Seis días de lluvia 5
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La reina no podía haber salido de aquella habitación.

Eleanor la había visto entrar en el oratorio poco después de despedir a sus damas.

Catalina rezaba siempre a puerta cerrada en aquel pequeño cuarto católico, que media ciudad quería ver clausurado.

Desde entonces, la duquesa no se había movido de la cámara contigua, y la reina no había pasado por delante de ella.

Volvió a registrar el oratorio. Miró detrás de la cortina, entre los bancos, bajo la mesa cubierta de libros de oración. Recorrió otra vez el dormitorio y la recámara.

Nada.

Alguien le había mostrado al rey una puerta secreta. Podía haber otras.

Tomó una vela y se acercó al gran lecho de Catalina.

Le pareció que las cortinas se movían, y se dijo que era el aire de la puerta.

Le vinieron a la memoria los cuentos de los criados: en las noches de enero, el fantasma de Carlos I recorría las galerías camino de la Casa de Banquetes, donde aún lo esperaba el cadalso.

En ese momento, la puerta del oratorio se cerró de golpe.

La vela se le escurrió entre los dedos y se apagó.

Eleanor no se movió. Hacía veintiséis años que no soportaba la oscuridad. La última vez que se le había apagado una vela de aquel modo, estaba en una galería de Francia, en plena tormenta. Lo que ocurrió después no se lo había contado a nadie.

En la oscuridad sonaron unos pasos. Algo tintineó un poco, como una moneda en un bolsillo.

—¿Quién anda ahí?

Quiso llamar a la guardia, pero no le salió la voz. Los pasos se detuvieron muy cerca. Alguien le habló en un susurro deliberadamente desfigurado:

—Si queréis conservar vuestros secretos, duquesa, guardad también los de esta noche.

La presencia se alejó. Chirrió una puerta. Después, silencio.

Vuestros secretos. Eleanor pensó primero en Danby, en las conversaciones que le transmitía y en las monedas que había aceptado por ello. No era eso lo que le había helado la sangre.

Tardó en moverse. Cruzó el dormitorio a tientas, salió a su cámara y agitó la campanilla hasta que entró, alarmada, una joven de vestido elegante.

Era lady Charlotte, condesa de Norwood e hija de Danby.

—Estáis temblando. ¿Qué ha pasado?

—Me quedé dormida junto al fuego. Una pesadilla. Pedid que traigan agua con vinagre.

Charlotte se fijó en el libro caído en el suelo.

—Con esa lectura, no me extraña.

Cuando llegó el agua, la duquesa bebió despacio. Necesitaba pensar. La reina había desaparecido. Una carta anónima había llevado al rey hasta sus habitaciones. Y alguien que conocía sus secretos acababa de amenazarla en la oscuridad.

—La noche parece hecha para las tentaciones —dijo Charlotte, volviendo a mirar el título del libro—. Claro que vos no sabéis de eso. Pasasteis todo un año encerrada para cumplir un voto. Todavía lo cuentan las damas viejas.

Eleanor dejó el vaso.

—Hace mucho de aquello.

—A mí me tienta la venganza.

—¿Contra quién?

—Contra mi marido, para empezar. Ha dado tantos motivos para que lo destierren de la corte que ya ni siquiera puedo defender su nombre.

Dicen que sería capaz de entregarme al duque de Monmouth con tal de recuperar el favor de mi padre.

Al fin y al cabo, él mismo llevó a Monmouth a los brazos de una aventurera.

—¿Quién dice eso?

—Sir Silas Rowley. El hombre en quien mi padre confía más de lo que debería.

Charlotte sacó una carta del corpiño. El autor le reprochaba que hubiera fingido una enfermedad para no recibirlo, que lo ignorara bajo su ventana, que mandara arrojar agua sucia sobre sus músicos y que le diera la espalda delante de las damas.

Aseguraba amarla más que su esposo y le declaraba la guerra.

Su primera represalia sería mantener a lord Norwood lejos de la corte. Habría otras.

—Enseñádsela a vuestro padre —dijo Eleanor.

—No es letra de sir Silas. Lo negará y dirá que alguien quiere enemistarlo con Danby. Mi padre lo necesita, así que fingirá creerle. Y lo más sangrante es que, en realidad, Silas no me ama.

—La carta sostiene lo contrario.

Charlotte se inclinó hacia ella.

—Está enamorado de la reina.

—Medid vuestras palabras.

—Os contaré lo que vi en Windsor hace dos años.

Durante aquella estancia en el castillo, explicó, solía salir a los jardines cuando Catalina se acostaba. Una noche, al volver, oyó voces detrás de unos tejos.

—Había luna. Ella vestía de blanco. Él llevaba una casaca de brocado color ciruela que yo conocía bien. Hablaban de mi padre. La reina decía que Danby decidía los nombramientos, movía los regimientos y gobernaba al rey. Quería apartarlo y pidió ayuda a sir Silas.

—Rowley le debe su puesto al conde.

—Por eso le resultaría tan útil contra él. Conoce todos sus secretos.

—Eso prueba una intriga política. No que esté enamorado.

—Él pidió una recompensa por el riesgo. Y ella respondió: «Esperad, y tendréis lo que tanto ansiáis».

Eleanor guardó silencio. El hombre de confianza de Danby podía estar conspirando con Catalina.

El rey había recibido una carta que burlaba la vigilancia del lord tesorero.

La reina había desaparecido de una habitación cerrada.

No sabía cómo encajaban esas piezas, pero sabía que el conde tenía que conocerlas.

—Os ayudaré con Rowley —dijo—. Haré lo posible para que lo aparten de la corte.

Se sentó ante el escritorio. En cuatro páginas de letra grande contó la llegada del rey por el pasadizo, la ausencia de la reina y lo que Charlotte decía haber visto en Windsor. No afirmó que Rowley estuviera detrás de todo, porque aún no tenía pruebas, pero pidió que lo vigilaran.

De la amenaza en la oscuridad no escribió una sola palabra.

Selló la carta y escribió en la cubierta: Al muy honorable conde de Danby, lord tesorero de Inglaterra. De la duquesa viuda de Ravensbourne. En propia mano.

—Necesito que se la entreguéis vos misma.

Charlotte no hizo ademán de tomarla.

—Ya sabéis que no quiero mezclarme en los asuntos de mi padre. Y esta noche tiene la casa llena de holandeses.

—Entraréis por el postigo de sus habitaciones privadas. Dad tres golpes fuertes y enseñad la cubierta al criado sin soltar la carta; esas últimas palabras bastarán para que os lleve al gabinete. Nadie os pedirá que os descubráis la cara.

Charlotte estudió el sello y acabó por tomar la carta.

—Mandaré preparar una silla de manos.

—Y al salir, pedidle a lady Mary Finch que venga a hacerme compañía.

—No queréis quedaros sola.

—Esta noche, no.

Cuando Charlotte cerró la puerta, a Eleanor le pareció verla sonreír. Lo atribuyó al cansancio.

Mary Finch entró poco después, todavía con la risa de la antecámara en la cara.

—¿Me llamabais, duquesa?

—Encended las velas —dijo Eleanor—. Todas.