Seis días de lluvia 1
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10 de noviembre de 1678

El caballo que trajo a Londres el secreto mejor guardado de la corte no valía nada.

Se llamaba Bramble. Era gris, viejo, poco más que huesos bajo una piel deslucida, y entró en la ciudad embarrado, con la cabeza gacha bajo el aguacero.

Su jinete no presentaba mejor aspecto: capa oscura, sombrero hundido hasta las cejas, el cuerpo inclinado contra la lluvia.

Bajo la casaca, pegada al pecho para protegerla del agua, llevaba una carta lacrada que había jurado no abrir.

Por un momento, el viento rasgó las nubes. Con la última luz aparecieron los campanarios, la mole de la abadía de Westminster y los andamios de la nueva catedral de San Pablo. Doce años después del Gran Incendio, Londres seguía levantándose sobre sus cicatrices.

En Piccadilly, Bramble alzó la cabeza al oler otros caballos. Frente al puesto de la Guardia de Caballería volvió a bajarla.

—Alto. Sin licencia no se pasa —dijo un centinela de casaca escarlata.

El jinete miró hacia los tejados del palacio de Whitehall.

—Mi tío vive ahí. Necesito verlo.

—Pues buscad otra entrada.

El joven desmontó con las piernas entumecidas.

—¿Puedo al menos atar el caballo a esa verja?

—Atadlo donde queráis. Yo no pienso vigilarlo.

—Tampoco hace falta —dijo alguien a su espalda—. Ese montón de huesos no llegaría ni a Charing Cross.

Un mozo de cuadras con librea azul examinaba a Bramble con una sonrisa burlona.

—Decid una palabra más sobre él —respondió el forastero— y os daré un motivo para correr.

—¿Con esas botas? No me alcanzaríais en cien años.

El joven dio un paso al frente. El mozo retrocedió y chocó con dos caballeros que salían del puesto de guardia. El primero lo apartó de un empujón y recorrió con la mirada al criado, al jinete y al caballo.

—¿Qué ocurre aquí?

—Me ha amenazado, señor. Por una broma.

—Podéis reíros del caballo —dijo el joven—. Es viejo y no os guardará rencor. Yo sí.

El caballero arqueó una ceja.

—Y yo podría ofenderme de que habléis en mi presencia con el sombrero puesto. A menos que seáis alguien de mucha importancia.

—Estáis ante el duque de Monmouth —aclaró su acompañante.

El hijo del rey.

El forastero se descubrió al instante. Bajo el ala apareció un rostro joven, de facciones francas, con el pelo rubio pegado a la frente por la lluvia.

—Os pido perdón, vuestra gracia. Es la primera vez que vengo a la corte.

—Ya lo había deducido. —Monmouth señaló a Bramble—. Y vuestro caballo me lo confirma.

—Mi padre lo montó durante años. Ha sobrevivido a más que cualquier caballo de aspecto respetable.

—¿Quién era vuestro padre?

—Nathaniel Vale, capitán del regimiento de Tánger. Soy su hijo, Julian.

Monmouth se volvió hacia su acompañante.

—Vale. ¿Os suena?

—Gideon Vale es el guardarropa mayor de Su Majestad.

—Y mi tío —dijo Julian.

—Entonces entrad por la Puerta de la Corte, muchacho. Y cubríos antes de que este viento acabe con vos. —Monmouth se dirigió al mozo—. Llevad a Bramble a las cuadras. Dadle agua, pienso y un sitio seco.

El criado inclinó la cabeza. Julian le entregó las riendas, aunque tardó en soltarlas.

—Si cuando vuelva tiene una sola herida nueva, vendré a buscaros.

—Lo trataré bien, señor.

Julian siguió a Bramble con la mirada hasta que el caballo desapareció tras la puerta de las cuadras. Luego se caló el sombrero, se tocó el pecho para comprobar que la carta seguía allí y echó a andar hacia Whitehall.

Monmouth ya se dirigía a su montura cuando advirtió que su acompañante no se había movido. Seguía mirando la espalda del muchacho.

—¿Qué os pasa?

—Esa cara.

—¿Qué tiene?

—Juraría que la he visto antes. —El caballero tardó en apartar la vista—. Hace muchos años.