CAPÍTULO DIEZ. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
Cogió otro folio, lo tituló «Cayetana» y bajo su nombre empezó a escribir:
-Intenta controlar la empresa en alianza con Mariola, pero la traiciona hipotecando sus bienes.
-Traiciona a Álvaro metiendo a Fran en la empresa.
-Traiciona a Fran ocultándole la verdadera situación de la fábrica.
-Está enfadada con David por su ruptura.
Su trayectoria era un historial de deslealtad.
Pero había un problema: ¿qué ganaba con la muerte de Álvaro?
Hasta entonces no había sido ningún obstáculo para llevar a cabo sus planes.
Cabía la posibilidad de que fuera la colaboradora de Mariola, pero eso tampoco tenía mucho sentido si se sentía despechada por el abandono de David.
Y, si estaba enfadada con David, ¿por qué en la reunión del juzgado él le había salvado la cara en el asunto de la hipoteca? ¿Estaban implicados los tres?
Se dijo a sí misma que le faltaban datos. Tenía que haber algo que todavía no había descubierto, pero, en su lista, incluyó a David como sospechoso.
Tras el nombre David, escribió:
-Idilio simultáneo con Cayetana y con Mariola.
-Cayetana está enfadada con él y discuten en la puerta de la iglesia, pero en la última reunión hay complicidad entre ellos.
-Parece no estar enterado de los tejemanejes de Cayetana, pero miente para salvarle la cara diciendo que Mariola sí sabía lo del préstamo.
-No obtiene ningún beneficio directo con la muerte de Álvaro.
Dejó a Ana para el final porque cada vez estaba más convencida de la inocencia de la peluquera.
Aún así, no podía descartarla: cobraría una cantidad considerable del seguro, había comprado las pastillas y no se podían comprobar sus movimientos de la noche del crimen.
Lo escribió sin convicción, estaba segura de que Ana quería a Álvaro con toda su alma.
Sin llegar a ninguna conclusión tiró la lata vacía a la papelera y se encaminó al despacho de Julián con intención de arreglar las cosas.
Llamó a la puerta y entró con prudencia. Julián levantó la vista de lo que estaba leyendo y, al ver que era ella, sin dirigirle la palabra aparentó volver a concentrarse en la lectura.
—Julián —dijo ella en tono amable.
Él siguió leyendo.
—Julián, por favor, escúchame.
—No, escúchame tú a mí —dijo en tono glacial, dejando los folios sobre la mesa— a partir de ahora eres solo la jueza y yo, solo el secretario.
No podemos dejar que nuestros problemas personales afecten a nuestro trabajo, así que mantengamos las distancias.
No quiero saber nada de tu vida fuera de las paredes de este juzgado.
Ella no dijo nada.
—Me he enterado por Tomás —dijo Julián, cambiando a un tono neutro y profesional— de que las notarías no informan de los testamentos directamente al registro de última voluntad, sino al colegio notarial.
He conseguido hablar con la decana. La he pillado a estas horas por casualidad, porque tenían una conferencia o algo así.
Es una señora muy amable, ha entendido la gravedad del asunto y se ha comprometido a decirnos algo mañana por la mañana.
Tengo que remitirle el mandamiento —dijo, tendiéndoselo a Inmaculada.
—Gracias —dijo ella mientras lo firmaba. Luego se quedó unos instantes en silencio, preparándose para decir algo, pero Julián le cortó:
—Si necesitas algo de mí, dímelo y, si no, te rogaría que salieras. Estoy ocupado.
Ella cerró la puerta con resignación, recogió sus cosas y se marchó a casa.
Julián salió media hora después. Pasó por La Alquería con la esperanza de encontrar a Tomás y, como no estaba, le mandó un sms. Tomó una cerveza en la barra esperando la respuesta. Tomás contestó que se encerraba a estudiar todo el finde y le deseó que disfrutara por los dos.
Volvió al juzgado, había algo que le rondaba la cabeza. Saludó en la primera planta a Paco, que estaba de guardia, y subió a su despacho. Todas las luces estaban apagadas.
Encendió el ordenador y localizó las imágenes de la pelea entre Cayetana y David en la puerta de la iglesia.
La secuencia duraba siete minutos y la pasó varias veces.
A la cuarta, estaba convencido. O no había aprendido nada en todos los cursos de criminología en Oxford, o aquello no era una pelea de novios.
Algo en sus gestos le advertía que el tema del que discutían no era íntimo.
Le parecía, más bien, que trataban algún asunto grave.
Al principio Cayetana estaba enfadada y David no, eso era evidente.
Pero en el minuto tres cambiaban las tornas.
Tras unas palabras de Cayetana, David mostraba una reacción de sorpresa y alarma a la vez, e inmediatamente después se enfurecía.
Volvió a ver la escena intentando concentrarse al máximo en entender lo que decían, pero era prácticamente inaudible: los dos parecían conscientes de estar en un sitio público y hablaban con discreción, y, además, la cámara debía de estar muy lejos.
Solo pudo distinguir que Cayetana pronunciaba la palabra Mariola y que David, casi al final, le decía «tú estás loca».