4
Lady Eleanor Ashcombe, duquesa viuda de Ravensbourne, había sobrevivido a un marido, a dos reyes, a un lord protector y a incontables cenas en Whitehall.
Aquella noche estuvo a punto de morir de miedo por culpa de un libro.
Estaba leyendo El combate del cristiano contra el príncipe de las tinieblas cuando la pared se abrió.
El libro se le cayó de las manos. Una figura negra salió de la oscuridad, y durante un segundo el demonio que acababa de leer pareció cobrar vida.
Luego vio la cara del intruso.
—No gritéis —dijo Carlos II—. Se supone que nadie sabe que estoy aquí.
Eleanor se llevó una mano al pecho.
—Majestad. Casi acabáis conmigo.
—Sería una manera lamentable de perderos. Cerrad.
Mientras ella obedecía, el rey se acercó a la chimenea.
La cámara olía a cera y a madera caliente.
Los retratos de Van Dyck y de Holbein vigilaban desde el damasco carmesí, y fuera el viento golpeaba los cristales.
Carlos atizó un tronco con la satisfacción de quien, por una vez, hace algo sin consultar a un ministro.
—¿Conocíais ese pasadizo?
—No.
—Yo tampoco. Uno empieza buscando a su esposa y acaba preguntándose quién más puede entrar en su dormitorio mientras duerme.
Eleanor no respondió. Llevaba treinta años cerrando todas las puertas con doble vuelta y nunca le había explicado a nadie por qué.
El rey dejó el atizador.
—También mi padre se creía a salvo en Whitehall.
A pocos pasos de allí, frente a la Casa de Banquetes, habían levantado el cadalso de Carlos I. Dieciocho años de reinado no habían borrado aquella imagen de la memoria de su hijo.
—Sentaos —dijo el rey—. Necesito vuestra ayuda.
Ella tomó asiento a una distancia prudente. Carlos señaló el sillón más cercano.
—El fuego no es de Danby. Podéis compartirlo conmigo.
El nombre del lord tesorero la puso en guardia.
Danby había sido generoso con ella y con su hijo, el joven duque de Ravensbourne.
A cambio, Eleanor le contaba lo que ocurría en los aposentos de Catalina de Braganza.
Estaba convencida de que con ese servicio protegía al rey, a la Iglesia de Inglaterra y al país entero de las intrigas católicas.
—Os he visto dedicar a los asuntos del reino más tiempo que muchos de mis consejeros —dijo Carlos—. Y sé que sois leal a Danby.
—El conde sirve a vuestra majestad.
—Con una entrega que a veces no me deja moverme. Recauda impuestos, negocia con los Comunes, vigila a Francia y decide quién puede acercarse a mi esposa. Es admirable. También empieza a resultar agotador.
Eleanor entrelazó las manos sobre el regazo.
—La puerta de la reina nunca se os ha cerrado.
—Y, sin embargo, Danby conoce nuestras conversaciones.
Catalina me habló de las familias católicas expulsadas de Londres por orden del Consejo.
Estábamos solos. A la mañana siguiente, el conde me repitió sus palabras.
Ahora ella teme que los regimientos enviados a Flandes nos arrastren a otra guerra con Francia, y se niega a recibirme.
El rey volvió los ojos hacia ella.
—¿Cómo sabe Danby lo que hablamos mi mujer y yo?
—Os juro que nunca le he repetido esa conversación.
—No he dicho que lo hicierais.
Eleanor sintió que el calor de la chimenea le quemaba las mejillas.
—¿Qué esperáis de mí, señor?
Carlos sacó un pliego de la casaca. El sello estaba roto y el sobrescrito lo nombraba rey de Inglaterra, Escocia, Francia e Irlanda. Eleanor reparó en la letra: pequeña, cuidadosa, tan regular que parecía trazada con regla, como la de alguien que no quiere que se reconozca la suya.
—Esta tarde recibí a solas al reverendo Elias Harcourt, uno de mis capellanes. Cuando se marchó, encontré esto sobre mi mesa.
Leyó en voz baja. El remitente se declaraba leal, callaba su nombre y le prometía lo que Danby y la duquesa le negaban: hablar con Catalina sin oídos ajenos.
Bajo el almohadón mayor de su cama encontraría una llave de punta cuadrada; en el costado del armario de los mapas, un orificio.
La llave abriría un pasadizo hasta los aposentos de la reina.
—Y aquí estoy —concluyó Carlos.
Eleanor miró la pared. Alguien conocía un camino que ni el rey ni ella sabían que existía.
—¿Estáis seguro de que podéis fiaros de quien la dejó?
—No sé quién fue. Pero el pasadizo existe.
Guardó el pliego, y por un instante la ironía desapareció de su rostro.
—Quiero hablar con mi esposa. Quiero pedirle perdón sin que nadie tome nota para el Consejo. ¿Me haréis el favor de anunciarme?
La duquesa se levantó.
—Por supuesto, majestad.
Entró en la recámara de Catalina y cerró la puerta tras de sí.
El rey se quedó junto al fuego. Miraba la abertura disimulada en el muro y pensaba en el desconocido que había dejado la llave bajo su almohadón.
Al cabo de unos instantes, Eleanor regresó. Estaba pálida.
—Todavía no puedo anunciaros.
—¿Por qué?
—La reina está con lady Arabella Fenwick. En cuanto se quede sola, iré a buscaros por el pasadizo.
Carlos resopló.
—No. Volveré a medianoche.
Cruzó la abertura y cerró la pared tras de sí.
Eleanor esperó a dejar de oír sus pasos. Luego volvió a la recámara.
Le había mentido al rey.
Lady Arabella Fenwick no estaba con Catalina.
Nadie estaba con Catalina, porque Catalina no estaba allí.