Segundas intenciones CAPÍTULO ONCE. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
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CAPÍTULO ONCE. SEPTIEMBRE DE 2006. #3

Antes de recibir a Cayetana, llamó al fiscal y le puso al corriente de las novedades.

Inmaculada comenzó la conversación con Cayetana pidiéndole que le explicara por qué Wo había pagado a Álvaro más de quinientos mil euros, si eso formaba parte del contrato y si era normal que el dinero lo recibiera Álvaro, a través de su cuñada, en lugar de recibirlo la empresa.

Cayetana se quedó atónita. Miró varias veces la copia de la transferencia negando con la cabeza, como si no acabara de creerse lo escrito en el papel o temiera estar aturdida hasta el punto de no comprenderlo.

Después de un buen rato dijo:

—No tengo explicación, señoría. No sé qué es esto, Wo no tenía que hacer ningún pago a Álvaro. La verdad es que estoy desconcertada.

—¿Pudieron acordar ellos un pago a cuenta o algo así?

—Ya había pagado la cantidad acordada como anticipo. No sé por qué le dio este dinero a Álvaro, y mucho menos a su cuñada.

Inmaculada le pidió el teléfono y la dirección de Wo y Cayetana, consultando su agenda electrónica, lo escribió pulcramente en un papel. Luego se marchó con expresión huraña.

Ramírez se encargó de las gestiones para localizar y hablar personalmente con Wo y comunicarle que debía presentarse al día siguiente en el juzgado a primera hora de la mañana.

Antes de marcharse, Inmaculada pensó que era extraño que Julián no hubiera dado señales de vida. Se acercó con cautela a su despacho, pero la puerta estaba cerrada y por la rendija se veía la luz apagada.

*******

César volvió a casa de Julián sobre las nueve y se lo encontró carcomido por la impaciencia. La jueza le había llamado hacía más de dos horas. Debía ir al juzgado a enterarse de qué estaba pasando o, por lo menos, devolverle la llamada.

El abogado se sentó en un sillón, parecía exhausto, mientras Julián iba y venía por el salón intentando aplacar los nervios.

—Estoy completamente seguro de que David no ha tenido nada que ver —dijo César en tono convincente—. Le he hecho explicarme palabra por palabra todo lo que sucedió con ese correo. Él no sabía nada. Es mi hijo, sé cuándo miente y en esto dice la verdad.

Julián lo escuchaba en silencio deseando que fuera al grano.

—Dice que la conversación con Cayetana en la iglesia lo dejó descolocado porque no sabía nada de ninguna amenaza de Mariola a Álvaro.

Después del entierro le preguntó a Mariola, que juró no saber absolutamente nada de ese correo.

Para asegurarse, le obligó a abrirlo delante de él y no había ningún mensaje amenazador.

—Eso es mentira —interrumpió Julián tajante—. Ese mensaje existe y estaba en la bandeja de mensajes enviados de Mariola.

—Sí, yo también lo he pensado —dijo César, haciéndole un gesto con la mano para que le dejara continuar—.

Me parecía imposible que la jueza se inventara algo así, pero creo que Mariola decía la verdad al afirmar que no se acordaba de que tenía esa dirección.

Probablemente, la bandeja de mensajes enviados que vio David fue la de su dirección habitual, entonces no tenían por qué saber que se mandó desde la otra.

Julián lo pensó un instante y le pareció coherente.

—Él mismo me ha reconocido que el hecho de que el mensaje no estuviera no probaba nada.

Mariola lo podía haber borrado. La cree muy capaz de amenazar a Álvaro en un arrebato, pero está completamente seguro de que ella no tuvo nada que ver con el homicidio.

Dice que pasaron juntos todo el domingo y que después de la cena también fue a su casa y se quedó a dormir.

Ya te puedes imaginar a qué dedicaron la mayor parte del tiempo.

Piénsalo bien: nadie pasa un fin de semana erótico–festivo, a la hora de la cena mata a su exmarido y luego vuelve a los brazos de su amante, como si tal cosa.

Mariola es insufrible, pero no es una viuda negra.

Julián estaba cada vez más convencido con los argumentos del abogado, que continuaba hablando:

—Además, ella ha sido la primera sorprendida al enterarse de que Álvaro no cambió el testamento.

Y eso no me lo ha dicho David, lo he visto yo con mis propios ojos.

¿Para qué lo iba a matar? Ya tenía la fábrica, que es lo que quería.

¿Por venganza? ¿Complicarse así la vida estando totalmente encandilada con David?

Ella que jamás, en toda su vida, ha movido un dedo, que siempre le han sacado las castañas del fuego, ¿de verdad la ves capaz de elaborar un plan como este y llevarlo a cabo?

—¿Y entonces quién escribió la amenaza?

—No lo sé, no te voy a mentir.

—¿Y por qué la borró Cayetana?

—Tampoco lo sé. Me figuro que quiso eliminar del correo de Álvaro cualquier indicio de sus tejemanejes y se encontró con eso.

David me ha confesado que la teme. Está rabiosa como un animal herido.

No solo por despecho, también por todo lo que se ha ido sabiendo a raíz de la investigación.

Él ha intentado seguirle un poco la corriente para aplacarla, por eso le salvó la cara con lo de la hipoteca.

Mira, estoy seguro de que vais a rastrear desde qué ordenador se escribió, ¿no es cierto?

No hace falta que me respondas. Solo te pido que retengas esa transcripción hasta que sepamos quién es el autor de la amenaza y, luego, que todo salga a la luz.

Salvo que pienses que David ha conspirado con Mariola para matar a Álvaro… .

Esta vez fue Julián quien miró a los ojos a César, y le vio más anciano y vulnerable que nunca. Sin pronunciar una palabra, asintió.

Cuando César se marchó, Julián se acercó al juzgado. Desde la plaza solo se veía luz en las ventanas de la primera planta.

El hijo de Ramírez lo saludó mientras atendía el teléfono y en cuanto colgó le puso al corriente de todas las novedades.

Julián lo escuchó con atención y respiró al no oír nada relativo a la pelea en la puerta de la iglesia.

Quizá lo escuchara con demasiada atención, porque el chaval empezó una larga y complicada explicación sobre la instalación del virus espía, la fragmentación y desfragmentación de los mensajes, el riesgo de que se perdieran otros mensajes que llegaran al correo de la jueza y las probabilidades de atrapar al remitente de los anónimos.

Julián no comprendía nada de las explicaciones técnicas y tenía ganas de marcharse, así que hizo amago de dirigirse hacia la escalera y se limitó a decirle:

—¿Tú crees?

—Si manda otro correo, está perdido. Bueno, no es seguro cien por cien, pero lo más probable es que lo pillemos. A ver, que esto es muy básico, no estamos hablando del Subrepticious ese, que se cuela donde le da la gana. Ese si que es una pasada.

—Ya.

—Pero calla, si me contó mi padre que tu amiga inspectora de Oxford está en el equipo que lo persigue.

¡Ya me gustaría a mí estar ahí! ¡Qué guapo!

Un tío capaz de meterse en los ordenadores de los bancos y de Hacienda puede hacer lo que le dé la gana.

En realidad, es mazo de suerte que se dedique a ayudar a la gente, porque si le diera por el lado del mal...

Julián sintió un fuerte pinchazo de acidez en el estómago y lo dejó hablando. Subió un momento a su despacho para disimular su presencia en el juzgado a esas horas y volvió a bajar con la primera carpeta que encontró a mano. Se despidió del chico con un gesto desde las escaleras y se marchó.