Segundas intenciones CAPÍTULO NUEVE. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
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CAPÍTULO NUEVE. SEPTIEMBRE DE 2006. #2

—Hola, cariño —le contestó Luis con una voz tan ronca que parecía de ultratumba.

—¿Qué te pasa? —dijo ella alarmada.

—Tengo catarro. Estoy fatal.

—¿Estás en la cama?

—Sí, claro, ha dicho el médico que no me puedo levantar.

Inmaculada no conocía a ninguna persona joven que fuera al médico por un catarro, pero, para no parecer crítica, se abstuvo de comentárselo.

—¿Tienes fiebre?

—Hoy no. Ayer estuve con treinta y ocho todo el día. Quiero que vengas y me cuides, que te quedes a mi lado.

—Ya, ya me gustaría, pero tengo el caso de asesinato que te conté y no puedo moverme.

—¿Has hablado con mi madre?

—Hoy no, ¿por?

—Creo que te quiere comentar algo de los trajecitos de los niños que llevan las arras. Ha dicho que tienen que ir vestidos de pajes.

—¿De pajes?— Inmaculada puso los ojos en blanco.

—Bueno, yo no valgo para esto. Le he dicho que te ocuparías tú. No te importa, ¿verdad?

—Claro que no —mintió ella— luego la llamo —volvió a mentir—. Cuídate mucho y cuando estés un poquito mejor me llamas. Un beso.

—Te quiero mucho.

—Y yo.

Colgó con más alivio que remordimiento: decirle que anulas la boda a alguien enfermo es una canallada.

Julián, en su despacho, llamó a Peabody. Solo quería ser amable y comprobar que estaba bien. Después de tantos años juntos, le importaba de verdad y le pareció que llamarla era lo más natural.

Ella no contestó, le mandó un sms: «No me llames. Estoy en Caimán. ¿No lees las noticias?».

Lo cierto era que los últimos días no se había enterado de nada de lo que pasaba en el mundo.

Abrió el diario inglés on line al que estaba suscrito y se quedó helado: Subrepticious había golpeado de nuevo.

Esta vez entrando en el ordenador de un banco de las Islas Caimán y recaudando impuestos por su cuenta.

Había transferido a favor del fisco el diez por ciento del dinero de los ciudadanos de nacionalidad británica.

Luego pasó por el despacho de la jueza y la encontró recogiendo. Vio que tachaba algo de una lista mientras se colgaba el bolso del hombro. Decidieron comer en el bar de al lado porque tenían demasiadas cosas que hacer.

Se sentaron en una mesita junto a la tele sin volumen, pero, al ver las imágenes, Julián pidió a la camarera que lo subiera un poco.

En Londres y otras ciudades del Reino Unido había marchas y manifestaciones en favor de Subrepticious.

Alguno de los manifestantes declaraba ante las cámaras que era una vergüenza que tuviera que ser un ciudadano el que arreglara lo que no era capaz de afrontar el gobierno y, encima, lo consideraran un delincuente.

Luego aparecieron unos jardines que Julián reconoció de inmediato: era el campus de la universidad de Oxford.

El presentador hablaba de graves disturbios y  se veía una auténtica batalla campal entre la policía, que intentaba entrar en un edificio, y una multitud que le cerraba el paso.

Una voz en off explicaba que las fuerzas policiales tenían la misión de requisar los ordenadores.

Se hablaba de más de doscientos heridos.

Volvieron rápido para la declaración de Fran, que, sin pudor, les hizo esperar casi veinte minutos.

Hasta el escueto «Buenas tardes» que dijo al entrar sonó hostil. Se sentó y con bastante parsimonia se dedicó a colocarse bien las perneras de los pantalones que, al parecer, se le habían quedado algo arrugadas. Luego se acomodó bien en la silla y, levantando la cabeza con aire desafiante, dijo:

—Usted dirá.

Ella había preparado un interrogatorio diseñado para detectar incoherencias: lo esencial ya lo sabía, ahora quería oír la versión de Fran y, sobre todo, detalles nuevos. Era ahí donde podría surgir alguna contradicción interesante.

—Varios testigos le vieron cenar en el restaurante del balneario la noche que murió Álvaro.

—No sabía que eso fuera un delito —respondió Fran sarcástico.

—Explique por favor a qué hora llegó, a qué hora se marchó y con quién estuvo allí.

—Llegué sobre las diez menos cuarto, me fui sobre las once y cené con unos clientes.

—¿Cuándo decidió cenar en el balneario?

—Esa misma tarde. Estuve con esos clientes enseñándoles unos adosados y los llevé a Cardona para que conocieran un poco más la zona.

—¿Suele trabajar usted los domingos?

—Sí, señoría. Los domingos y los días que haga falta. La gente de fuera no suele venir entre semana.

—¿Conoce al personal del restaurante?

—Sí, de vista.

—¿Tiene relación personal o familiar con alguno?

—No. Ya le he dicho que solo los conozco de vista. Sé que el encargado se llama Pascual.

—¿Sabía usted que Álvaro iba a cenar allí esa noche?

—No, no acostumbraba a comunicarme sus planes.

—Los testigos han declarado que se acercó a la mesa de Álvaro y estuvo charlando un rato con él y las personas que lo acompañaban.

—Así es. Los conocía a todos. Creo que saludarlos es lo normal.

—¿De qué hablaron?

—No me acuerdo.

—Intente hacer memoria, es importante.

—No entiendo que pueda ser importante esa gilipollez, la verdad.

Más bien creo que en este juzgado pierden bastante el tiempo.

¿De qué hablamos? No sé, ¿qué quiere que le diga?

Les contaría un chiste. Mire, ¿por qué no me pregunta de una vez si yo maté a Álvaro?

A eso he venido, ¿no? Y yo le contesto: no, señoría, yo no maté a Álvaro. Así ahorramos tiempo.

El ataque la enfureció. Para serenarse se quedó un rato callada, escribiendo en su bloc de notas.

En realidad, no tenía nada que anotar, pero no podía permitir que Fran le faltara al respeto.

Estuvo a punto de escribir «este tipo es un cretino», pero no se atrevió, aún sabiendo que era imposible que nadie leyera nunca aquellas notas.

Debía de ser algún trauma que le dejaron las monjas.

Al cabo de unos minutos, continuó:

—Tengo entendido que tuvo usted un altercado con la víctima, a raíz de la venta de un solar.

—Ya le han venido con el cuento —contestó Fran, negando con la cabeza y haciendo un amago de risa, como si se tratara de un episodio absurdo—.

Fue hace años y, por si quiere saberlo, no fue la única vez que Álvaro y yo chocamos.

Se lo digo por si alguien viene a contarle más chismes.

Pero todo eso es agua pasada, últimamente estábamos limando asperezas —dijo complacido.

A ella le sorprendió, hasta ese momento nadie había mencionado un acercamiento entre los dos hombres.

—Explíquese —le dijo.

—Pues eso —dijo evidentemente esquivo—, llega un momento en el que comprendes que no tiene sentido malgastar energías.

—¿Puede concretar un poco más? —preguntó irritada.

—Bueno, Álvaro se hartó de hacerme la puñeta y, como andaba necesitado de dinero, me aceptó como socio.

—¿Usted, accionista en la sociedad de Álvaro? Explíquemelo por favor.

—No hay más que explicar, es lo que le he dicho. En agosto firmamos las escrituras.

—La mala relación entre usted y la víctima era notoria. Todos los testigos lo han confirmado. ¿Me está diciendo que Álvaro cambió de opinión de la noche a la mañana y así, sin más, se convirtieron en socios?

—Mire, como comprenderá, yo no sé nada de los sentimientos de Álvaro ni voy a pretender adivinarlos.

Para mí, su motivación era muy clara: necesitaba la pasta.

No podía pedir más a los bancos, tenía el crédito agotado, así que acudió a mí.

Al margen de nuestras diferencias, me respetaba como empresario.

Sabía que juntos podíamos hacer grandes cosas.

—¿Todo esto se lo explicó Álvaro en persona?

—No, yo trataba con Cayetana.

—¿Y fue ella la que le dijo que Álvaro quería asociarse con usted y todas esas cosas?

—Sí, así es.

—¿Nunca lo habló con él directamente? ¿Ni siquiera cuando firmaron las escrituras?

—No, ya le he dicho que hablé todo con Cayetana. Hice el ingreso, firmamos unos papeles en su despacho y luego fui con ella a la notaría. Para mí era arriesgado, no se crea. Invertí mucho dinero, pero también es cierto que las expectativas eran muy buenas.

—¿Tiene usted copia de la escritura?

—Sí, me parece que sí.

—Pues haga el favor de presentarla en este juzgado lo antes posible. Ya hemos terminado. Puede marcharse.

Fran se levantó, mucho más relajado que a su llegada, dijo otra vez «buenas tardes» y se marchó.

La escritura estaba fechada a mediados de agosto. Inmaculada fue leyendo en voz alta, despacio, casi absorbiendo las palabras. Fran no les había mentido: era un aumento de capital de un veinticinco por ciento suscrito íntegramente por él.

—Es imposible que don Álvaro haya firmado esto —aseguró Ramírez categórico.

Volvieron al principio y vieron que, en efecto, Álvaro no aparecía por ningún lado: lo había firmado Cayetana.