Ni siquiera he traído equipaje.

—Pues vended el caballo.

—No, a Bramble no. Mi padre lo montó hasta el final. Además, nadie daría ni una corona por él.

Gideon suspiró.

—Esperad aquí. Veré cómo salimos de este apuro.

Salió con la carta en la mano. En el pasillo la apretó contra el pecho, como si alguien pudiera arrebatársela.