CAPÍTULO OCHO. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
Juan Carlos fulminó con la mirada a la gerente, que permaneció callada unos instantes. Inmaculada estaba segura de que estaba dudando si negar la acusación o admitirla, pero no hizo ninguna de las dos cosas.
—Negocié directamente, no a espaldas de Álvaro.
Él me había autorizado a hacerlo. Tiene que entender que la economista soy yo, él confiaba en mí y sabía que mi lealtad es absoluta.
Nunca haría nada para perjudicar a la empresa, me va mucho en ello.
Como he dicho antes, yo también hipotequé mi propia casa para que nos concedieran el préstamo.
Inmaculada pensó que debería dedicarse a la política. Era especialista en salir del paso con medias verdades; hablar y no decir nada.
—Eso no es del todo exacto —puntualizó Juan Carlos dirigiéndose a Cayetana.
Parecía verdaderamente furioso—. Es evidente que Álvaro confiaba en ti, pues de lo contrario no te hubiera dado tanto poder.
Pero sabes perfectamente que no estaba de acuerdo en arriesgar tanto.
Fuiste tú quien le convenció para embarcarnos en el asunto de los chinos, aunque nos endeudáramos hasta las cejas.
Y no quiero ni saber en qué consiste esa rebaja que ha mencionado su señoría.
—Entonces —dijo Inmaculada a Cayetana, que ante las acusaciones de Juan Carlos se había encogido— ¿niega usted que el futuro de la fábrica esté ligado a ese contrato?
Entienda, antes de contestar, las implicaciones de su respuesta: Álvaro ha sido asesinado en plena negociación.
Tenemos que valorar su relevancia como móvil del crimen.
—Admito que en estos momentos sí dependemos de esa venta —dijo Cayetana cautelosa— pero si se malograra encontraríamos la forma de salir adelante. Siempre lo hemos hecho. Y, en cualquier caso, la negociación sigue en marcha. La muerte de Álvaro no es un obstáculo.
—¿Quizá el obstáculo era el propio Álvaro? —intervino el fiscal por primera vez.
—¿Qué insinúa? —contestó Cayetana furiosa— ¿Otra vez la teoría conspiranoica de que yo quería quedarme con la fábrica?
Miren, yo he venido aquí a responder a sus preguntas sobre la situación financiera de la empresa en calidad de gerente, no a que nadie me acuse de nada, y menos de asesinato.
Si es así, exijo la presencia de mi abogado.
—No se preocupe —dijo Inmaculada en tono conciliador— ya hemos terminado.
Cayetana se levantó y salió de la sala con aire ofendido, sin decir nada. Los demás también se fueron levantando y se despidieron educadamente antes de marcharse.
Julián cerró la puerta y, con gesto más relajado, volvió a sentarse con el fiscal y la jueza.
—Menuda jaula de grillos —comentó— yo ya no sé quién miente y quién dice la verdad.
—Más de uno está jugando a dos bandas. Creo que solo nos podemos fiar de César.
No sé qué se traen entre manos David y Cayetana, algo ocultan.
Y, sea lo que sea, los otros no lo saben —dijo Inmaculada.
Lo que en realidad pensaba era que deberían incluir a David en la lista de sospechosos, pero, consciente de su antipatía hacia él, prefería no decir nada hasta tener más datos.
—¿Y Mariola? —preguntó Julián.
—Ha dicho que no sabía nada del préstamo, pero ha obedecido como un corderito y se ha callado cuando se lo ha mandado David —dijo el fiscal.
—Sí, para sorpresa de César —añadió Inmaculada—. ¿Creéis que podría ser alguno de ellos quien nos manda los anónimos?
Julián, tras pensarlo unos instantes, empezó a repasar las posibilidades:
—Si descartamos a Cayetana, porque van contra ella, y a César, que es un hombre honrado, lo conozco desde hace años y sé que no es su estilo, nos quedan tres posibilidades: Juan Carlos, David y Mariola.
—Juan Carlos podría querer destapar los tejemanejes de Cayetana, pero nunca sacar a la luz la delicada situación de la empresa —dijo Inmaculada—. Creo que era eso precisamente lo que nos ocultaba en su primera declaración.
—Sí, es lógico que no les interese que, en plena negociación, se sepa que están con el agua al cuello —dijo el fiscal.
—David tampoco creo que sea, no tiene sentido que nos informe sobre su relación sentimental con Cayetana —siguió Julián.
—Bueno, él es soltero, no tiene nada que perder. Ella dijo que esa relación se había terminado, y, por lo que vimos el día del funeral, no debió de terminar muy bien. Podría ser para vengarse de ella —dijo el fiscal.
—No. Hoy estaban en el mismo bando —aseguró Inmaculada—. A no ser que se la esté jugando a sus espaldas. Y a Mariola no la creo capaz, la verdad. No por buena voluntad, desde luego, sino porque no me la imagino yendo a mi casa con sus tacones a deslizar un anónimo por debajo de la puerta.
—Sea quien sea, yo sigo pensando lo que he dicho antes —dijo el fiscal—.
Si hay un móvil económico en este asesinato, no es para hacer fracasar la negociación y hundir la empresa.
En todo caso, para sacarla adelante contra la oposición de Álvaro; seguramente él era un freno a la ambición de Cayetana.
Pero como ella no es accionista, toda esa estrategia solo tiene sentido en connivencia con Mariola.
Se quedaron barajando las opciones un rato más, hasta que se dieron cuenta de que era tardísimo. Inmaculada y el fiscal decidieron salir a comer algo, pero Julián dijo que tenía cosas pendientes y prefería quedarse.
Por las escaleras, cada uno consultó su móvil. Inmaculada vio un mensaje de Mariví. Era escueto y, por suerte, no exigía respuesta: «Lo del fotógrafo, solucionado».
Julián leyó un mensaje de Tomás: «Lo he clavado. Gracias, tío».
«Habrá que celebrarlo», contestó ya en su despacho.
«Mejor cuando salga la nota. Celebrar antes de tiempo trae mal fario».
Sonrió, pero estaba agobiado pensando en otra cosa.
Sabía que debía llamar a Peabody. Nunca le había sucedido nada igual, tener que elegir entre dos mujeres.
Bien mirado, debería sentirse afortunado; en otra época hubiera dado cualquier cosa por que cualquiera de las dos le mirara a la cara.
Y, sin embargo, el doble juego le revolvía el estómago.
Él no quería volverse así. Tomás tenía razón, había que coger el toro por los cuernos y tomar una decisión.
Además de engañar a Peabody, estaba engañándose a sí mismo: nunca iba a atreverse a romper con todo para vivir en Oxford.
Se conectó a Skype, tenía que hacerlo ya.
Peabody pasó por varias reacciones sucesivas: primero dijo que se lo esperaba, había estado muy distante y raro los últimos días; luego se echó a llorar y le rogó que se lo pensara bien, que no era necesario que se trasladara a Oxford, podían seguir como hasta entonces; un poco después se enfureció y le gritó toda clase de reproches asegurando que estaría mucho mejor sin él, un egoísta que solo pensaba en sí mismo; y, al final, se dio por vencida.
Justo antes de desconectar, lloraba en silencio, sin aspavientos.
Esto último fue lo que más conmovió a Julián, que apagó el ordenador con la sensación de ser un miserable.
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Inmaculada volvió a su despacho después de comer y enseguida subió Ramírez a presentarle los informes sobre los empleados del balneario.
Había comenzado por investigar a los que estaban en el turno de aquella noche. Eran en total siete personas: una cocinera, dos ayudantes de cocina, el encargado y tres camareros. Todos eran empleados fijos y llevaban más de un año trabajando allí.
—El director me ha explicado que, aunque el balneario pertenece a una cadena de hoteles multinacional, su modus operandi en la política de recursos humanos es actuar como una empresa familiar.
Las vacantes se cubren con familiares o allegados de los empleados.
Dice que tienen comprobado que a la larga es rentable porque se crea un ambiente de trabajo más agradable —contó Ramírez, asintiendo de vez en cuando con la cabeza.
A ella le hizo gracia observar lo complacido que parecía con esa forma de proceder, aunque el asunto no tuviera nada que ver con él.
—Hemos comprobado —siguió diciendo Ramírez— que ninguno tiene antecedentes y, por si acaso, su situación económica.
No nadan en la abundancia: sus salarios son, en realidad, bastante reducidos para la cantidad de horas que meten.
Y el que no tiene críos tiene una hipoteca que pagar.
Pero en sus cuentas bancarias no se detecta ningún ingreso extraordinario en los dos últimos meses.
—¿Y relaciones con la víctima?
—Ninguna directa. Si nos vamos a parientes y amigos, seguro que encontramos un montón entre los trabajadores de la fábrica de don Álvaro. He investigado en especial si había alguna conexión con Galán y los otros dos implicados en el hurto del cobre y no he encontrado nada.
Inmaculada le dio las gracias, pero cuando iba a marcharse le dijo:
—Sargento, por favor, una cosa más. ¿Qué me puede contar sobre la enemistad de Álvaro y Fran?
Ramírez tomó asiento en una de las butacas frente a la mesa de la jueza. Inmaculada sabía que era un gesto de confianza, pues cuando empezaron a trabajar juntos siempre se quedaba de pie para hablar con ella, y se imaginó que la historia iba para largo.