Segundas intenciones CAPÍTULO DIEZ. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO DIEZ. SEPTIEMBRE DE 2006.

VIERNES

A Inmaculada le gustaban los días que comenzaban con tiempo para ver el correo. Era empezar con buen pie. Abrió primero su cuenta oficial: ojeó varios mensajes, contestó a dos y eliminó la publicidad de editoriales jurídicas.

A continuación, su cuenta personal. Tenía un mensaje de la tienda donde pensaban poner la lista de boda y lo guardó sin leerlo.

Otro de su hermana, que reservó para verlo más tarde sin prisa.

Y con el tercero se quedó petrificada. La dirección del remitente era una serie incomprensible de cifras, pero el texto era muy claro:

NO ESTÁS PRESTANDO ATENCIÓN A CAYETANA.

Tenía un archivo adjunto.

Llamó por la línea interna a Ramírez pidiéndole que subiera, con su hijo si estaba de turno.

—No he abierto el archivo adjunto, por si tiene algún virus o algo —explicó ella  mostrándoles el mensaje. Sentía el mismo malestar que había experimentado con los dos anónimos anteriores.

El hijo de Ramírez la tranquilizó: había hecho lo correcto, era mejor abrirlo en un entorno seguro.

En un momento, estaban apiñados frente al ordenador del hijo de Ramírez: Inmaculada, Julián, Ramírez, el fiscal, Paco y Ángel.

Todos atentos a las opciones que iban apareciendo en la pantalla, que el joven manejaba con fluidez.

Después de algunos minutos, el muchacho aseguró que no era peligroso y pudieron leerlo: era una copia de la misma escritura de aumento de capital que les había entregado Fran la noche anterior.

La repasaron entera, pero no encontraron ninguna diferencia con la suya.

Con el documento impreso, la jueza volvió a subir a su despacho con Julián.

—¿Estás bien? —preguntó él al verla sentada en su escritorio completamente abatida.

—Sí, no es nada —dijo, intentando mantener el tipo.

Julián se agachó junto a ella y la abrazó con cariño.

—No te preocupes, cielo. Sea quien sea, vamos a cogerlo.

Ella también lo abrazó, sin decir nada.

—Sé que te agobia que ese malnacido te ande rondando, pero piénsalo: si ha mandado el mensaje por correo es porque ya no se atreve a acercarse.

—Tienes razón —contestó ella en voz baja, no muy convencida.

—Además, no pienso dejarte sola ni un minuto.

Ella lo miró y sonrió. Le dio un beso rápido en los labios y dijo:

—Gracias. Anda, vamos a ponernos formales, que puede entrar alguien en cualquier momento.

Él le dio otro beso, le acarició el pelo con un gesto cariñoso y volvió al otro lado de la mesa.

—Sea quien sea, ahora le llevamos ventaja —siguió diciendo Julián.

—Creo que esto descarta a Fran como autor de los anónimos. Era el único que sabía que ya conocíamos esa escritura.

Les avisaron de que había llegado el abogado de Álvaro y le hicieron pasar.

Inmaculada actuó de la misma manera que con Cayetana, entregándole la copia de la escritura para que la leyera.

Juan Carlos reaccionó de forma muy distinta a la gerente.

La leyó de principio a fin. Cuando terminó, volvió a leer la parte más importante, el aumento y su suscripción por Fran, y, por último, releyó la intervención de Cayetana, como para asegurarse de quién era el autor de tales actos. Luego dijo:

—Es la primera vez que veo este documento, y la verdad es que no doy crédito.

—¿Sabe usted si Álvaro estaba al tanto de esta operación?

—Desde luego que no, señoría. Le puedo asegurar que él no sabía nada de esto. Jamás lo hubiera permitido.

—En realidad, no era necesaria su autorización. La actuación de Cayetana es absolutamente legal; de hecho, lo hizo tres semanas antes de su muerte. Ha dicho que él estaba de viaje.

Juan Carlos volvió a repasar la escritura.

—Sí. Esa semana es la que él pasó en Nueva York y es verdad que Cayetana era su apoderada, pero me parece increíble. Álvaro no se daba cuenta del peligro que corría confiando en ella.

—Diría usted que el plan de Cayetana era hacerse con el control a través de Mariola.

—No lo sé. Creo que Cayetana fue muy imprudente convenciéndolo para que invirtiera mucho más de lo que tenía.

El contrato con la empresa china era muy goloso y se cegaron, no quisieron ver el riesgo.

Y esto parece una huida hacia adelante a la desesperada.

Si Cayetana planeara hacerse con el control, como usted sugiere, no le beneficiaría en nada tener a Fran dentro como accionista.

Además, no sé cómo habrá engatusado a Fran, pero la realidad es que la empresa está al borde de la quiebra, ahogada por los intereses.

—¿Por qué ha utilizado el pasado? Ha dicho que el contrato «era» muy goloso.

—Ha sido un lapsus. El asunto sigue en pie, si es que algún día conseguimos concluir las negociaciones de una bendita vez.

¡En qué hora se nos ocurrió meternos en esto!

—dijo Juan Carlos, encendiéndose cada vez más—.

Ha sido una pesadilla, ha trastocado todo.

Los chinos no hacen más que presionar y nos tienen atados de pies y manos, con el agua al cuello.

A Inmaculada le sorprendió la explosión verbal del letrado, hasta entonces siempre tan comedido.

—¿Cree que la decisión de Álvaro de ceder el control de la empresa a Mariola pueda tener que ver con la entrada de Fran como accionista?

—No. Pondría la mano en el fuego. Álvaro no sabía nada de esto.

—Una última cuestión: ¿qué consecuencias económicas cree usted que puede tener la muerte de Álvaro? Piénselo bien, por favor. No le pido que adivine, simplemente que me dé su opinión como letrado desde la perspectiva de su conocimiento de la empresa.

Juan Carlos se quedó pensando y al cabo de unos instantes respondió mucho más calmado:

—La verdad es que no lo sé. Por una parte, su muerte no impidió la cesión de las acciones a Mariola, firmó el acuerdo allí mismo, en el restaurante.

Aunque eso es irrelevante porque, si al final resulta que Mariola es la única heredera, se quedará con todo.

Respecto a la negociación con los chinos, la ha llevado Cayetana desde el principio.

Él participaba, daba su opinión, se reunía con ellos; pero todos sabíamos, incluido él, que era puro paripé porque la voz cantante la llevaba ella.

Había conseguido acomplejarle con sus títulos y sus másteres, y en este contrato lo tenía completamente relegado; eso sí, guardando las formas.

—Pensó en silencio unos instantes y añadió—: No, su muerte no cambia las cosas.

Le agradeció su colaboración y el testigo salió del despacho. Inmaculada pudo ver por la puerta entreabierta que se cruzaba en la antesala con David. Un glacial intercambio de miradas fue la única interacción entre los dos abogados.

En cambio, al entrar en el despacho, David saludó a Julián con la misma familiaridad de la que solía hacer gala su padre. El secretario se había levantado y amablemente lo acompañó hasta su sitio.

—Le hemos llamado para tratar un asunto delicado que afecta directamente a su vida privada —le advirtió Inmaculada.

David puso cara de sorprendido.

—Pregúnteme lo que quiera, señoría. No tengo nada que ocultar —dijo muy seguro de sí mismo, haciendo amago de mostrar el interior de los costados de su americana, como si se ofreciera a un registro.

—El día del funeral de Álvaro discutió usted con Cayetana en la puerta de la iglesia, ¿es cierto?

—Sí, señoría.

—¿Y me puede decir sobre qué discutieron?

A David no le pilló por sorpresa la pregunta. Respondió muy tranquilo:

—Me consta que sabe la respuesta. Cayetana me contó que le habían mostrado las imágenes de esa discusión y había tenido que admitir nuestra relación sentimental.

Menos mal que me han preguntado a mí en segundo lugar, porque, si no, me pondrían en un aprieto.

No me gusta ir aireando mis idilios. Y menos si, como en este caso, la dama es una mujer casada —dijo con un gesto de complicidad.

Inmaculada no se creía nada de esa supuesta caballerosidad. Le parecía chulería pura y simple.

—Pero usted, actualmente, con la que mantiene un idilio es con Mariola —afirmó.

David dudó solo un instante.

—Sí, señoría, es cierto. Precisamente fue ese el motivo de la discusión.

Al principio Cayetana aceptó bien la ruptura, pero cuando se enteró de lo mío con Mariola me montó una escena.

Y yo no lo calificaría como idilio: aunque es reciente, lo considero una relación formal y espero que duradera.

Tampoco sé en qué afecta todo esto al asunto que nos ocupa.

—¿Le parece poco estar liado con las dos principales sospechosas?

—Es una manera muy cruda de expresarlo —se defendió David—.

Y, en cualquier caso, le aseguro que yo no he intervenido en modo alguno en el terrible asesinato de Álvaro.

Yo lo apreciaba, lo conocía de toda la vida.

Tuvimos alguna que otra discusión, no lo voy a negar, pero en eso consiste precisamente mi trabajo, tenía que defender los intereses de Mariola.

—¿Me puede decir en qué fecha terminó su relación con Cayetana y comenzó la de Mariola?

—Tengo que reconocer que las fechas se solapan un poco. Sucedió en el mes de agosto.

—Pasando a otro asunto, ¿sabe usted algo de la entrada de Fran en la empresa?

—¿En qué empresa?

—En la de Álvaro.

—No, señoría, eso es imposible.

—¿No sabe que una de sus novias traicionó a Álvaro y a sus espaldas permitió que Fran se convirtiera en accionista?

—Le juro, por lo más sagrado, que no sé de qué me está hablando.

Inmaculada dio por finalizada la declaración y despidió al testigo.

—O es un gran actor o tampoco es el autor de los anónimos —comentó cuando David se había marchado.

—Sé que te cae fatal —contestó Julián— pero, créeme, no es mal tipo.

Les interrumpieron el hijo de Ramírez y el fiscal, que entraron en el despacho.

—Tenemos el mensaje que el intruso borró en el correo personal de Álvaro —dijo el chico en tono triunfal. Entregó un folio a la jueza y se quedó mirándola, esperando su reacción.

Ella lo leyó en voz alta: