Segundas intenciones CAPÍTULO DOCE. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO DOCE. SEPTIEMBRE DE 2006.

DOMINGO

Las carcajadas de una pandilla de chicas que volvían de juerga despertaron a Inmaculada de madrugada.

La calle era tan estrecha que las oía como si charlaran dentro de su dormitorio.

Una de ellas no se reía, sino que se lamentaba de que Pablo había pasado toda la noche con la mema de Teté.

Le entraron ganas de asomarse al balcón y gritarle que se olvidara de él.

Se despertó de nuevo con los maullidos de un gato que recordaban de forma inquietante al llanto lastimero de un bebé. A las cinco de la mañana, desesperada por el insomnio, se levantó para prepararse una infusión y, cuando parecía que volvía a coger el sueño, sonó el despertador.

Encendió la cafetera y mientras se duchaba recordó haber soñado algo absurdo parecido a una antigua película que había tenido la mala fortuna de ver varias veces de estudiante, en sus viajes al norte en autobús.

Salían unos chinos que luchaban y volaban, con unos sombreros que parecían cestos aplastados. No consiguió recordar el título.

Se vistió con su traje más formal, tomó un par de sorbos de café y salió hacia el juzgado.

El fiscal ya había llegado. Ella mató el tiempo y la impaciencia explicándole  la trampa instalada por el hijo de Ramírez para descubrir al autor de los anónimos y él la escuchó impertérrito.

Ramírez iba de acá para allá, entrando y saliendo del despacho, sin explicar qué era lo que buscaba. Todos esperaban al señor Wo.

Julián entró sofocado tras el testigo, parecía que hubiera subido corriendo las escaleras.

El señor Wo era un hombre de unos cuarenta años, elegantemente vestido con un traje a medida y modales exquisitos.

Desde el primer momento demostró por la jueza un respeto casi reverencial que, lejos de resultar servil, invitaba a tratarle de la misma manera, imponiendo con sutileza un tono rigurosamente formal y distante a su declaración.

Inmaculada comenzó preguntándole si era necesaria la intervención de un intérprete, pero él respondió en un español perfecto cuya única peculiaridad era una entonación un poco extraña, como si no acertara siempre con los acentos.

Le informó de su condición de testigo y le preguntó directamente por la transferencia realizada a favor de Carolina Muñoz, al tiempo que le mostraba la copia del resguardo.

Wo sacó unas pequeñas gafas de lectura del bolsillo superior de su chaqueta y lo leyó con atención.

—Efectivamente, señoría, este documento es correcto —respondió como si tuviera que dar su aprobación—. La transferencia se hizo desde un banco de Nueva York, todo está en regla.

—Bien. ¿Puede explicar por qué transfirió esa cantidad a la señora Muñoz?, ¿tenía usted alguna relación comercial con ella?

—No. De ninguna manera, no tengo el gusto de conocer a esa dama. Mi relación comercial era con don Álvaro. Él me pidió que mandara el dinero a esa cuenta.

—¿Sería tan amable de explicarnos en qué concepto hizo esa transferencia?

—Sí, señoría. Es el pago por la compraventa de cuatro mil cuatrocientas diez acciones de su empresa.

—¿Álvaro le vendió a usted esas acciones y usted le pagó enviando el dinero a Carolina Muñoz?

—Bueno, no las compré yo en persona, sino una de las sociedades de mi grupo. Y sí, él me pidió que el pago se hiciera de esa manera.

—¿Cuándo firmaron ustedes el contrato?

—El domingo anterior a su fallecimiento.

Inmaculada se quedó reflexionando unos instantes. Intentó calcular si ese número de acciones era la parte que le quedaba a Álvaro restando el cincuenta y uno por ciento que había cedido a Mariola, pero se hizo un lío.

—¿Sabe usted qué porcentaje representan esas acciones en el capital social?

—Sí, son casi un treinta y siete por ciento. Don Álvaro seguía siendo el socio mayoritario, se quedaba con algo más de un treinta y ocho y el tercer socio, solo con un veinticinco.

—¿Le habló Álvaro de la existencia de ese tercer socio?

—Sí, aunque, en realidad, ya me había hablado anteriormente doña Cayetana.

Yo había pedido garantías. Quería asegurarme de que fueran capaces de cumplir con los pedidos en los plazos acordados, ya que me enteré de que su situación económica era delicada, y ella me habló de una inyección de capital de un nuevo socio.

Yo lo corroboré con don Álvaro, naturalmente.

—¿Lo corroboró en el mismo momento que formalizaron la venta o fue antes?

—Fue antes, tuvimos un par de conversaciones previas.

—¿Estuvo presente Cayetana en las conversaciones previas?

—En esas, en concreto, no. Don Álvaro me explicó con detalle la situación económica de la sociedad. Al final, creo que llegamos a un acuerdo beneficioso para las dos partes porque de esta manera él aseguraba su posición como proveedor y nosotros adquiríamos la condición de clientes preferentes.

Después de todo lo que había leído en el correo de Álvaro sobre las negociaciones, Inmaculada rechazó la idea de que hubiera sido todo tan fácil.

—¿Diría usted que Álvaro no tenía otra salida más que vender si quería asegurar sus relaciones comerciales?

—No sé qué insinúa señoría, pero no me gusta —contestó Wo en tono grave y con una perfecta entonación—. Don Álvaro vendió porque le convenía y eligió libremente hacerlo.

—Se lo preguntaré de otra manera: ¿si Álvaro no hubiera vendido sus acciones, su contrato habría seguido en pie?

—A eso no le puedo responder, señoría. Me pide usted que especule con lo que habría sucedido si las cosas hubieran pasado de otro modo, ¿quién lo sabe?

—Pero usted ya había negociado rebajas con Cayetana a espaldas de Álvaro.

—Don Álvaro siempre reconoció a doña Cayetana como interlocutora válida —contestó visiblemente molesto—. En algunas ocasiones traté con él y en otras, con su gerente.

—Una última cuestión. En su opinión, ¿cómo ha afectado el fallecimiento de Álvaro a sus relaciones comerciales?

—En varias ocasiones he expresado mis condolencias por el fallecimiento de don Álvaro, lo lamento de veras, pero no podemos permitirnos que afecte a nuestros negocios. La verdad es triste, pero ninguno de nosotros somos imprescindibles —concluyó en tono filosófico.

Wo se marchó con la misma cortesía con la que había llegado, tras estrechar protocolariamente la mano a todos los presentes en la sala, excepto a Inmaculada, a quien hizo un elegante ademán de besársela.

—Este tío es un zorro —dijo el fiscal en cuanto se cerró la puerta—. Caló perfectamente las tensiones entre Álvaro y Cayetana, y ha sabido sacarles provecho.

—Pero entonces, ¿don Álvaro lo sabía todo? —preguntó Ramírez.

—Parece que sí —contestó ella— no tiene ningún sentido.

Vamos a ver —dijo, cogiendo un folio en blanco en el que empezó a escribir mientras hablaba—.

En el mes de julio pide un préstamo, lo invierte en maquinaria para poder responder al contrato de Wo y se endeuda por encima de sus posibilidades.

La negociación con Wo se retrasa y empiezan a comerle los intereses.

Cayetana negocia rebajas por su cuenta, suponemos que para salvar la empresa, y, en secreto, permite que Fran entre como socio porque necesitan el dinero.

Wo se lo cuenta a Álvaro, que reacciona vendiéndole su parte, mandándole el dinero a su cuñada  y cediéndole el resto a Mariola.

—Cuando murió, la fábrica ya no era suya —resumió Julián.

—Estoy segura de que Wo tuvo que presionar a Álvaro para que vendiera, ¿cómo se iba a desprender así, sin más, del proyecto de su vida?

—Si estaba al borde de la quiebra… —sugirió Ramirez.

—No solo eso. Alvaro sí se había enterado de que tenían a Fran dentro —dijo el fiscal—.

Aunque estuviera en minoría, podía hacerle la vida imposible.

Un mal socio puede arruinar una sociedad hasta con un uno por ciento.

Igual, entre una cosa y otra, decidió quitarse de en medio.

La verdad es que menudo panorama queda en la empresa: Mariola, Fran y Wo con Cayetana al frente.

—Creo que has dicho las palabras exactas —dijo Inmaculada—: se quitó de en medio.

Todos la miraron sorprendidos.

—Según César —siguió ella— la explicación que dio Álvaro cuando cedió las acciones a Mariola fue que estaba cansado de pelear.

César comentó que no sabía si se refería a pelear para sacar adelante la empresa.

Pensadlo un momento: la falta de liquidez, las traiciones de Cayetana, la presión de Wo, la entrada de Fran, la lucha con Mariola...

Y en esas circunstancias visita a Gonzalo, que se está muriendo en un hospital en la otra parte del mundo, y le manda prácticamente todo el dinero que le queda.

No sabéis con qué emoción me contó su cuñada el reencuentro entre los dos.

—Lo primero que hizo al volver de Nueva York fue contratar el seguro —dijo el fiscal— y todo lo demás… Creo que tienes razón: no son acciones inconexas, tienen sentido si formaban parte de un plan para quitarse la vida.

—Además, ¿por qué, si no, iba a mantener en secreto su visita a Gonzalo? Lo lógico es que se lo hubiera contado a Ana, por lo menos.

—Y ella dijo que había perdido las pastillas y tuvo que comprar otras —dijo Julián—. Es posible que Álvaro las cogiera sin que ella se diera cuenta.

—Precisamente por el seguro no podía parecer un suicidio, porque la compañía no pagaría —siguió razonando Inmaculada—.

Y no tenía ninguna necesidad de cambiar el testamento, le dejaba a Ana el dinero del seguro y a Mariola las deudas.

Pero elegir una forma tan terrible… —no terminó la frase.

Recordó de nuevo que el hombre había acelerado justo antes de precipitarse por el barranco y se le hizo un nudo en la garganta.

En realidad, ese detalle había anidado en su cabeza desde el principio y, aunque a ratos lo silenciaba, nunca conseguía borrarlo del todo.

Luego añadió muy bajo, como si hablara solo para ella misma—: supongo que quiso asegurarse de no poder echarse atrás.

Se quedaron en silencio. Una sensación sombría inundó el despacho.