CAPÍTULO ONCE. SEPTIEMBRE DE 2006.
SÁBADO
Julián madrugó. Estaba tan obsesionado por las imágenes que tenía la impresión de haber soñado con ellas.
Quería ir al juzgado antes de que llegara Inmaculada. Prefería no encontrarse con ella y estaba seguro de que, con Mariola detenida, la jueza estaría por allí todo el fin de semana.
Consiguió llegar a su despacho sin cruzarse con nadie, aunque saludó de lejos al pasar al hijo de Ramírez, que estaba de guardia.
Encendió el ordenador y volvió a cargar la secuencia pensando que, igual, con la cabeza despejada conseguía entender algo.
Pero, después de observarla con toda su atención tres veces más, tuvo una idea mejor.
Grabó las imágenes y buscó en Google la asociación de sordomudos más cercana.
La localizó en Cádiz, anotó la dirección, se guardó el pendrive en el bolsillo y apagó el ordenador.
Al salir se cruzó con Inmaculada, que subía las escaleras. La saludó exagerando la corrección sin demostrar ni pizca de calidez y le informó de que pasaría el fin de semana fuera, pero si lo necesitaba o había alguna novedad podía localizarlo en el móvil.
Inmaculada colgó el bolso del respaldo de su silla y encendió el ordenador, dolida con la actitud de Julián. Si quería castigarla lo estaba consiguiendo. Mientras se iniciaba, bajó a hablar con el hijo de Ramírez, que, en cambio, la saludó con voz bastante alegre.
—He conseguido averiguar que el número de cuenta que me dio ayer es de un banco de Nueva York —le dijo animado—. Ya tengo el teléfono de la sucursal, aunque todavía no puedo llamar por la diferencia horaria. Además, en sábado no sé si encontraré a alguien.
—¿De Nueva York? —preguntó ella pensativa.
—Será de la empresa china —sugirió él.
—Sí, supongo que sí. Cuando sean las ocho allí intenta contactar, pero manda también, por si acaso, una orden con la Interpol.
—De acuerdo. De lo que todavía no tenemos nada es de la dirección IP del ordenador desde el que se envió la amenaza. No sé cuánto tardarán porque siendo fin de semana…
—En cuanto sepas algo infórmame enseguida, me inquieta. ¿Por qué Mariola se arriesgaría a entrar en el correo de Álvaro para borrar la amenaza y no se preocupó de borrarla en el suyo?
—Igual pensó que nunca llegaríamos hasta ahí. No creo que entienda mucho de tecnología, no sabría que un mensaje borrado se puede recuperar.
—Seguramente es así, pero dijo que no se acordaba de que tuviera esa dirección. Vamos a volver a ver su correo.
El hijo de Ramírez lo abrió y repasaron otra vez los mensajes. En la bandeja de entrada no había nada anómalo, en la de mensajes enviados observaron que todos, excepto la amenaza, tenían más de dos años.
Ramírez, que había llegado y se había puesto a leer también la pantalla, dijo en tono decidido:
—Hay que encontrar cuanto antes al cooperador. Me voy a Cardona a hablar con el personal del restaurante.
—Voy con usted —dijo ella. Subió a por su bolso y, cuando bajó, volvió a asomarse al despacho policial de la primera planta.
—Puede que llamen o nos manden algo del colegio notarial —dijo al hijo de Ramírez.
—No se preocupe, estaré pendiente.
Casi llegando al balneario, llamó Luis al móvil. Ella respondió solo para decirle que en ese momento no podía hablar y que ya le llamaría más tarde. Le preguntó por su resfriado y se alegró de saber que estaba mucho mejor.
Entraron al complejo por la puerta del restaurante.
Inmaculada apreció, una vez más, que el sitio era precioso en los días de sol.
La luz se colaba por los enormes ventanales con una calidez especial.
Se acordó de su cena con Julián la noche que se enrollaron, pero no se permitió pensar en eso.
El director del balneario les recibió con su amabilidad característica y los condujo hasta una sala que había dispuesto para que pudieran hablar con tranquilidad.
Inmaculada se imaginó que le horrorizaba que pudiera repetirse la escena del comedor.
Comenzaron hablando con la camarera admiradora de David que les había hablado de la presencia de Fran la noche del crimen.
La jueza le preguntó si conocía a Mariola y ella contestó con naturalidad que sí, que ya se lo había contado la primera vez: conocía a todos los que estaban en aquella cena.
Entonces insistió, preguntándole si había tratado con ellos fuera del restaurante.
—¡Ah, no!, fuera de aquí no. Igual, si me los cruzo alguna vez por la calle, los saludo.
—¿No ha tenido algún trato con ellos por algún otro trabajo o porque sean conocidos de algún familiar o amigo suyo?
—No. La verdad es que no. Esa gente es bastante estirada, sin querer faltar. Bueno, el cuñado de una tía mía, hermano de su marido, trabaja en la fábrica de don Álvaro; pero tampoco creo que tuviera amistad con él.
Para terminar, Inmaculada hizo una comprobación con el móvil de la chica marcando los números fijos y móviles de Mariola, Cayetana y David, y vio que la agenda del teléfono no reconocía ninguno como contacto.
Repitió la misma conversación con otros cuatro empleados sin apenas variaciones, salvo que uno de ellos no llevaba el móvil encima y tuvo que ir al vestuario a buscarlo.
Pero el resultado fue el mismo: ninguno parecía tener relación alguna con Mariola, más allá de conocerla de vista como cliente del restaurante.
Inmaculada repasó su lista y vio que faltaban dos empleados, pero el director le explicó que era su día libre y le facilitó sus números.
Entonces ella se acordó de que un camarero de bastante edad había asegurado conocer muy bien a Álvaro la primera vez que les interrogaron y, por si acaso, quiso hablar también con él.
Lo único que averiguó fue que Álvaro había sido cliente habitual de otro restaurante en el que también había trabajado en el pasado, pero lo cierto era que el hombre no tenía ninguna relación personal con él y mucho menos con Mariola.
Volvió al juzgado desanimada y con la sensación de haber perdido el tiempo.
Se encontró sobre su mesa un fax remitido por el colegio notarial.
Le comunicaba, con un estilo bastante protocolario, que, de acuerdo con la información de la que disponía el colegio, el único testamento de don Álvaro Muñoz Estrada era el indicado por el propio juzgado sin que hubiera constancia de ningún otro posterior.
Iba acompañado de un teléfono de contacto para cualquier duda o aclaración.
«Parece que se confirma que Mariola es la heredera» pensó, «salvo que Álvaro cambiara el testamento en alguna notaría fuera de Andalucía». Le agradeció mentalmente a Julián la gestión.
Se marchó a casa, planeando prepararse una ensalada para compensar la semana a base de bocadillos.
Comió sin prisas. Luego llamó a Mary Jo y estuvieron al teléfono más de una hora.
Le puso al día de todo lo sucedido con Cayetana y Fran, el último anónimo y la detención de Mariola.
Comentaron juntas todos los detalles hasta la extenuación y, agotado el tema, le contó la situación con Julián.
Su amiga intentó animarla aconsejándola que le diera tiempo: había que reconocer que el hombre tenía motivos para enfadarse.
Lo mejor era esperar a que se le pasara el arrebato, seguro que entonces le daría la oportunidad de explicarse y aclarar las cosas.
Volvió al juzgado más sosegada. Mary Jo tenía una forma de enfocar las cosas que siempre la convencía.
El hijo de Ramírez estaba impaciente por verla.
Había logrado contactar con la sucursal de Nueva York y, como suponían, se negaban a dar ninguna información por teléfono.
Tendrían que esperar a la respuesta de la Interpol.
La urgencia del agente era porque había tenido una idea respecto al último anónimo.
—Podemos ponerle una especie de trampa.
—¿Una trampa? —repitió ella sorprendida.
—Sí. Un virus espía. Si se atreve a mandar otro correo, nos puede llevar hasta el ordenador remitente. No siempre funciona, depende del nivel de seguridad que se utilice, pero podemos intentarlo. Eso sí, usted no podría utilizar el correo mientras esté activado.
Luego comenzó una explicación muy complicada de cómo actuaban los sistemas de seguridad: fragmentaban los mensajes para enviarlos en pedazos mediante ordenadores zombis y luego los volvían a unir como un puzle, de manera que al reconstruir el itinerario podían llegar a un ordenador distinto al que había mandado el mensaje o, si tenían suerte, encontrar al remitente.
Ella lo comprendió solo a medias, pero le autorizó a instalarlo.
—Recuerde que no debe mandar ningún correo. Y los que lleguen tenemos que abrirlos en mi ordenador —dijo el muchacho, saliendo del despacho.
Inmaculada se dio cuenta de que, entre el silencio del juzgado un sábado a esas horas y la explicación del agente, le estaba entrando muchísimo sueño y, como tampoco podía avanzar nada en ese momento, bajó a tomar un café.
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Julián regresó de Cádiz a primera hora de la tarde y, nada más llegar a casa, se sirvió una copa de pacharán, se sentó en uno de los sillones de su anticuado tresillo y volvió a leer la transcripción que sacó de su cartera, colocada en el suelo y apoyada contra el costado de la butaca.
Era un gesto inútil, se la sabía prácticamente de memoria.
Cayetana comenzaba reprochándole a David lo poco que había tardado en encontrar consuelo en los brazos de Mariola y luego, refiriéndose a ella como «tu amiguita», le decía que se anduviera con ojo porque podía buscarle la ruina.
David le rogaba que se calmara, que no era el momento ni el lugar para montarle un numerito de celos —aquí el autor de la transcripción aclaraba que no se entendía la palabra, pero por el contexto suponía que era «celos».
Entonces Cayetana decía que no fuera ridículo, jamás podría darle celos ni con Mariola ni con nadie.
Dejaba caer la amenaza de que si ella quisiera podía hundirles a los dos.
Y a continuación se jactaba de que, para demostrarle que no le guardaba ningún rencor, había borrado el mensaje del correo de Álvaro.