Seis días de lluvia prólogo
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Seis días de lluvia

Seis días de lluvia

Por Eugenio Paya

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prólogo

Había mandado poner la mesa para dos, aunque en ella habrían podido cenar veinte personas.

Había pasteles de caza, capones, un salmón entero y confituras en fuentes de plata.

Nadie había probado nada. Las velas de la araña llevaban horas ardiendo y la cera goteaba ya sobre el mantel, pero ella no llamó a ningún criado.

No quedaba ninguno en la casa. Así lo había dispuesto.

Fuera, la lluvia golpeaba los cristales.

Llevaba un vestido blanco bordado en oro y flores en el pelo. Se había vestido como una mujer se viste para la noche más importante de su vida. En cierto modo, lo era.

En el centro de la mesa, sobre un cojín de terciopelo, esperaba una caja de falso nácar atada con una cinta roja y negra.

Deshizo el lazo con unos dedos que no terminaban de obedecerle. Dentro, envueltos en papel de seda, había un par de guantes de cabritilla blanca perfumados con ámbar, con los puños bordados en plata. Eran preciosos. El hombre que los había preparado había llorado mientras lo hacía.

No tocó el izquierdo.

Sacó el derecho con dos dedos, como quien sostiene algo que está vivo. Lo envolvió en un pañuelo y lo guardó en el corpiño. Después cerró la caja y volvió a anudar la cinta con tanto cuidado que nadie habría notado que la habían abierto.

Se sentó a esperar.

Pensó en lo que diría cuando él apartara el tapiz. Lo había ensayado tantas veces que ya no sabía qué palabras eran verdad. Pensó también en la otra posibilidad, la que no se había atrevido a ensayar.

Le ardía la piel.

Abajo, en el zaguán a oscuras, giró una llave.

Sabía quién iba a subir la escalera. Lo que no sabía era quién iba a ponerse aquel guante.