Segundas intenciones CAPÍTULO ONCE. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
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CAPÍTULO ONCE. SEPTIEMBRE DE 2006. #2

En ese punto David parecía desconcertado y ella le pedía que no se hiciera el tonto. ¿O acaso no sabía que su querida Mariola había amenazado de muerte a Álvaro?

Terminaba diciéndole que no sabía con quién se la estaba jugando. David respondía, visiblemente enfadado, «tú estás loca» y, acto seguido, dejaba de prestar atención a Cayetana para responder al saludo de alguien que se encontraba entre la multitud.

Julián sentía tanto malestar que empezó a notar pinchazos en la boca del estómago. Tomó un sorbo de licor, aunque sabía que solo lo empeoraría, y cogió el móvil. Lo había pensado concienzudamente mientras conducía y lo tenía decidido. Mejor no darle más vueltas.

Llamó a César, le aseguró que tenía algo importante que contarle y acordaron verse en casa del secretario.

—Verás —comenzó Julián, cauteloso, con cierto nerviosismo.

Estaban sentados en la mesa del comedor y el abogado escuchaba con atención, expectante, mientras hacía girar el hielo de la copa que Julián le había servido—.

Estoy seguro de que David no tiene nada que ver con este asunto.

Pero hay algo muy preocupante —dijo, mientras ponía en marcha la imagen de la puerta de la iglesia en el portátil colocado encima de la mesa.

Julián indicó a César la parte de la pantalla en la que, casi escondida, se veía la discusión de Cayetana y David.

César observó la escena concentrado, aunque algo confuso al no poder captar el sonido, y le miró interrogante para que se explicara. Julián le tendió el folio con la transcripción y el abogado lo fue leyendo con expresión grave.

Al terminar levantó la vista del papel y, mirándole a los ojos fijamente, le dijo:

—Te juro que yo no sabía nada de esto y que David no ha tenido nada que ver en la muerte de Álvaro. Que me muera aquí mismo si miento.

—Lo sé —contestó Julián— si no, no estaría hablando contigo. Pero entiende que, como prueba, este vídeo es demoledor. De momento, no lo sabe nadie más que yo. En el juzgado conocen las imágenes, no la transcripción, aunque se les puede ocurrir encargarla en cualquier momento. Es cuestión de tiempo.

César reflexionó unos momentos y luego dijo:

—Dame esta tarde. Déjame hablar con David y te prometo que, si descubro que tiene la más mínima culpa, yo mismo voy a la jueza a contarle todo. Me conoces, Julián, sabes que nunca te comprometería.

—De acuerdo, pero vuelve aquí antes de las diez. Pueden llamarme en cualquier momento.

Julián le acompañó hasta la puerta y antes de marcharse César le estrechó la mano con especial ceremonia mirándole nuevamente a los ojos y sellando así su pacto.

Cerró la puerta, llevó las copas a la cocina, las fregó y las dejó boca abajo sobre el escurridor sin apenas darse cuenta de lo que hacía. Luego se dejó caer en el sillón. Encendió la televisión con el mando y, tras hacer zapping unos minutos, volvió a apagarla.

Cogió el portátil de la mesa del comedor y se puso a leer la prensa para matar el tiempo.

En los diarios españoles no pasó de los titulares, pero en uno londinense sí encontró algo que atrapó su atención: Subrepticious había publicado en las redes los nombres de los titulares de cuentas en Caimán, la prensa estaba enloquecida persiguiendo a los aludidos para pedirles declaraciones.

El ministro del interior había dimitido.

Intrigado, leyó el artículo hasta el final, pero solo contenía una serie de vaguedades que no aclaraban ni añadían ninguna información.

Llamó a Peabody, pero no hubo respuesta .

*******

Cuando Inmaculada volvió al juzgado, el hijo de Ramírez la interceptó en las escaleras.

—Han contestado, tenemos al titular de la cuenta.

Fue con él al despacho policial de la primera planta y leyó el correo de la Interpol: la titular de ese número de cuenta era Mrs. Carolina Muñoz. También aparecía su dirección en Nueva York.

El agente, consultando en Internet, había conseguido un número de teléfono.

Respondió a la llamada una voz femenina en inglés, que, en cuanto escuchó a Inmaculada pronunciar su nombre, pasó a un perfecto español con acento latino.

Ella le explicó que llamaba desde un juzgado de España y le preguntó, con prudencia, si tenía alguna relación con Álvaro Muñoz Estrada.

Carolina Muñoz respondió sin titubear que sí: era su cuñada, estaba casada con Gonzalo Muñoz Estrada.

—¿Le ha sucedido algo a Álvaro? —dijo con voz de preocupación.

La jueza le comunicó el fallecimiento con el mayor tacto posible.

El otro lado de la línea se quedó en silencio.

Inmaculada esperó respetuosamente unos instantes y luego le preguntó:

—¿Sería posible hablar con su marido?

—No, lo siento mucho, no es posible. Mi esposo tiene una enfermedad terminal y en estos momentos está ingresado en el hospital bajo sedación.

Al oír esto fue Inmaculada la que se quedó en silencio, procesando la información.

Carolina siguió hablando:

—Como le digo, no puede ponerse al teléfono. Además, dadas las circunstancias, le rogaría que le evitemos la noticia. Ya apenas tiene ratos de lucidez. Para él sería un sufrimiento innecesario.

—¿Cuánto tiempo hace que está enfermo?

—Casi un año. No se lo cogieron a tiempo y el cáncer le ha ido devorando poco a poco. Desde el principio supimos que no tenía remedio. Creo que el único momento feliz de este año tan terrible fue el día en el que Álvaro apareció en el hospital.

—¿Álvaro le visitó allí, en Nueva York?

—Sí, a mediados de agosto. Llevaban muchos años sin verse y Gonzalo me había prohibido llamarle.

Yo me enojé, le dije que tenía que despedirse, debía hacerlo.

Hasta que comprendí que, fuera lo que fuera lo que pasó entre ellos, que nunca me ha contado, lo quería muchísimo.

Para él seguía siendo su hermano pequeño y no soportaba la idea de hacerle sufrir, quería protegerlo.

No sé cómo, Álvaro se enteró y se presentó una tarde en su habitación sin avisar.

Ha sido la única vez que he visto llorar a Gonzalo.

Ni siquiera cuando ganó el Óscar se emocionó tanto.

—¿Se dedica al cine?

—Efectos especiales. No pudo recogerlo porque estábamos rodando en Tailandia, pero fue el día más feliz de su vida —dijo Carolina Muñoz en tono melancólico—. Bueno, el segundo. El primero fue reencontrarse con Álvaro.

La jueza tuvo que reunir todas sus fuerzas para pronunciar las palabras que tenía que decir a continuación.

La mujer de Gonzalo, además de ser dulce y amable, daba la impresión de estar al límite: reviviendo, ante una desconocida, los últimos momentos felices de su marido agonizante.

Pensó que, algunas veces, aborrecía su trabajo, pero no tenía más remedio que hacerlo.

Le comunicó, nuevamente con todo el tacto del que fue capaz, que la muerte de Álvaro no había sido por causas naturales y por eso era objeto de investigación por parte del juzgado.

Carolina se quedó muda. Solo al cabo de unos minutos, que a Inmaculada se le hicieron eternos, fue capaz de balbucear algo parecido a «no puede ser, debe de ser un error».

Sabía que no debía maquillar la noticia y, utilizando la jerga jurídica más neutral, le habló del informe del forense y de las pruebas recopiladas por la Policía científica para acabar mencionando la palabra homicidio y la detención de Mariola.

Solo cuando estuvo segura de que Carolina había asimilado la información, consideró procedente preguntarle por el número de cuenta que Álvaro conservaba entre sus papeles.

Carolina admitió inmediatamente y sin titubeos que Álvaro le había mandado dinero.

—Verá, con la enfermedad de mi esposo estamos arruinados.

Gonzalo era el mejor, le llamaban de todas partes, pero sin él la empresa ha tenido que cerrar.

No podíamos mantener los sueldos de casi treinta personas.

Aquí el seguro médico es carísimo y no cubre ni la mitad de los tratamientos.

Solo nos quedan deudas. Álvaro quiso ayudarnos y nos mandó una transferencia.

—¿En qué fecha fue eso?

—Hará unos veinte días o así. Si quiere le envío una copia.

—Sí, por favor, lo antes posible.

—Descuide, lo haré ahorita mismo.

Inmaculada le dio la dirección de email del juzgado y el número de teléfono por si necesitaba contactar con ella y se despidió agradeciendo su tiempo y colaboración. No se le ocurrió qué decir para darle ánimos.

Luego llamó al fiscal y a Julián, pero ninguno de los dos cogió el teléfono.

Entonces bajó al despacho de la primera planta y les contó a Ramírez y a su hijo la conversación con Carolina. Sin saber muy bien por qué, tenía la sensación de que era un paso importante. Quizá por haber descubierto un secreto de Álvaro.

Carolina cumplió su palabra y a los diez minutos tenían en el correo una copia de la transferencia.

Lo primero que les llamó la atención fue el importe: Álvaro había enviado a su cuñada más de quinientos mil euros.

—Para estar al borde de la quiebra, es un buen pico —comentó Ramírez.

Pero había algo todavía más sorprendente. En el apartado del remitente no aparecía Álvaro, sino el señor Wo.

Inmaculada se quedó pensando unos instantes y luego dijo:

—Hay que hablar con Ana y Cayetana esta misma tarde.

Ramírez se encargó en persona de ir a buscarlas.

La primera en llegar fue Ana. Inmaculada la hizo pasar a su despacho, con el hijo de Ramírez listo para transcribir la declaración.

Le preguntó por la visita de Álvaro a Gonzalo en Nueva York y Ana aseguró que no sabía nada.

Conocía la historia de la pelea de los dos hermanos, por supuesto.

Ella era muy jovencita cuando sucedió, pero se había enterado de aquel asunto, como todo el mundo.

Añadió que, aunque a Álvaro no le gustaba hablar de ese tema ni de Gonzalo, le extrañaba que no le hubiera contado nada si es que se habían reconciliado.

Inmaculada tuvo la impresión de que era sincera. Sobre todo, porque no podía ocultar su malestar al descubrir que la jueza sabía cosas que ella ignoraba. Seguro que pensaba que, una vez más, Álvaro la había dejado al margen.