Segundas intenciones CAPÍTULO OCHO. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
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CAPÍTULO OCHO. SEPTIEMBRE DE 2006. #3

—Lo de don Álvaro y Fran no era enemistad —comenzó Ramírez—, era rivalidad.

Eran clavaditos. Los dos habían progresado en la vida mucho más allá de lo previsible y los dos lo hicieron gracias a su talento.

Don Álvaro, que en paz descanse, venía ya de familia acomodada.

Su abuelo y su padre eran comerciantes e hicieron mucho dinero con un almacén de distribución de materiales.

Álvaro se crio en una casa de ricos, con comodidades, y pudo estudiar.

Podía haber seguido perfectamente en la empresa de su padre, sin grandes preocupaciones, y heredarla un buen día.

Pero él prefirió crear su propio negocio y se convirtió en una de las personas más poderosas de este pueblo; no sabe la cantidad de familias que dependen de su fábrica.

Fran, en cambio era hijo de un jornalero, gente muy humilde.

Ni siquiera acabó la escuela porque tenía que trabajar para llevar dinero a casa.

Pero era muy espabilado, desde crío, y enseguida se las ingenió para dejar de recoger aceitunas y meterse en la construcción.

Empezó de peón, claro; era un chavalillo.

Pero fue ascendiendo y, ya lo ve, ahora tiene su propia constructora.

Inmaculada le escuchaba sin interrumpirle, solo asentía de vez en cuando. El sargento Ramírez era una fuente de información que no podía desaprovechar, conocía la historia de todos los habitantes del pueblo y a ella le parecía anticuado pero cabal en sus juicios.

—Si le preguntara usted a un familiar o amigo de don Álvaro —siguió Ramírez— seguro que le diría que Fran le tenía envidia, que siempre quiso juntarse con Álvaro, primero para medrar y luego, cuando ya consiguió situarse, para formar parte de, cómo le diría...

—dudó un instante— de la élite del pueblo.

—La familia de Mariola también forma parte de esa élite, ¿verdad?

—Son los peores —dijo Ramírez— como si fueran los reyes y los demás su corte. Pero, como le iba diciendo, si le preguntara a alguien cercano a Fran, apuesto a que le diría que el envidioso era Álvaro.

—Pero ¿qué tiene Fran que Álvaro pudiera envidiar?

—Valor, doña Inmaculada. Álvaro siempre ha tenido mucho respaldo, primero de su padre y luego del dinero de la familia de doña Mariola.

No es que él no lo hiciera bien, claro que lo hizo, pero es como jugar con ventaja.

Si Fran hubiera tenido esos recursos no tendría una constructora, sino una multinacional, y don Álvaro lo sabía.

—¿Y para qué iba a querer Álvaro competir con Fran? —preguntó Inmaculada. Esta última parte no llegaba a convencerla del todo.

—Eso es lo que hacen los machos alfa, señoría, competir para dominar el territorio —concluyó Ramírez, como si fuera la explicación más evidente.

La jueza se quedó algo sorprendida con esa última afirmación, pero no dijo nada porque les interrumpió la llegada del hijo de Ramírez.

Aunque había llamado antes de abrir la puerta, al ver a su padre sentado frente a Inmaculada, volvió a cerrar enseguida como si hubiera presenciado algo que no debiera y Ramírez tuvo que levantarse para salir a buscarlo.

Entró de nuevo, pidiendo disculpas, sin parar quieto un instante, impaciente por contarle lo que había descubierto.

—Fue Ana la que compró las pastillas, señoría.

—Se acercó a ella para enseñarle un listado donde aparecía señalado dos veces con rotulador fosforescente el nombre de Ana Abril—.

He repasado los listados de todas las farmacias en un radio de cien kilómetros.

Un montón de gente toma eso para dormir.

Hay muchos nombres conocidos en la lista, pero, relacionados con este caso, solo ella.

Compró dos cajas, una el miércoles y otra el viernes.

Me refiero a la semana anterior al asesinato, claro.

Inmaculada leyó varias veces el nombre que destacaba sobre los demás, que no le decían nada.

—¿Estás seguro de que no aparece nadie más del círculo de Álvaro?

—Segurísimo, señoría. Después de encontrarlo, he comprobado los números de  la Seguridad Social de Cayetana, Mariola, César, David y Juan Carlos y no hay coincidencias. Lo he hecho al final porque ese programa tarda siglos.

—Vale, bien hecho —le felicitó—. Pero, por si acaso, coteja también el de Fran. ¡Ah! Y el de Gonzalo.

—¿El hermano de don Álvaro?, no se si podré localizar su número.

—Inténtalo. Es solo por asegurarnos. Y hay que pedir a la farmacia las recetas con las que se compró el somnífero.

Los dos hombres salieron del despacho y ella vio que era un poco tarde para llamar a la compañía de seguros, pero tampoco perdía nada por intentarlo.

La atendió un señor muy amable que, cuando se dio cuenta de quién era el titular de la póliza en cuestión, enseguida expresó su pesar por el fallecimiento de don Álvaro.

A ella le sorprendió. Pensaba que ese tipo de tramitaciones eran más impersonales, pero estaba equivocada.

El agente conocía al cliente y estaba completamente seguro de que hasta aquel momento nadie había iniciado gestión alguna para el cobro.

Solo se había puesto en contacto con ellos el fiscal y ya le habían remitido hace días copia de la póliza.

En cualquier caso, al tratarse de unas circunstancias como aquellas, el procedimiento exigía que no se abonara cantidad alguna hasta el esclarecimiento de los hechos.

Le dio las gracias y colgó.

Todavía le dio tiempo aquella tarde a leer parte de los papeles de Álvaro que aún tenía pendientes.

Escogió los relativos al divorcio. La mayoría eran mensajes entre Álvaro y Juan Carlos que coincidían con el curso de las negociaciones y acuerdos que se habían ido adoptando en las sucesivas vistas.

En ninguno se mencionaba el préstamo. Los guardó en una carpeta de plástico, con su etiqueta, y la metió en el enorme armario ropero de su despacho donde guardaba las pruebas.

Ya solo le quedaba uno de los montones, el titulado «varios», y volvió a enfrascarse en su lectura.

A última hora subieron Julián y el fiscal. Ella empezó a contarles la novedad sobre la compra de las pastillas, pero la interrumpieron:

—Ya, ya me han dicho. He estado hace un momento en la primera planta y el hijo de Ramírez está como loco con el descubrimiento —dijo Julián.

—No sé qué opinas, yo creo que tenemos material suficiente para practicar la detención —dijo el fiscal en tono exigente.

—¿Detener a Ana? —preguntó ella—. De ninguna manera. Esas pastillas las puede conseguir cualquiera, si no es en una farmacia, en Internet. No la hemos situado en la escena y su motivación no está nada clara.

—El seguro es muy goloso —insistió el fiscal.

—Si fuera tan normal matar al hombre de tu vida por un seguro, no existirían los seguros —le respondió ella tajante—. La citaremos mañana para que se explique.

El fiscal salió del despacho con aire molesto.

—También hay que citar a Fran —le dijo a Julián—. Daría lo que fuera por no tener que hablar con él, la verdad, pero no queda más remedio.

—Te entiendo —dijo él—. No te preocupes, no creo que vaya a ser peor que lo de esta mañana. Preparo las citaciones en un momento.

—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó en un tono mucho más dulce.

—Por mí encantado. ¿Vamos a Cardona?

—Estaba pensando más bien, cenar en casa. El sábado compré un montón de exquisiteces en Cádiz, incluso vino —dijo sonriéndole.

—Vale, pues en cuanto termine voy para allá.

«Otra vez sugería de manera sutil que no fueran juntos», pensó ella. «No quería que se supiera lo suyo, luego Peabody seguía ahí».

Todos los recelos se diluyeron como el hielo de la única coca-cola de la cena.

Luego prefirió compartir con Julián una copa de vino.

Tras el picoteo comenzaron un juego cariñoso en el sofá, demasiado estrecho para los dos, por lo que se dejaron caer poco a poco resbalando suavemente hasta la alfombra.

Rodaron por el suelo entre besos y caricias.

Sabor de amor. Apremiados por el deseo, excitados, eufóricos.

Todo me sabe a ti. Se desnudaron el uno al otro para sentir piel con piel.

Comerte sería un placer porque nada me gusta más que tú.

S e derritieron con el suave vaivén de sus caderas y acompasaron sus ritmos, bésame con frenesí, hasta llegar a un orgasmo frenético y liberador, puro placer.

Y todavía entonces se siguieron buscando con los ojos, como si quisieran estar seguros de que sí, eran ellos los que acababan de hacer el amor. Más besos.

Inmaculada, antes de quedarse dormida abrazada a Julián, no tuvo ninguna duda sobre sus sentimientos.  Hablaría con Luis, aclararía todo y cancelaría la boda. En ese pueblo la habían recibido con los brazos abiertos, pensaba quedarse mucho tiempo.

A las 2:35 sonó el pitido de mensaje en su móvil. Lo cogió de la mesilla tanteando para encontrarlo sin encender la luz y leyó: «Fran y Gonzalo no están en el listado. He creído conveniente informarle cuanto antes».

Verdaderamente, el chico estaba entusiasmado.