Segundas intenciones CAPÍTULO NUEVE. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO NUEVE. SEPTIEMBRE DE 2006.

JUEVES

Inmaculada se despertó y vio que Julián ya se había marchado.

Había salido tan sigilosamente que ella no se había enterado.

Volvió a cerrar los ojos para remolonear cinco minutos más, pero se le fue quitando el sueño repasando los detalles de la fantástica noche juntos.

Entre esos pensamientos también se fue colando la lista de cosas que tenía que hacer aquella mañana y con eso se espabiló del todo.

Se duchó y vistió canturreando .. .sin complejos ni temores, canto rumbas de colores..

. Eligió unos zapatos de salón de tacón alto que casi nunca se ponía.

Creía que los tacones, además de incómodos, no solo no disimulaban su escasa estatura, sino que la destacaban.

Pero esa mañana le apetecía lucirlos para estrenar el vestido entallado que había comprado el finde.

Pensó que le hacían unas piernas preciosas.

Luego se aplicó un poco de rímel, colorete y brillo en los labios.

Subió la cuesta hasta el juzgado escuchando el repiqueteo de sus pasos sobre el empedrado, complacida con el andar elegante al que la obligaban los zapatos.

Vio que le daba tiempo a tomar un café y entró en el bar de la plaza, contemplando de pasada un instante su imagen reflejada en la cristalera.

En cuanto abrió la puerta cesó el glamur porque el olor a fritos le llegó como una bofetada, pero a ella no le hizo perder la sonrisa.

Estaba lleno de gente y casi todos la saludaron con familiaridad.

Ella les devolvió el saludo muy risueña y le preguntó a la camarera por su padre, que también solía atender el bar, pero Inmaculada hacía tiempo que no lo veía.

La chica le dio una complicada explicación sobre unas operaciones que no comprendió del todo y, al pagar, le deseó que se mejorara.

Encontró sobre la mesa de su despacho las recetas de los somníferos.

La primera era de un médico desconocido.

En la segunda reconoció el nombre y apellidos de don Miguel.

Descolgó el teléfono para llamarle y comprobar si era auténtica, pero tuvo que volver a colgar porque entraron Julián y el fiscal acompañando a Ana.

Julián se las ingenió para dedicarle una sonrisa cariñosa sin que nadie advirtiera nada.

Luego ocupó el escritorio auxiliar para transcribir la declaración supliendo, una vez más, al inexistente administrativo encargado de esa labor.

La escasez de personal en aquel juzgado era digna de salir en los periódicos... pero, a veces, jugaba a favor.

La jueza preguntó a Ana, sin preámbulos, por la compra del medicamento.

—Sí, tomo esos tranquilizantes —admitió sin dudar—.

Verá, yo últimamente lo he pasado muy mal.

Primero, la muerte de Lola y, luego, ¡no sabe las cosas que han llegado a decir de mí desde que se supo que estaba con Álvaro!

—Hizo una pequeña pausa—. La gente es muy cruel.

Lo he soportado todo porque lo quería, pero ha sido un calvario.

Inmaculada la escuchaba en silencio dejando que se desahogara, aunque estaba deseando que fuera al grano.

—Un día estuve hablando con Marina, la oficial de la notaría, y, no me pregunte qué me dijo, pero después me sentía mucho más animada.

Fue como si me abriera los ojos. Me convenció de que la terapia ayuda.

No hace falta estar loco; en realidad, mucha gente normal va para sobrellevar mejor los problemas.

Me recomendó al doctor Miñano, que es un psiquiatra buenísimo, lo único es que tiene la consulta en Cádiz.

Voy dos veces por semana y es él quien me ha mandado la medicación.

Había mejorado mucho… —Ana se calló de golpe y se secó unas lágrimas.

Inmaculada pensó que parecía ya saturada de llorar: lo hacía completamente silenciosa, sin aspavientos, como si fuera algo habitual.

—¿Es esta la receta que le dio el doctor Miñano? —le preguntó cuando se calmó un poco, mostrándole el papel.

Ana lo leyó sin mucha atención y respondió:

—Sí. Creo que sí.

—¿Y esta otra de don Miguel?

—Sí. Compré una caja, pero, no sé cómo, la perdí. No me daba tiempo a ir a Cádiz a por otra receta, así que se lo expliqué a don Miguel y me la firmó él.

Inmaculada se quedó callada unos instantes y Ana aprovechó para decirle:

—Perdone, señoría, ¿qué tiene que ver todo esto de las pastillas con la muerte de Álvaro? Creía que le habían vaciado el líquido de frenos.

—Lo siento, no puedo revelar datos de la investigación —dijo con su tono más amable. Lo último que quería era incomodar a aquella pobre mujer, que bastante había sufrido ya.

—Bueno, pero, por si le sirve de algo, Álvaro no tomaba estas pastillas. Tomaba orfidal por la noche.

Inmaculada le agradeció su ayuda y, cuando la testigo salía, igual que en su última visita, Sarah aprovechó para colarse dentro del despacho.

La jueza estuvo a punto de echarla, pero el fiscal le hizo un medio guiño que venía a significar: no perdemos nada por escucharla.

Inmaculada miró la hora en la pantalla del ordenador y acabó por invitarla a sentarse con un ademán.

—Buenos días, señoría —dijo muy prudente, parecía haber captado su rechazo—. ¿Me permite hablar con usted un momento? Sé que está muy ocupada y le aseguro que no la entretendré mucho.

—Dígame —contestó ella, seca, aunque algo ablandada por la cortesía de Sarah.

—Sé que usted es escéptica respecto al conocimiento extrasensorial y lo respeto, es lo que sucede con las mentes racionales y científicas…

A Inmaculada no le hacía ninguna gracia el camino que estaba tomando la conversación y estaba harta de tanto empalago. Le lanzó una mirada de advertencia.

—Bien, concretando —dijo Sarah— sé que el asesino de Álvaro es un hombre.

—Perdone, ¿cómo ha dicho?

—Sí, señoría. Sin lugar a dudas. No voy a explicarle cómo lo he averiguado porque no me creería; pero, si lo piensa bien, es evidente.

—¿Está usted hablando en calidad de policía o de médium?

—Eso es lo de menos. Es evidente por dos motivos: el arma y la falta de precisión.

Si una mujer tiene que elegir un arma, utilizará preferentemente veneno o un arma de fuego.

Como mucho, un arma blanca. Pero el coche no es una opción.

Es un símbolo fálico, no está en el catálogo de posibilidades que el subconsciente ofrece a una mujer.

—¿Considera que esos medios son más femeninos?

—Un cuchillo es un objeto familiar; las armas de fuego tienen que ver con la destreza, no con la fuerza; y el veneno porque, en definitiva, todo lo nutricional está relacionado con la mujer.

La jueza la escuchaba incrédula, pero no la interrumpió.

—El segundo motivo es la incertidumbre —continuó Sarah—. Un accidente es algo impredecible. Álvaro podría haber sobrevivido y quedar, simplemente, malherido. Las mujeres cuando cometen crímenes se aseguran del resultado.

—Mire, sé que intenta ayudar a su amiga Ana, pero le agradecería que no viniera más a contarme sus teorías ni sus percepciones.

—De acuerdo. Le aseguro que mi intención es solo colaborar, pero no la molestaré más —dijo Sarah levantándose. No parecía contrariada, como si esperara esa reacción. Se despidió amablemente y salió del despacho.

En cuanto cerró la puerta, Inmaculada comentó:

—¿Qué está pasando aquí? ¿Ninguna de las dos sabe nada de los somníferos? Yo pensaba que a estas alturas lo sabría todo el pueblo.

—Hasta ahora no ha salido a relucir en ninguna declaración, igual no ha trascendido —dijo Julián.

—Yo sé lo conté abiertamente a don Miguel —dijo la jueza.

—O están haciendo teatro —dijo el fiscal.

—Sí es así, lo han planeado bien —dijo Inmaculada—. Sarah ha reforzado la apariencia de inocencia de Ana, hablando de que una mujer habría usado veneno y se habría asegurado del resultado.

—Para que pensemos que, si conociera los hechos, jamás diría eso —dijo Julián terminando el razonamiento.

—O igual es cierto —dijo ella—. Lo importante es que la explicación de Ana ha sido completamente coherente. No veo base para detenerla.

—Y además piensas que no ha sido ella, ¿verdad? —sugirió el fiscal.

—No sé —se quedó un instante pensativa— bueno, sí, me inclino por creer en su inocencia. De las tres sospechosas principales es la única que parece destrozada por la muerte de Álvaro. Un sufrimiento así es difícil de fingir.

El fiscal lo aceptó sin discutir y salió del despacho.

—La que no me inspira ninguna confianza es Sarah —comentó Inmaculada a Julián—.

No me cabe en la cabeza que una persona que ha pasado años en Scotland Yard pueda venir a un juzgado con estos cuentos y pretender que la tomemos en serio.

Pero no es tonta. Me da la impresión de que es todo una farsa, ni ella misma se lo cree.

Solo quiere distraernos cada vez que citamos a Ana. Y nos ha hecho perder un buen rato.

—No te creas. A mí me parece que es tremendamente ególatra. Probablemente en sus fantasías se siente muy poderosa por ayudar a resolver el crimen con sus dotes paranormales —dijo mientras se levantaba e iba hacia la puerta—. Si me necesitas, estoy en mi despacho. ¿Comemos juntos?

Inmaculada volvió a mirar la hora y contestó:

—Sí. Dame veinte minutos.

Cuando Julián cerró la puerta, Inmaculada pensó que no podía retrasar por más tiempo la conversación que tenía pendiente con Luis, aunque en el ranking de cosas que no le apetecía hacer esa fuera la primera.

Sacó decidida el móvil del bolso, pero se acordó de que antes tenía que llamar al médico.

Marcó el número del centro de salud y preguntó por don Miguel.

Él la atendió tan amable como siempre y le dijo que no hacía falta que le llevara la receta: sabía que era auténtica. Se acordaba perfectamente de la consulta de Ana.

—No sabes la cantidad de gente que toma tranquilizantes, somos una sociedad que está de los nervios —dijo a modo de despedida.

Era justo lo que ella pensaba, esas pastillas estaban al alcance de cualquiera.

Colgó y seleccionó el nombre de Luis en la agenda.