7
En Duke Street, la casa de Danby seguía iluminada cuando el resto de Londres ya había cerrado sus puertas. Rochester no tuvo que buscar demasiado: le bastó con seguir la luz y las risas que bajaban del piso alto, mezcladas con voces holandesas.
La fachada de ladrillo rojo y piedra clara tenía el aire respetable de las casas levantadas después del Gran Incendio. Detrás seguía la vieja mansión, que se esforzaba por parecer un palacio. Los Osborne habían llegado hacía poco a la nobleza y no querían que nadie lo olvidara.
En el portal iban y venían dos lacayos de librea azul y plata. Un joven embozado esperaba sentado en un banco. Otro hombre, apoyado en una pilastra, lo vigilaba sin disimulo.
Rochester reconoció al vigilante.
—¿Ned Rook? Te hacía colgado en Tyburn.
—Milord Rochester. Y yo a vos, desterrado.
—Los dos hemos decepcionado a nuestros admiradores. ¿A quién sirves ahora?
—A sir Silas Rowley.
Rochester miró al muchacho del banco.
—¿Y qué le ha hecho ese a tu amo?
—No puedo decíroslo, milord.
Unas monedas tintinearon en la mano del poeta.
—Ven fuera.
En un rincón oscuro junto a la puerta, Rook miró por encima del hombro antes de hablar.
—Prometedme que sir Silas no se enterará.
—Por mi título.
—Me mandó vigilar la escalera privada de las damas de la reina.
Al caer la noche salió una mujer tapada y subió a una silla de manos.
Sir Silas fue tras ella, y yo detrás de él.
La silla se detuvo y la mujer siguió a pie.
Al doblar una esquina se cogió del brazo de un embozado. Sir Silas me mandó a buscar a la ronda.
—¿La encontraste?
—No. Cuando volví, ya se estaban batiendo. El joven pudo con sir Silas, y sir Silas me mandó seguirlo. Llegó aquí y quiso subir, pero los porteros no lo dejaron pasar. Lleva una hora esperando.
Rochester miró de nuevo hacia el banco. El muchacho que acababa de vencer a Rowley parecía más preocupado por sus botas mojadas que por los hombres que podían querer matarlo.
Le lanzó una moneda a Rook, y después otra.
—La primera, por hablar. La segunda, por olvidar que hemos hablado. Y un consejo gratis: Rowley paga mal y olvida pronto. Si algún día te cansas de él, búscame.
Rook atrapó las dos monedas antes de que tocaran el suelo.
—Lo pensaré, milord.
Rochester volvió al vestíbulo y se plantó delante del banco.
—Con esa capa no se os ve ni la nariz.
El joven se puso en pie y se apartó el embozo.
—¡Lord Rochester!
—¡Julian Vale!
Se abrazaron. Los lacayos se quedaron mirándolos.
—Me dais diez años de vida —dijo Rochester—. Apretad un poco más, que me hacen falta.
—Seguís igual que cuando llegasteis a casa de mi tío Amos huyendo de los acreedores y de la ira del rey.
—Peor. Ahora soy todavía más pobre. —Rochester retrocedió un paso para mirarlo—. ¿Qué hacéis aquí?
—Busco a mi tío Gideon. Los porteros no quieren avisarlo.
—Hace un rato acompañabais a una dama por la calle.
A Julian se le borró la sonrisa.
—¿Sabéis quién era?
—Esperaba que me lo dijerais vos.
—No la conozco. Un hombre la seguía. Le hice frente y lo vencí.
Rochester decidió callarse el nombre de aquel hombre, al menos por el momento. Había más cosas que callaba. Sabía de aquel muchacho cosas que el propio muchacho ignoraba, y el vestíbulo de Danby no era lugar para decírselas.
—Mucho habéis hecho por una desconocida.
—Necesitaba ayuda.
Era una respuesta muy propia de Julian. Rochester miró hacia la escalera.
—Venid. Buscaremos a vuestro tío.
—No nos dejarán subir.
—Caminad como si ya os hubieran dado permiso. Cabeza alta y mirada al frente.
Subió apoyado en su bastón, con Julian detrás. Ningún lacayo se atrevió a detenerlos.
La antecámara brillaba tanto que casi dolía mirarla: alfombras de Oriente, tapices flamencos, mármoles italianos y cuadros atribuidos a los mejores maestros de media Europa.
—Aquí acaba buena parte de los impuestos del reino —murmuró Rochester.
Detuvo a un lacayo que llevaba una fuente vacía.
—Llevad a este caballero con su tío, Gideon Vale, el guardarropa mayor del rey.
El criado, intimidado por su aplomo, le indicó a Julian que lo siguiera. El joven apenas tuvo tiempo de volverse: Rochester ya se había embozado y se dirigía a un mayordomo.
—Anunciad al conde que ha llegado la duquesa viuda de Ravensbourne —dijo con la voz ahogada por la capa.
Mostró la cubierta de la carta sin soltarla. El mayordomo leyó «En propia mano», observó al embozado y decidió llevar el recado. No le correspondía averiguar si las duquesas usaban bastón.
Volvió al poco.
—Seguidme.
Cruzaron varias estancias, cada una más lujosa que la anterior. Al fondo, el mayordomo abrió con una llave pequeña una puerta disimulada tras una mampara.
—Esperad aquí.
Rochester entró en un gabinete pequeño. La puerta se cerró y el bullicio de la casa quedó al otro lado. Se dejó caer en un sillón, estiró las piernas y apoyó la cabeza en el respaldo.
Su primera noche de vuelta en Londres estaba resultando generosa.
Charlotte le había confiado una carta para su padre con la intención de utilizarlo.
No le molestaba; tal vez la cara del conde le contara lo que decía.
Había encontrado a Julian dispuesto a batirse por una mujer de la que ni siquiera sabía el nombre, sin saber que su rival era sir Silas Rowley.
Esa clase de ignorancia podía salirle cara.
Y quedaba la dama tapada. ¿Por qué la seguía Rowley?
¿Por qué había salido por la escalera privada de las damas de la reina?
Pero lo que le quitaba el sueño era otra cosa.
Había vuelto a Londres con un único encargo: hablar con Gideon Vale antes de que el muchacho llegara a la corte.
Julian se le había adelantado. En ese mismo momento estaba con su tío, y Rochester seguía encerrado en un gabinete con una carta ajena en el bolsillo.
Había llegado tarde en su primera noche.
Miró hacia la mampara. Al otro lado podía haber un ojo, o alguien escuchando tras la pared. Se acomodó en el sillón y dejó que su respiración tomara el ritmo lento de un hombre dormido.
Si lo vigilaban, tendrían que esperar tanto como él.