Segundas intenciones CAPÍTULO OCHO. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO OCHO. SEPTIEMBRE DE 2006.

MIÉRCOLES

Conducía muerta de sueño. Como iba con tiempo de sobra, paró por el camino a tomar un café para espabilarse. Al salir de la cafetería le sonó el móvil. Era un número oculto, pero descolgó y volvió a entrar, colocándose en un rincón para poder hablar tranquila.

—Jueza Alday, soy la inspectora Balagué. Perdone que no pudiera hablar con usted ayer, estaba en una reunión y me fue imposible.

—Lo sé, no se preocupe —dijo, restándole importancia. Conocía a la inspectora de un caso anterior y, además de considerarla muy competente, le tenía simpatía.

—Me quedé por la noche repasando la contabilidad del fallecido Muñoz Estrada. Las cuentas que tiene aprobadas la empresa son las del ejercicio anterior y está todo en orden, pero recientemente han hecho algunos movimientos arriesgados.

—¿Sí?

—Hay un préstamo para la compra de maquinaria. Por lo visto, han adquirido la tecnología más puntera en el tratamiento de la piedra artificial. Es verdad que todo el gasto está justificado, pero se han endeudado por encima de lo que se consideraría nivel de riesgo.

—¿Quiere decir que no pueden pagarlo?

—No exactamente. Seguro que esa inversión obedece a una expectativa de venta muy importante; pero si no se cumpliera, la fábrica enseguida derivaría a problemas de liquidez y podría llegar a quebrar.

Necesitan facturar entre el doble y el triple del volumen total del año anterior, por eso es tan llamativo.

Le he mandado un pequeño resumen de todo con las cifras a su correo.

Inmaculada se lo agradeció y se despidió de ella.

A unos veinte kilómetros de su destino, se encontró con una caravana de coches parados.

Desde allí hasta el pueblo la carretera era solo de dos carriles, estrechísima y en un estado deplorable.

Muchas veces había deseado que la repararan, pero no tenía que ser precisamente esa mañana.

Salvo que se metiera en dirección contraria, era imposible dar la vuelta para coger otra ruta y además eso le obligaría a hacer muchos más kilómetros. Lo único que podía hacer era esperar.

En el juzgado, Julián no paraba de mirar impaciente su reloj esperando a la jueza. Ya estaban todos instalados en la sala de juntas: Mariola, Cayetana, Juan Carlos, César y David. El fiscal subía y bajaba de la sala al despacho de Julián, nervioso y sin saber qué hacer.

Julián pensó que había sido un acierto no convocar a Ana, allí arriba la tensión se podía cortar. No quería ni imaginarse lo que hubiera sido con ella presente. Sonó un pitido de mensaje en su móvil:

«Llego en diez minutos. Imprime el informe de Balagué de mi correo, por favor».

«¿Estás bien?», contestó.

«Sí. No te preocupes. Un beso».

«Otro para ti, guapa».

Julián se alegró de tener algo en que ocuparse para acortar la espera.

Atascada en la interminable fila de coches, Inmaculada se inquietaba cada vez más, llegando a maldecir al iluminado que había inventado el sistema del palito.

Seguro que por eso no avanzaban. Solo había visto utilizarlo en aquella zona, en la que se chiflaban en los móviles y los walkie–talkies .

Sencillamente, al último coche que dejaban pasar en un sentido le daban un palito para que se lo entregará al operario del otro extremo como señal de que podían empezar a pasar los coches en sentido contrario.

El problema era evidente: si el conductor que llevaba el palito se olvidaba de entregarlo, se quedaban parados a ambos lados...

Por fin llegó la jueza, que subió corriendo las escaleras y ocupó su sitio en la cabecera de la mesa, entre el fiscal y Julián. Viendo cómo estaba el ambiente, decidió empezar por el asunto más fácil de los que tenía que abordar.

—Les hemos convocado para tratar unas cuantas cuestiones —comenzó—. Un testigo ha informado de la presencia de Fran en el restaurante la noche de la muerte de Álvaro y nos gustaría corroborarlo.

—Sí —respondió César enseguida—. Ya ni me acordaba, pero, ahora que lo menciona, es cierto que Fran estaba en el balneario esa noche. Incluso se acercó un momentillo a nuestra mesa a saludarnos.

—¿Se sentó con ustedes? ¿Tomó algo?

—Bueno, creo recordar que tenía una copa en la mano, pero me parece que ya la traía cuando se acercó —dijo César, presionando varios dedos contra su frente, intentando hacer memoria. Luego miró a su hijo para ver si estaba de acuerdo.

—No se sentó —dijo David— se quedó de pie, apoyado en el respaldo de la silla de Álvaro.

Los demás asintieron.

—Pero, Álvaro y Fran no se llevaban bien, ¿no?

—Es una forma muy suave de expresarlo —dijo David en tono sarcástico—. Sería más exacto decir que se odiaban.

—Tuvieron un conflicto hace unos años, cuando Fran se empeñó en que Álvaro le vendiera un solar muy bueno que tenía en el centro —contó Juan Carlos—.

Le dio muchísimo la lata, lo llamaba a todas horas, pero Álvaro se hartó y lo mandó a paseo.

Fran no encajó la negativa y lo insultó una noche en público.

Álvaro pensó incluso en denunciarle, aunque al final la cosa quedó en nada.

—Se lo hubiera vendido al señor patas cortas antes que a Fran —añadió Mariola.

—¿Se refiere usted al diablo?—preguntó la jueza un poco perpleja.

—Fran tenía envidia de Álvaro —intervino David—, no soportaba su éxito social. Quería ser como él. Muchas veces hizo intentos de acercamiento para que le incluyera en su círculo. Pero Álvaro no lo tragaba, le consideraba un nuevo rico y Fran, lógicamente, no llevaba bien el rechazo.

A Inmaculada le extrañó la parrafada de David, tanto por lo que tenía de elogioso hacia Álvaro como por la intimidad que suponía con el fallecido, y le preguntó directamente a Mariola:

—¿Usted opina lo mismo?

—Exactamente. Es tal como David lo ha contado —contestó ella asintiendo con su avinagrado tono habitual.

—En fin, ¿notaron algún movimiento extraño o algo que les llamara la atención en Fran aquella noche? —preguntó la jueza.

—Estaba tan estúpido como siempre —contestó Mariola concentrada en eliminar una invisible mota de polvo de la solapa de su blusa de seda.

David dejó escapar una risa y luego disimuló diciendo:

—No, señoría, estaba normal. Mi cliente se refiere a que siempre se hacía el gracioso para aparentar un grado de amistad con Álvaro que no tenía.

Cayetana escuchaba en silencio. Inmaculada se dio cuenta de que estaba tan tensa que probablemente no pensaba decir nada si no le preguntaba directamente.

—Pasemos a otro asunto, les ruego que me aclaren todo lo relacionado con el préstamo hipotecario que Álvaro contrató en julio y por qué no se comunicó a este juzgado.

—Y quién lo va a pagar —añadió César, dejando claro que consideraba que a él también se le debían explicaciones.

La jueza miró a todos, uno por uno, invitándoles a hablar y fue Mariola quien rompió el silencio:

—Yo, de ese préstamo, no sé absolutamente nada.

Juan Carlos la miró con incredulidad.

—¿Cómo que no sabes nada? —preguntó casi ofendido—.

Vamos a dejar las cosas claras. En el mes de julio se decidió hacer una serie de inversiones imprescindibles para sacar adelante el contrato con Wo.

Todo el mundo estuvo de acuerdo, absolutamente todos los que estamos en esta sala.

No me refiero a vosotros dos —dijo mirando a César y David— pero vuestra cliente, desde luego, sí.

Eso fue lo que aseguró Cayetana, que firmó por ella; porque, aunque el titular del préstamo es la sociedad, se hipotecaron los inmuebles gananciales de Álvaro y Mariola.

—Y mi casa —añadió Cayetana— te recuerdo que yo también hice ese enorme esfuerzo para sacar adelante el proyecto.

—Pero entonces, ¿lo firmaron juntos Álvaro y usted, que representaba a Mariola? —preguntó la jueza directamente a Cayetana.

—Así es, tengo poderes de ella —contestó Cayetana.

—¿Y usted dice que no sabía nada? —preguntó a Mariola, sentada enfrente, mirando a una y a otra como en un partido de tenis.

A la jueza no se le escapó la mirada de entendimiento que cruzaron Cayetana y David.

—Quizá sí lo supiera —atajó David sin darle tiempo a contestar. César hizo una mueca de extrañeza mostrando su asombro—. En esa época tuvimos muchísimo jaleo con el reparto del efectivo que había en el banco y creo recordar que sí tuvimos en cuenta el préstamo.

—¿Para qué lo tuvieron en cuenta si Álvaro y Mariola no eran deudores? —preguntó Inmaculada, que estaba segura de que David mentía.

—Quiero decir que salió a relucir en las discusiones del reparto —contestó él evasivo.

—¿Y quién lo va a pagar? —insistió César.

—Pues la empresa, naturalmente —contestó Cayetana tajante—.

El director de la caja hizo muy mal llamándote ayer y organizando todo este lío.

Es todo un malentendido. Pretendieron cargar la cuota en la cuenta de Álvaro y tenían que haberla pasado directamente a la cuenta de la sociedad.

Ya está pagada y todo solucionado. No hay ningún misterio.

—Bueno, pues pasemos al siguiente punto. Quiero que me expliquen cuál es exactamente la situación económica de la empresa —planteó Inmaculada.

Nadie se dio por aludido y la jueza insistió:

—Según la auditoría de la Policía científica, para amortizar el préstamo necesitan conseguir un volumen de ventas bastante elevado; la inspectora lo ha llamado «traspasar el umbral de riesgo» —dijo consultando el informe que tenía sobre la mesa—.

Lo que quiero que expongan con franqueza es si la viabilidad de la empresa depende del contrato con la compañía china.

—Así es, señoría —reconoció al fin Juan Carlos, algo apesadumbrado—. La inversión que tuvimos que hacer fue enorme y sin ese contrato sería imposible salir adelante.

—Esa es una previsión muy pesimista —apuntó Cayetana—. Es cierto que nos daría mucha tranquilidad, pero no que dependamos exclusivamente de ello.

—¿Entonces por qué negociaba usted a la baja a espaldas de Álvaro? —preguntó Inmaculada a Cayetana, intentando cogerla desprevenida.