Seis días de lluvia 3
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La mano que lo agarró de la capa llevaba cuatro anillos.

Hacía un rato que Julian caminaba por calles convertidas en un laberinto. El agua corría por los surcos, y la vela de una taberna era toda la luz de una manzana entera. Intentaba no pensar en lo que había oído detrás del biombo cuando aquella mano se cerró sobre la tela.

—Dadme el brazo y caminad —susurró una mujer—. Deprisa.

Era alta. Un manto negro le cubría el pelo y casi toda la cara. Julian solo veía una mano pálida y los anillos.

Los reconoció.

—Sois vos.

—No os detengáis.

Ella enlazó su brazo con el de él y lo obligó a avanzar.

—Caminad con naturalidad. Como si fuéramos juntos.

—¿Juntos cómo?

—Como dos enamorados. Ahora mismo parece que os llevo al patíbulo.

Julian acompasó el paso al de ella.

—Llevo menos de una hora en la corte. Me he peleado por mi caballo, he conocido a un duque, me he perdido en los aposentos de la reina y ahora finjo ser vuestro amante. Me cuesta llevar la cuenta.

Bajo el manto, ella soltó una risa breve que se apagó enseguida.

—Nos siguen. No miréis atrás.

—Podemos correr.

—Todavía no está seguro de que sea yo. Si corremos, lo sabrá.

—¿Quién es?

—Alguien de quien prefiero mantenerme lejos.

—¿Vuestro marido?

—No tengo marido.

—¿Vuestro padre?

—Mi padre sirve al rey lejos de Inglaterra.

—¿Un amante?

—Tampoco. Y dejad de interrogarme.

—Como deseéis.

—Pero no os calléis. Dos enamorados que caminan en silencio bajo este aguacero llamarían la atención.

—Entonces decidme vuestro nombre.

—Elegid otro asunto.

Julian eligió el único que le importaba.

—Allí arriba alguien preguntó: «¿Y si muere?». ¿Quién va a morir?

La mano se tensó sobre su brazo.

—Nadie, si olvidáis lo que oísteis.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vais a recibir. —Ella cambió de tono—. ¿Qué os ha traído a Londres, Julian Vale?

—¿Cómo sabéis mi nombre?

—En Whitehall, las noticias corren más que los caballos. Aunque dicen que el vuestro no corre mucho.

Julian estuvo a punto de reírse.

—Traigo una carta de mi tío Amos para mi tío Gideon. Y la esperanza de servir bajo las banderas del rey.

—Podríais pedir un cargo en palacio.

—Prefiero una espada. Estudié teología en Oxford, pero la vocación no apareció por muchos sermones que escuché.

—¿De dónde sois?

—De Witney, en Oxfordshire.

Los pasos se acercaban. Julian los contó entre el estrépito de la lluvia. Era un solo hombre.

Llegaron bajo un alero. Ella se detuvo un instante para mirar por encima del hombro, y Julian, con la audacia de sus veinticinco años, se inclinó hacia su rostro para besarla.

Ella se apartó de golpe.

—No volváis a hacer eso.

Al retirarse, uno de sus brazaletes se abrió. Julian lo atrapó antes de que cayera al barro.

—Perdonadme.

Ella no contestó. Señaló con la barbilla un portal al otro lado de la calle.

—Ahí está. Desde aquí seguiré sola. Entretenedlo unos minutos y después marchaos. Procurad no herirlo.

Julian levantó el brazalete.

—Tendré que devolvéroslo.

—Quedaos con él. Y olvidad lo que ocurrió en palacio.

—¿Era la reina quien hablaba?

Ella vaciló.

—Sí. La reina Catalina. Y si ese hombre me alcanza, también Su Majestad puede verse comprometida.

Se alejó antes de que él pudiera preguntarle nada más. La figura del portal salió tras ella.

Julian se plantó en medio de la calle y desenvainó la espada y la daga.

—Por aquí no pasaréis.

El embozado no respondió. Sacó sus dos armas y atacó.

El primer golpe hizo retroceder a Julian medio paso; el segundo le pasó tan cerca de la cara que sintió el aire de la hoja. Después encontró la distancia. Su adversario sabía esgrimir, pero cargaba cada ataque con demasiada fuerza.

Julian le golpeó el ala del sombrero con el plano de la espada.

—Podría haberos abierto en dos. Marchaos.

La respuesta fue una estocada. Julian la desvió y entró en su guardia. Acero contra acero. Las botas resbalaban sobre los adoquines mojados. Detrás de su rival, la mujer ya se había perdido en la oscuridad.

—Os sobra fuerza —dijo Julian, buscando aire—. Y os falta calle.

El embozado volvió a arremeter, y Julian vio la abertura que esperaba.

El reverendo Amos le había enseñado aquel lance en un patio de Witney, entre lección y lección de latín.

Le corregía la muñeca una y otra vez, hasta que el movimiento le salía sin pensar.

Julian atrapó la daga del adversario con los gavilanes de la espada, la empujó contra la otra hoja y torció.

Los tres aceros quedaron trabados junto al muslo del hombre.

La daga de Julian seguía libre, apuntándole al vientre.

—Envainad. Y volved por donde habéis venido.

El embozado obedeció. Julian liberó las hojas, retrocedió sin darle la espalda y guardó sus armas. Solo entonces tomó la calle por la que había huido la dama.

Al doblar la esquina, se palpó la casaca. El brazalete seguía allí.

No oyó el silbido a su espalda. Tampoco los pasos que, un momento después, empezaron a seguir los suyos.