Seis días de lluvia 6
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Lady Charlotte llevaba una carta para su padre y no tenía intención de entregársela. Recorrió las galerías de Whitehall con el paso sereno que se espera de una condesa. Saludó a dos ujieres, aceptó la reverencia de un gentilhombre y aguardó a quedarse sola para permitirse sonreír.

La duquesa se había creído cada palabra del encuentro en los jardines de Windsor. Charlotte acababa de inventárselo.

—Os lo habéis buscado, Silas —murmuró.

Rowley la había amenazado y había humillado a su marido.

Ahora la duquesa pedía a Danby que vigilara a su hombre de confianza.

La acusación no necesitaba ser cierta: bastaba con sembrar la duda.

Su padre sabía ver enemigos incluso donde no los había.

Charlotte lo había aprendido de él, igual que había aprendido que lo que no se sujeta con fuerza acaba perdiéndose.

Había mandado preparar una silla de manos solo para guardar las apariencias. Danby reconocería a su hija bajo cualquier manto y adivinaría de dónde venía el golpe. Si la carta le llegaba por otras manos, en cambio, se tomaría en serio la advertencia.

Necesitaba un mensajero.

Pensó en lady Arabella Fenwick. Detestaba a Rowley y no le faltaba valor para perjudicarlo.

Llamó a una cámara vecina al cuarto de las damas de honor. Le abrió una gobernanta anciana, cubierta de encajes almidonados.

—Haced venir a lady Arabella Fenwick.

—Está indispuesta en sus habitaciones, señora. Un resfriado. No saldrá en toda la noche.

—¿Dónde se aloja?

—Pasada la Gran Galería de Piedra. La puerta veintiuno, la que está pintada de verde. Si vuestra señoría desea compañía…

—Conozco el camino.

Esperó a que la gobernanta se marchara, tomó un candelero de plata y entró por una puerta de servicio.

Un corredor angosto la llevó a la Gran Galería de Piedra.

Al verla pasar, un centinela golpeó el suelo con la alabarda, y ella respondió con una inclinación de cabeza sin aflojar el paso.

Más allá empezaba el Pasadizo Negro. La llama solo alumbraba un círculo de suelo y las puertas más próximas.

Charlotte buscó los números en la pared izquierda.

Diecisiete. Dieciocho. Después, oscuridad.

Del fondo llegaron unos pasos irregulares, como si quien avanzaba apoyara un bastón entre zancada y zancada. Apareció una linterna, y el resplandor le dio de lleno en los ojos.

—¿Quién anda ahí? —preguntó un hombre.

Charlotte se quedó inmóvil. Conocía esa voz. No podía ser él: seguía desterrado.

—¿Rochester?

—¡Lady Charlotte!

John Wilmot sonrió. Tenía treinta y un años, la casaca mal abotonada y la peluca torcida. Unas fiebres recientes lo obligaban a apoyarse en un bastón de ébano.

—¿El rey os ha dejado volver? —preguntó ella.

—Ha decidido que le conviene tenerme cerca. Desde Oxfordshire, mis sátiras viajaban sin pedirle permiso.

Charlotte se alegró de verlo.

—Seguís creyendo que todo se arregla con una insolencia.

—Y vos seguís fingiendo que no os hace gracia.

Rochester bajó un poco la linterna.

—Me he enterado de lo de Norwood. El rey hizo bien en echarlo.

—No hace falta que me recordéis lo que hizo.

—Perdonadme. Me había propuesto esperar al menos un minuto antes de hablar como si algún día pudiera ocupar su lugar.

Charlotte bajó la vista hacia la vela.

—El amor debería tener mandamientos.

—Yo tengo uno: amar a lady Charlotte sobre todas las cosas.

—Os haría falta otro que os prohibiera galantear cuando sabéis que no llegaréis a nada. ¿A quién buscáis a estas horas?

—A Gideon Vale, el guardarropa mayor. Me dicen que vuestro padre lo ha tomado prestado para su cena.

—¿Qué queréis de un sastre?

—Traigo un encargo. —La sonrisa le duró menos que de costumbre—. Y no me preguntéis de quién, porque esta noche he decidido no mentiros.

Así que iba a Duke Street. Charlotte sintió de pronto el peso de la carta bajo el vestido. Rochester y Danby se detestaban. Precisamente por eso, el conde jamás atribuiría aquel mensaje a una maniobra de su hija.

—¿Haríais algo por mí?

—Decidme qué.

Le tendió el pliego. Rochester lo acercó a la linterna y leyó la cubierta:

—«Al muy honorable conde de Danby, lord tesorero de Inglaterra. De la duquesa viuda de Ravensbourne. En propia mano».

La sonrisa se le borró. Examinó el sello de los Ravensbourne y después la miró a ella.

—Sé que mi padre no es santo de vuestra devoción —dijo Charlotte—. Pero vais hacia allí.

—Se la entregaré.

—Podríais preguntarme qué dice. Si os detienen con ella, quizá os comprometa.

—Entonces prefiero no saberlo.

—Gracias, John.

Una luz apareció al fondo del Pasadizo Negro. Se oyeron botas y el entrechocar de las alabardas.

—El relevo de la guardia —susurró Charlotte—. Si nos ven juntos…

Rochester apagó la linterna, sopló la vela de ella, dejó ambas en el suelo y le tomó la mano.

—Por aquí. Hay una escalera de servicio.

Se escondieron en el hueco que quedaba bajo los peldaños, frente a una puerta que Charlotte reconoció: eran las habitaciones de Lucy Ainsworth. Tropezó, y sintió la mano de Rochester en la cintura.

—Soltadme.

Él obedeció enseguida, pero el hueco era tan estrecho que sus mangas siguieron rozándose. Charlotte pensó, sin querer pensarlo, que si alguna vez volvía a tenerlo tan cerca no lo dejaría marchar.

Los soldados entraron en el pasadizo. Uno llevaba una linterna; los demás, las alabardas al hombro. Sonó un golpe metálico.

—Un candelero y una linterna, sargento.

Charlotte contuvo el aliento. La luz recorrió la pared, se acercó al hueco y pasó de largo.

—Dejadlos —ordenó el sargento—. En Whitehall no se pregunta por lo que pasa de noche.

Las botas se alejaron. Charlotte esperó hasta no oír nada más que la respiración de Rochester junto a la suya.

Salieron a tientas. Él encendió la linterna con yesca y eslabón y luego la vela de ella. Guardó la carta bajo la casaca.

—Buenas noches, lady Charlotte.

Él se fue hacia la salida y ella en dirección contraria. Ninguno de los dos miró atrás.

Durante un buen trecho, Charlotte atribuyó el temblor de sus manos al encuentro con los guardias.