CAPÍTULO DIEZ. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
«Me has destrozado la vida. Yo te lo di todo y tú, con tu fulana, me has quitado hasta la dignidad.
Me da igual tu dinero y tu maldita fábrica, te lo puedes quedar, no lo quiero.
Solo quiero que sufras como he sufrido yo.
Que tengas miedo. A partir de ahora, mira hacia atrás cuando vayas por la calle porque igual te siguen.
Y asegúrate muy bien de cerrar la puerta por la noche, puede haber alguien en el jardín esperando a que apagues las luces para entrar a matarte».
Mientras leía, sus ojos se habían desviado al margen superior izquierdo, la dirección del remitente y la repitió en voz alta: [email protected].
—¿Esto si te parece suficiente para detenerla? —preguntó el fiscal irónico.
—Yo —dijo tímidamente el hijo de Ramírez—, si puedo dar mi opinión, creo que habría que comprobar que no es una dirección trucha.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó la jueza.
—Que cualquiera se puede hacer una dirección con el nombre de Mariola. Hay que comprobar que sea suya de verdad pidiendo los datos de registro al administrador de la cuenta, pero no sé cuánto tardarán en dárnoslos.
—Hay una manera más rápida —dijo Julián—: ver si el resto de los mensajes de esa dirección tienen que ver con ella. ¿Puedes entrar sin la contraseña? —preguntó al hijo de Ramírez.
—Puedo intentarlo.
—De acuerdo, vamos a hacer las dos cosas —dijo Inmaculada y dirigiéndose al fiscal, añadió—: la pondremos bajo vigilancia mientras lo comprobamos. Por esperar un poco más no va a pasar nada.
Llamó a Ramírez y le pidió que montara el dispositivo.
—Doña Inmaculada, otra cosa importante —dijo el hijo de Ramirez— los de la brigada informática han dicho que no se puede saber desde qué ordenador se borró el mensaje.
El intruso ocultó la dirección IP. —Y, ya en la puerta, añadió—: necesito por lo menos media hora para entrar. En cuanto lo consiga le aviso.
—Me parece increíble que Mariola haya dejado esta amenaza por escrito —reflexionó Inmaculada—. Es lo más estúpido que he visto en mi vida.
—¿No creerás que es falsa? —dijo el fiscal en un tono un tanto agresivo.
—No, es solo que me desconcierta.
Julián y el fiscal se marcharon y ella sacó del armario los papeles de Álvaro que todavía tenía por leer.
Le pareció una opción tan buena como cualquier otra para evitar consumirse de impaciencia.
En el montón clasificado como «varios» había un poco de todo: algunas facturas, una invitación del ayuntamiento a la misa por el día del patrón, un borrador de una carta a un proveedor escrita en el ordenador con correcciones a mano, unas entradas de teatro compradas por Internet, varios mails a una empresa de riesgos laborales, un justificante de una visita al médico de alguien que supuso que sería un empleado...
Como tenía que hacer tiempo, no se conformó con echarles un vistazo para descartarlos, sino que se obligó a leerlos uno por uno.
Lo que más le llamó la atención fue una servilleta de papel que tenía escrita a mano una serie de números.
Contó veinte dígitos: un número de cuenta.
No ponía nada más. La dejó separada del resto.
Entró de nuevo Julián con un paquete envuelto en papel de plata y una lata de coca-cola. Ella se lo agradeció con un beso, pero en ese momento sonó el teléfono: el hijo de Ramírez había conseguido entrar en la cuenta de correo Mariola.ola.
Bajaron de inmediato, el fiscal ya estaba allí.
El agente empezó a abrir los mensajes de la carpeta de «enviados». El primero era el que ya conocían, la carta amenazadora a Álvaro; el resto, dos suscripciones a revistas y varias compras de ropa y productos de belleza.
Luego revisaron la bandeja de entrada: había varios mensajes de Cayetana. Por su contenido, parecía que la sobrina de Mariola estaba en Londres y le contaba cosas sobre su día a día allí.
No tuvieron ninguna duda, esa dirección pertenecía realmente a Mariola. La jueza ordenó su detención. Julián subió a redactar la orden.
Cuando Inmaculada entró en su despacho estuvo a punto de chocarse con Julián, que salía en el mismo momento.
Ni siquiera la miró. Cruzó el pasillo con paso enérgico, se metió en su despacho y cerró de un portazo.
Ella contempló la escena sin comprender nada.
Entonces vio que su correo personal estaba abierto en el ordenador.
Había llegado un mensaje posterior al anónimo: era de su prima Mónica y le decía, de manera bastante cursi, que aceptaba encantada su invitación a la boda con un texto decorado con corazones y cupidos.
Reaccionó al instante. Entró sin llamar en el despacho de Julián y cerró la puerta.
—¿Se puede saber qué haces abriendo mi correo? —le preguntó indignada.
—Iba a imprimir el anónimo para mandárselo a los informáticos —contestó él en el tono más cortante que le había oído—. He estado hablando con ellos y van a intentar localizar la dirección del remitente. Creía que estabas muy preocupada por saber quién los manda, pero igual es otra mentira.
—¿Y por qué no me lo has consultado?
—Si piensas que lo he hecho de mala fe, tú misma. Te recuerdo que el otro día me pediste que entrara para imprimirte el informe de Balagué, no sabía que hoy tenía que pedirte permiso. No sé cómo te atreves a hacerte la ofendida. Te casas en mayo, ¿no? Enhorabuena.
Tras unos golpes de nudillos se abrió la puerta y Ramírez asomó la cabeza.
—Doña Inmaculada —dijo con prudencia—, están aquí doña Mariola y don César, ¿los paso a su despacho?
—Sí, sí, por supuesto —dijo, saliendo tras él. No sabía cuánto habría oído el sargento de su discusión con Julián, seguro que más de lo conveniente.
Mariola parecía aterrada. Guardaba silencio, pero hasta sus gestos al acomodarse en la silla resultaban torpes, como si la tensión no le permitiera moverse con naturalidad. César, sentado a su lado, le presionaba suavemente el hombro de vez en cuando murmurando frases tranquilizadoras.
El abogado aseguró que su cliente comprendía perfectamente la acusación y se prestaba a declarar.
Mariola fue respondiendo, con la voz algo temblorosa, a las preguntas de Inmaculada.
Negó haber escrito esa carta amenazante.
Aseguró que nunca había amenazado a Álvaro ni por email ni de ninguna manera.
Reconoció que esa dirección de correo sí era suya, pero que no la usaba nunca, casi ni se acordaba de que la tenía.
La había abierto hacía unos años cuando un sobrino le explicó que era mejor tener una segunda dirección para las cosas comerciales: se evitaba la molestia del spam .
Cuando Inmaculada le preguntó si alguien más conocía la dirección y la contraseña, no supo qué contestar y admitió que no, pero añadió que hoy en día los piratas pueden entrar en cualquier ordenador, mandar correos y hacer de todo.
Juró y volvió a jurar que ese mensaje no lo había escrito ella, sino alguien que quería acusarla de la muerte de Álvaro.
Salió del despacho de la jueza escoltada por dos agentes, con la cabeza baja y aspecto de estar al borde de un colapso. César salió tras ellos asegurando que todo se iba a aclarar.
—No tenemos más remedio que mantener la detención —dijo Inmaculada a Julián, Ramírez y el fiscal, que tras asistir a la declaración se habían quedado en el despacho— la amenaza es gravísima. Pero tenemos claro que no lo ha hecho sola.
—Sí —aseguró el fiscal— no se levantó de la mesa en el restaurante, tiene que haber un colaborador.
—No solo eso —dijo Inmaculada— no la creo capaz de hacerlo sola. Planificar un asesinato limpio, sin pistas ni huellas... es demasiado sofisticado.
—Está claro qué dirección tomar —dijo el fiscal—: Cayetana o David.
—Y el personal del balneario —añadió Inmaculada—. Hay que volver a interrogarlos y fijarse en cualquier conexión, por remota que sea, con Mariola.
—¿Pedimos el registro de llamadas de sus teléfonos? —preguntó Ramírez.
—Sí —dijo ella—. Y la dirección IP desde la que se mandó la amenaza.
Julián escuchaba en silencio sin intervenir.
Los tres hombres se marcharon y ella se quedó a solas. Estaba anocheciendo. Tiró el bocadillo sin desenvolverlo a la papelera y abrió la lata de coca-cola, que se había quedado caliente.
Tenía tal remolino de ideas en la cabeza que sintió la necesidad de coger papel y lápiz para ordenarlas. Comenzó por Mariola. Escribió su nombre en un folio y a continuación fue anotando:
-Odiaba a Álvaro, pero no parece un crimen pasional improvisado, fue bien planificado.
-Tenía móvil económico por ser la única heredera, pero ella no lo sabía.
-Escribió un mensaje de amenaza, ¿por qué?, ¿sería capaz de entrar en la cuenta de correo de Álvaro para borrarlo sin dejar rastro?
-No se movió de su sitio en la cena, tiene que haber un colaborador.
Tras dudar unos instantes, añadió algo más:
-Está enamorada de David.
Esta última cuestión, aún siendo consciente de que era completamente subjetiva, la inquietaba muchísimo. No le cabía en la cabeza. ¿En estado de enamoramiento se puede cometer un asesinato a sangre fría?