CAPÍTULO NUEVE. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
—¿Y lo puede hacer ella sola? —preguntó Ramírez.
Leyeron otra vez la intervención y comprobaron que la gerente representaba a la sociedad, como administradora, y a Álvaro, como apoderada.
—Sí —confirmó Inmaculada— sí puede. Álvaro le dio poderes.
—Juan Carlos aseguró que Álvaro confiaba en ella —dijo Julián.
—Pues menuda puñalada por la espalda —dijo el fiscal.
—Sí, parece que traicionó a Mariola hipotecando sus bienes, y a Álvaro negociando a sus espaldas y metiendo a Fran como socio.
—Con ese dechado de traiciones, lo extraño es que no sea ella la asesinada —comentó Ramírez.
—Hay que traerla inmediatamente, me da igual lo que esté haciendo —ordenó Inmaculada.
Cayetana llegó visiblemente molesta. Entró diciendo que esa no era forma de tratar a la gente, y menos a alguien que había prestado toda su colaboración desde el minuto uno.
Inmaculada ni le dio una disculpa ni discutió con ella. Se limitó a ponerle delante la copia de la escritura y pedirle que la leyera.
La gerente solo necesitó leer el principio de la página para saber lo que era.
—¿Me puede explicar qué significa este documento?
—Es un aumento de capital, señoría —dijo con prudencia, aparcando la hostilidad.
—Ya. ¿Y por qué Álvaro, que era el socio único hasta entonces, no interviene?
—No estaba. Coincidió con su viaje a Nueva York.
—¿Era tan urgente como para hacerlo justo cuando estaba de viaje?
Cayetana bajó la cabeza y se quedó en silencio.
—¿Sabía él algo de esto?
—Álvaro no sabía nada —admitió Cayetana en voz baja—. Necesitábamos el dinero. No había forma de conseguirlo de otra manera y estábamos al límite. Tenía que contárselo, por supuesto, pero no me dio tiempo.
—¿Estaba ocupada negociando a sus espaldas con el señor Wo?
—Estaba ocupada salvándole el pellejo. Sin este aumento la fábrica habría quebrado.
La demora en las negociaciones nos ha perjudicado muchísimo, a estas alturas tendríamos que estar entregando las primeras remesas.
Tenía que elegir entre salir a flote o hacer caso de sus estúpidas rencillas con Fran.
Esto es una empresa, no un patio de colegio.
Fran es un hombre cabal y como empresario tiene mucha más visión que Álvaro, la verdad.
Hice lo que tenía que hacer ni más ni menos.
—Esa demora que tanto les ha perjudicado, ¿a qué se debe?
—Bueno, tenemos nuestros contactos y hemos podido saber que la parte burocrática de la urbanización va más lenta de lo previsto y, mientras ellos no tengan las licencias, no tienen prisa. Aprovechan para presionar. No tenemos más remedio que ser un poco flexibles, si no, podríamos quedarnos fuera.
—Dígame una cosa, ¿cuál creía que sería la reacción de Álvaro cuando se enterara de que Fran era su nuevo socio?
—No soy estúpida, señoría. Sabía que se enfadaría. Pero él tampoco era tonto, era la única opción. Acabaría por entenderlo.
—¿Y dónde está el dinero? La escritura no ha ido al registro ni aparece en los libros de la sociedad, pero el dinero tampoco está en el banco.
—Para el registro tenemos plazo y el dinero está en una cuenta de la sociedad, en un banco digital.
—¿Álvaro conocía la existencia de esa cuenta?
—No. La abrí yo. Soy administradora de la sociedad y puedo hacerlo. La he usado para ir pagando lo más urgente.
Inmaculada, indignada con los apaños de Cayetana, le dijo que se podía marchar. En realidad, estaba furiosa consigo misma. Tenía que conseguir, de una vez, algo que la incriminara.
—Citaremos para mañana a Juan Carlos —comentó a Julián—. Quiero conocer su versión.
—De acuerdo. ¿Por qué no nos vamos a dar una vuelta? Necesitas salir de aquí. Has tenido un día muy difícil. Vamos a Las Navas. Está un poco más lejos, pero hay un par de restaurantes buenos. Conduzco yo —dijo para convencerla, sabiendo que ella odiaba conducir de noche.
El restaurante mexicano era íntimo y agradable. Inmaculada se fue poniendo de buen humor poco a poco, como siempre que estaba con Julián. Acabaron contándose historias del colegio y de sus primeras fiestas, riéndose de los terribles problemas a los que uno tiene que enfrentarse a los trece años.
En algún momento de la cena se entrelazaron las manos, y él, incluso, le hizo una caricia en el pelo. Parecía no importarle que alguien pudiera verles. Ella lo consideró todo un progreso.
Tras la cena, ya en la calle, Julián la atrajo hacia sí, le cogió con ternura la cara entre sus dos manos y la besó en los labios.
Inmaculada cerró los ojos y entonces él se giró bruscamente para colocarse de espaldas a la calzada, la sujetó fuerte por la cintura para que girara ella también, como si se tratara de un baile, y, a la vez, la empujó un poco hacia atrás para esconderse los dos en el portalito del restaurante.
Ella casi se cae al subir de espaldas el escalón con los tacones, pero no le dio tiempo a protestar porque él, tapando con su cuerpo el de la jueza, le susurró:
—Mira con disimulo la entrada del pub de enfrente.
Inmaculada se quedó pasmada al ver que, en la puerta de aquel pub , Mariola y David se besaban abrazados.