2
Whitehall tenía más de mil habitaciones, y Julian tardó menos de diez minutos en perderse.
Había entrado en palacio con paso firme, con la vista puesta en la Casa de Banquetes, blanca entre los edificios oscuros.
La seguridad le duró un vestíbulo, una galería y un patio interior.
Allí se encontró con cuatro corredores, dos escaleras y ninguna indicación.
Detuvo a un lacayo.
—Busco al guardarropa mayor.
El hombre miró de arriba abajo su capa embarrada.
—Mañana a las ocho saldrá por Scotland Yard camino de Saint Martin-in-the-Fields. Esperadlo allí.
—Quiero verlo hoy.
—Pues en sus habitaciones no recibe a ningún hombre. Desde que la hija cumplió catorce años, cierra con doble vuelta. Y desde que volvió a casarse, con triple.
—Entonces iré al guardarropa.
—Allí tampoco recibe a nadie.
—A su sobrino, sí.
El lacayo se irguió.
—¿Sois sobrino del señor Gideon Vale?
—Julian Vale.
—Seguidme, entonces.
Subieron escaleras estrechas, cruzaron salas enormes y dejaron atrás dos puestos de guardia. Al final de un corredor, el lacayo se detuvo.
—Desde aquí es fácil. Seguid el olor.
Se marchó antes de que Julian pudiera preguntarle qué quería decir. Unos pasos más allá lo entendió: cedro, cera, cuero, lavanda y lana caliente.
El rastro lo llevó hasta el guardarropa del rey.
Una docena de hombres trabajaba entre telas y braseros.
Los sastres cortaban paños, los aprendices cargaban piezas de terciopelo y los bordadores cosían hilo de oro a una velocidad que mareaba.
Sobre una mesa brillaba una hebilla; al fondo, alguien planchaba encajes.
Allí se fabricaba, día tras día, la apariencia del monarca.
Julian detuvo a un oficial que cargaba un fardo casi tan grande como él.
—Busco al señor Gideon Vale. Decidle que su sobrino le trae una carta del reverendo Amos Vale.
El oficial dejó caer el fardo sobre una mesa.
—No está. Lord Danby lo ha reclamado para esta noche. A su ayuda de cámara se le ha roto un brazo y el conde tiene invitados.
Julian miró el barro que goteaba de sus botas.
—¿Dónde vive Danby?
—En Duke Street. Cualquier muchacho de la calle os llevará.
Le dio las gracias y salió. Tomó el corredor por el que creía haber llegado y, al cabo de un rato, comprendió que no era el mismo. Ahora pisaba alfombras en lugar de losas, y las paredes estaban cubiertas de tapices. El pasadizo era tan silencioso que se oía la lluvia contra los cristales.
Iba a volver sobre sus pasos cuando oyó a una mujer al otro lado de un biombo.
—Mil quinientas guineas. Tiene que ser esta noche; mañana será tarde.
Otra mujer contestó tan bajo que solo le llegó el final:
—¿… y si muere?
Hubo un silencio largo.
—Entonces que Dios me perdone.
Julian se quedó inmóvil. Después retrocedió con cuidado de no hacer ruido. La primera puerta estaba cerrada. La segunda, también. Alargaba la mano hacia una tercera cuando esta se abrió desde dentro.
Una dama apareció en el umbral. Llevaba anillos en casi todos los dedos. Al verlo, ahogó un grito y miró hacia el biombo.
—¿Cómo habéis entrado aquí?
—Por error. Buscaba a mi tío, Gideon Vale, y me he perdido al salir del guardarropa.
—Habéis atravesado la galería privada. Estos son los aposentos de la reina. —Respiró hondo—. ¿Qué habéis oído?
—Nada que pueda repetir, señora.
—Más os vale.
Sacó una llave dorada y abrió una puerta lateral.
—Venid. Y sin hacer ruido.
Cruzaron una galería a oscuras. A mitad de camino, en algún punto de la oscuridad, sonó un tintineo leve, metálico. La dama se detuvo en seco y escuchó. No volvió a oírse nada. Lo agarró de la manga con más fuerza y siguió adelante.
Bajaron por una escalera de servicio. Julian apenas distinguía los peldaños; se guiaba por el roce de la seda contra la pared y por la respiración agitada de su guía. Abajo, ella abrió otra puerta.
—Salid al patio. Y no volváis por aquí.
—Ni siquiera sé vuestro nombre.
—Y así seguirá siendo.
La puerta se cerró entre los dos.
Julian avanzó a tientas hasta dar con una franja de luz y salió al Patio de los Guijarros. Al pie de la escalera de la reina aguardaba un hombre envuelto en una capa. Julian pasó por su lado sin prestarle atención.
Si se hubiera vuelto, habría visto que aquel hombre no lo miraba a él. Miraba la puerta por la que él acababa de salir.